El día que el Tomebamba salió a la huelga

Social & Opinión
Dic, 2019
Artículo por Paola Morena
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  • Fuente: Xavo Gallegos

    Quién ha visitado Cuenca sabe de la importancia que tienen nuestros ríos: el Yanuncay, el Machángara, el Tarqui y el Tomebamba; es este último el que, probablemente por su cercanía con el centro de la urbe, tiene mayor importancia en la vida cotidiana de cuencanos y cuencanas.

    El Tomebamba se ha convertido en un símbolo de la identidad cuencana. No en vano sus orillas han sido históricamente y aún son el escenario de diversos eventos: ferias, fiestas, desfiles, la pesca ciudadana[1] y otras actividades. Si el Tomebamba pudiera hablar, seguro tendría mucho que contar: historias de amor, desamor, pobreza,hambre, penas y alegrías que silenciosamente habrá escuchado y visto.

    La noche del 1 de octubre Lenin Moreno anunció, en cadena nacional, las medidas económicas y las propuestas de reforma que el gobierno adoptaría: la eliminación de los subsidios a los combustibles, la flexibilización laboral, la reducción del periodo de vacaciones para el sector público y otras medidas claramente neoliberales. Tras este paquetazo económico, los transportistas anunciaron un paro de actividades que inició el 3 octubre. Mientras los medios de comunicación masivos aseguraban que el paro era únicamente de los transportistas, la medida de rechazo propuesta por este grupo llegó a su fin al día siguiente; con esta noticia medios y autoridades aseguraron que todo volvía a la normalidad.

    Para sorpresa de todos, en los días posteriores, estudiantes, obreros, amas de casa, campesinos, niños, perros[2] y la ciudadanía cuencana en general continuó saliendo a manifestar su descontento, nuestro descontento.

    Así llegó el 9 de octubre, me junté a la marcha que salió de la Universidad de Cuenca y que concluyó en el parque de San Blas. Fuertemente armada con un par de tapas de olla y a la voz de varias consignas, me junté a la multitudinaria convocatoria. Con un grupo de amigas, todas como yo: treintonas y equipadas con cacerolas y pancartas, decidimos subir por calle Bolívar en dirección al parque Calderón, lugar al que desde hacía ya algunos días no podíamos entrar; entonces nos llovieron bombas de gas lacrimógeno, no para dispersarnos, para eso bastaba una, sino para asfixiarnos. Corrimos, nos dispersamos, fumamos, comimos sal, tomamos agua y nos volvimos a encontrar en el parque de San Blas para decidir qué haríamos, para dónde iríamos. De algo sí estábamos seguras: no nos íbamos a retirar.Los rumores sobre lo que pasaría y el miedo crecían, escuchamos ese ruido de la cuenta regresiva del «five, four, three…» del trucutú; el ¡pum!, ¡pum! ¡pum! de las bombas y el galopar de los caballos que subían a reprimir a quienes estaban en las primeras filas.

    Mi corazón se hacía trizas por la gente que estaba más adelante; algunos de ellos amigos, conocidos y familiares que compartían la causa. El miedo me invadía. De repente, una foto posteada en una red social de una compañera me tranquilizó: «La gente está armando barricadas con las piedras del Tomebamba, ¡qué pilas!».

    Bordeando la ciudad y con el miedo en la garganta llegamos a las escalinatas del Parque de la Madre, me sumé a una de las cadenas humanas que pasaba las piedras. Siento que el Tomebamba, muy consciente de nuestra lucha, incluso calmó un poco sus aguas para permitir que un grupo de gente tomara prestadas las rocas de sus orillas y las entregara a quienes estaban en las escalinatas hasta llegar a la Calle Larga desde donde se dividían varias cadenas humanas que repartían piedras a las distintas esquinas en donde hacían falta barricadas para impedir, o al menos dificultar, el paso de los trucutús y de los policías motorizados o a caballo que reprimían como lo habían hecho los días anteriores.

    Estas cadenas estaban conformadas por cientos de personas de distintas edades, géneros y ocupaciones. Me ubiqué donde vi un espacio, a mi derecha estaba una señora que bordeaba los cincuenta años y, a mi izquierda, una chica que llegaba a los veinte y que tenía cubierto su rostro con un pañuelo verde, símbolo de otra lucha: la legalización del aborto. Pasaban las piedras de una mano a otra y por un momento me sentí parte de una comunidad: ahí, en medio de dos mujeres que nunca antes había visto, encontré por un momento mi lugar. Con la sabiduría de los años, la mujer que estaba a mi derecha, de rato en rato, cuando veía que nos estábamos cansando físicamente, gritaba consignas fuertes y claras, cantaba canciones y nos decía:«¡denle,wambras, fuerza, que hoy defendemos este país!»Esto nos revitalizaba y seguíamos pasando piedras. Cuando eran demasiado grandes, los jóvenes las llevaban hasta donde sus fuerzas les daban, todo perfectamente organizado y espontáneo al mismo tiempo.

    También, para dar ánimos, recorría por las distintas barricadas y cadenas humanas, una banda de músicos jóvenes indígenas saraguros que,a pesar de haber cerrado la marcha hace ya algunas horas, continuaban su recorrido zapateando al ritmo de canciones entonadas en quichua y en español, canciones que,para aquel momento, habían cambiado sus letras según las circunstancias.

    Finalmente, llegó la voz de que ya no se necesitaban más piedras, pero un par de niños, calculo yo que de unos ocho y diez años, aún traían algunas (tal vez de unos veinte centímetros) en sus hombros. Al ver a su papá le dijeron con decepción y tristeza «ya no necesitan nuestras piedras», por lo que él decidió hacerlas llegar de manera directa. Estoy segura de que, donde quiera que hayan llegado esas diminutas y al mismo tiempo enormes piedras, fueron indispensables en la huelga.

    Por mi parte, ese día me encontré con gente adulta, incluso gente de avanzada edad, que desde la puerta de sus casas agitaba sus bastones y apoyaba el paro y con jóvenes y niños; sin embargo, nunca pensé encontrarme con el Tomebamba, pero sí, este fue el día en que el Tomebamba salió a la huelga.

    Varios días después, cuando se supone que se entabló el diálogo, pero en realidad empezó la persecución, el engaño, la burla y la impunidad… el Tomebamba subió su caudal y no sé cuál es la opinión de los meteorólogos, pero para mí es clarísimo: el Tomebamba quiere volver a salir.

    [1] La pesca ciudadana era una práctica mantenida hasta las primeras décadas del s. XX que consistía en arrojar barbasco al río para facilitar que la gente se acerque a recolectar los peces. En una época esta práctica era promovida por el municipio durante las fiestas cívicas de la ciudad.

    [2]No hay que desconocer el valiente accionar de un perro que acompañó varios eventos de protestas, siempre de lado de los ciudadanos, al que le llamaron Firulais.


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    1. […] con pretensión de radicalidad superadora, sustituir la ira hiperindividualizada por una ira colectiva y esperanzadora, que sustancie de sentido a las referencias. Tal como señalaba Walter […]

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