La ira de estos tiempos tan impredecibles

Social & Opinión
Ene, 2020
Artículo por Diego Vintimilla Jarrín
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  • Como esas duras transiciones llenas de ira que enfrentamos cuando intentamos superar una relación tóxica, el «corto Siglo XX» —tal como lo señaló el historiador Eric Hobsbawm en referencia a la influencia decisiva que tuvo la Revolución Bolchevique desde 1917 hasta el colapso del bloque socialista en 1991 para la configuración del esquema de ordenamiento mundial— nos presenta unos complejos desafíos. Han trascurrido 20 años de este impredecible siglo XXI y aún las sociedades contemporáneas no ha sido capaces de procesar y superar la crisis intelectual que devino de lo que Francis Fukuyama llamó «el fin de la historia».

    En ese contexto y como una provocación, como un hooligan que solitario va a la cancha de su adversario exhibiendo una pancarta, Žižek se presenta ante la izquierda moderna; pone el dedo en la llaga y advierte la contradicción profunda que se alberga en una acción política que va treinta años —desde la caída del muro de Berlín— negando la hipótesis de Fukuyama, pero que al fin del día se orienta como si el capitalismo fuese la culminación hegeliana del desarrollo del espíritu absoluto.

    A propósito de esta larga transición entre siglo XX al XXI, Sloterdijk analiza la ira como un sentimiento movilizador de las masas que ha sido fundamental para el desarrollo de procesos que han marcado un salto en la historia. Señala que, durante el Siglo XX, la izquierda global se constituyó en una especie de banco de la ira que permitió acumular una fuerza transformadora global que posibilitó el triunfo de diversas revoluciones en el mundo y la conformación de una comunidad mundial de sujetos con intereses comunes —el proletariado—, mientras que caracteriza a la ira del Siglo XXI como carente de la posibilidad de generar los mismos réditos de tiempos pretéritos.

    Ante esta realidad concreta, vale la pena preguntarse, ¿no es acaso la ira el movilizador social más potente con el que personas de todo el mundo han respondido a un esquema de economía global neoliberal? ¿No es la ira el principal sentimiento que sostiene la condición humana de la gran mayoría ante unas condiciones materiales que someten a la inexorable insatisfacción de las necesidades básicas e incluso de las necesidades creadas por el propio sistema de consumo? ¿No es la ira el punto de encuentro de miles de personas que se concentran en diversas ciudades del mundo para exponer su rechazo a las consecuencias de un sistema de producción que nos enfrenta a una crisis sistémica, ambiental y civilizatoria? ¿Es la ira la respuesta social de lxs oprimidxs ante el conjunto de nuevas enfermedades —stress, depresión, agobio mental, trastorno de ansiedad, crisis existencial…— que someten a sus cuerpos y mentes?

    Si analizamos los testimonios que se obtienen de quienes participan en las movilizaciones —de mujeres, por la emergencia climática, por los derechos laborales, contra los ajustes estructurales del FMI, contra la falta de representación de los políticos, entre otras—, la respuesta es sí. En efecto, si nos remitimos a su definición la RAE como un «sentimiento de indignación que causa enojo» y «un apetito o deseo de venganza», la ira mantiene una profunda y potente carga política que reacciona a las condiciones concretas; la ira justifica el uso de la violencia social como correlato de la violencia estructural del capitalismo expresada en la acción de los Estados y también de las corporaciones. La ira es también la parte fenoménica del vaciamiento de sentido de una vida regida por el mercado. Al respecto, Bodei señala:

    La ira constituye una forma de resarcimiento, reclamado a voces o tácito de una necesidad de felicidad impedida, combatida e insatisfecha, que al no conseguir satisfacerla, trata de eliminar de algún modo el tormento por la exigencia y los impulsos reprimidos, la expectativas frustradas, las esperanzas decepcionadas, los fracasos vividos o anunciados.

    No obstante, cabe caracterizar —y diferenciarla del pasado— a la ira contemporánea, pues esta ya no posee la capacidad transformadora, ha sido esterilizada de su potencialidad para subvertir el orden establecido y ha quedado constreñida como un ejercicio del Yo, que a pesar de poder concentrar a miles de sujetos alrededor de las plazas, carece de capacidades para unificar la indignación como un proyecto alternativo al capitalismo. Esto como la consecuencia, tal como indica Vásquez Rocca, de:

    Fenómenos como el hiperindividualismo y la fragilidad de los vínculos humanos dejan entrever cómo las sociedades telemáticas dan lugar a nuevas formas de fuga y ausencia del mundo, a un malestar cultural, donde hombres escindidos entre la agresión y el temor, experimentan derivas identitarias y zozobras existenciales ante la exacerbación del consumo, la alienación del trabajo y el terror difuso de las ciudades del pánico.

    Así, la ira contemporánea tendría explicación en lo que afirma Lipovetsky de que «no vivimos el fin de la modernidad, sino, por el contrario, estamos en la era de la exacerbación de la modernidad, de una modernidad elevada a una potencia superlativa» y que por lo tanto mantiene ciudadanos hiperiracundos, y por ello mismo, incapaces de encausar esa ira en algo más que la movilización espontánea y que, además, rechazan cualquier posibilidad de representación o referencia, ya sea en el plano de los líderes o en el de las ideologías. La ira de hoy es el sentimiento «del individuo hipermoderno [que] es libre, pero frágil y vulnerable. [Que] Disfruta de su individualismo hedonista y bulímico, pero vive angustiado por la ausencia de referencias».

    Como conclusión (provisional) la pretensión hegemónica y muy popularizada de comprender y vivir la vida en la actualidad desde el concepto de modernidad liquida de Bauman, en cierto sentido nos ha convertido en uno más de los indignados de la Gotham del Joker, mientras nos ha despojado de una pertenencia a un sentido de humanidad que trascienda el aquí, el ahora y la ira efímera. Por lo que, mientras cada manifestante ejerza una actividad performática individual, la movilización espontánea —aunque obtenga triunfos parciales— no será más que el recuerdo de las publicaciones de Facebook y las fotos con filtro de Instagram de las arremetidas policiales.

    Así las cosas, la izquierda tiene un desafío enorme: repolitizar la ira, convertirla en un recurso para una acción constante y sistemática con pretensión de radicalidad superadora, sustituir la ira hiperindividualizada por una ira colectiva y esperanzadora, que sustancie de sentido a las referencias. Tal como señalaba Walter Benjamin:

    Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo ‘tal y como verdaderamente ha sido’ (…) El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador [sujeto] que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer.

    Necesitamos de la ira, de una ira que vengue al pasado y que con ese acto proyecte un futuro donde no repitamos la historia, una ira que cambie lo que debe ser cambiado; una ira que no sucumba al momento y que la indignación del agravio nos impida perdonar a los responsables.


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