Animales políticos

Social & Opinión
Nov, 2019
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  • Fuente: Andrés León

    Somos animales políticos (Zoon politikón, en términos aristotélicos), cada acción de nuestro diario vivir tiene una carga política, sí, eso incluye pasarse un semáforo, sobornar para agilizar un trámite, y un gigantesco etcétera que a lo mejor conocemos de memoria.

     

    Como hijos de la modernidad, parece que hemos romantizado la apatía por la política, nos hemos distanciado del elemento que rige nuestras vidas, ya que es por esa vía que definen cuánto ganamos, cuáles son nuestras responsabilidades civiles, nuestros derechos como empleados y obligaciones como empleadores y, así, muchos aspectos más.

     

    ¿Cómo fue que llegamos a este punto?, aunque la pregunta puede estar demás: un historial de desilusiones, excesivas expectativas, entre otros, nos condujeron a esto. Hemos tomado un camino peligroso al divorciarnos de la política, nos hemos encerrado en una burbuja de privilegios —para algunos— o de simple desdén, lo que implica nuestro fracaso como parte activa de la sociedad a la que pertenecemos.

     

    Para muchos, entender al Estado implica una maraña de elementos inservibles, y no podría estar más de acuerdo, pero ¿cómo podemos cambiar un sistema obsoleto si desconocemos su funcionamiento?

     

    Cuáles serían los resultados de ser ciudadanos más activos, nos preguntamos, pero primero tendríamos que dejar el egoísmo de lado para velar por el bien de la mayoría. Existen posturas políticas que detestan la participación del estado, otras que buscan su intervención excesiva como sujeto de acción y más, para debatir estos temas de tanta profundidad, debemos resolver los temas que ni siquiera permiten que tengamos tiempo para pensar en ellos.

     

    A lo mejor, desde mi burbuja de utopías creería que al ser más conocedores de la realidad del estado, seríamos más críticos con el material de consumimos por parte de algunos medios, pues nos cuentan verdades a medias o no nos quieren dar toda la información; sabríamos cuándo quieren meternos el dedo en la boca con el uso de eufemismos.

     

    Sigamos el juego de las utopías y hablemos de un mundo en el que seamos más conscientes y logremos dejar de lado mentiras o falacias que nos quieren meter hasta en la sopa, como aquella de que los empresarios son la base de la economía. Es muy fácil derrumbar esa aseveración: solo imaginemos que los empresarios invierten, pero no hay quién consuma dicho producto o que solo lo pueda consumir la clase más alta, en ese caso, no alcanzaría el nivel de consumo de la clase media. Este principio tan básico se utilizó en el pasado por Henry Ford, quien pagaba buenos sueldos a sus empleados para que compraran los autos que ellos mismos producían, en estos tiempos y después de tantas quejas Amazon, EEUU empezó a pagar el salario mínimo ($15 la hora), tomando en cuenta el principio antes mencionado.

     

    No detengamos el «juego», veamos, por ejemplo, que en nuestro país la clase empresarial tiene montos ingentes en paraísos fiscales, donde no pagan impuestos. No entendemos cómo economías competitivas como Suecia, Bélgica, Francia, entre otros, tienen una carga tributaria alta, pero que no «ahorca» a los empresarios. En contrapropuesta, el tema de la inversión pasa por no saber invertir bien esa recaudación, la corrupción que se lleva su parte y la falta de construcción de un proyecto de país a largo plazo, más allá del número o la bandera que gane.

     

    Existen Organizaciones No Gubernamentales como Oxfam que año a año brindan informes a nivel mundial que muestran cómo crece la brecha entre ricos y pobres de forma grosera, sin que exista una solución alguna desde los estados, los que en ocasiones sufren un «secuestro» de parte de esas élites empresariales. Así también, existen Premios Nobel en Economía que se oponen de igual manera a este exceso como Joseph Stiglitz, Paul Krugman o igual de crítico Thomas Piketty, cuyas reflexiones se encuentran a libre disposición en internet.

     

    Sí, amigo lector, la economía también tiene una carga política pese a ser un tema técnico; de hecho, la política en sí misma es un tema técnico, pues posee una ideológica a la par de cualquier otro elemento, pero, claro, este es solo un juego en el que nos animamos a suponer y especular.

     

    En este punto es necesaria una aclaración: si bien soy una persona de convicciones de izquierda, no creo que el socialismo o el comunismo sean opciones aplicables o sirvan como contrapropuestas, está más que demostrado que estos sistemas son imposibles de aplicar porque hablan de un ser humano ideal y eso no existe, como tampoco existe en la democracia o en el capitalismo. Es entonces cuando debemos empezar a cuestionar, no solo al sistema, sino a quienes lo implementan. En su última etapa de vida, Erich Fromm escribió un libro llamado ¿Tener o ser?, que, entre otras cosas, legitima una reflexión que considero fundamental: es momento de juntar a las mentes más brillantes y pensar qué hay luego del capitalismo, el socialismo o el comunismo. A lo mejor ese tiempo llegó, es ahora y no debemos dejar que se nos vaya.

     

    ¿Cuáles son nuestros valores, de dónde vienen, nos ha sido permitido cuestionarlos? Mi apreciación personal es que somos seres corruptibles por naturaleza, pero no por ello podemos dejar que ciertos elementos nos gangrenen o absorban de modo que sea imposible extirparlos, tenemos de igual manera el potencial para luchar contra eso que nos puede corroer o agrietar, pero requiere de voluntades sostenibles y, sobre todo, de un elemento como la educación. Se ha demostrado que las sociedades que son más educadas son menos corruptas, claro que el acceso a la educación es un tema político y también, hoy en día, un negocio con un lucro impresionante.

     

    Según el Instituto Ecuatoriano de Estadística y Censo, tenemos una tasa de lectura de un promedio de medio libro por año, cada vez que escribo esta cifra siento que hemos fracasado como sociedad porque no hemos buscado generar mecanismos, no solo para que más gente lea, sino también para que cuestione desde todas las formas las inequidades, las injusticias y sobre todos los propios beneficios de los cuales a veces no estamos ni siquiera conscientes.

     

    En esta época del entretenimiento, del empacho de contenido para pensar menos y sonreír más, en estos tiempos en los que estamos atestados de contenido sin una pizca de reflexión, tenemos la oportunidad de que ese animal político que habita en nosotros cuente con las mejores herramientas para cuestionar su hábitat, mejorarlo y no solo contemplar cómo dejamos ir la chance de darle mejores sociedades a los que vienen detrás. Para alcanzar aquello habrá que caminar mil o diez mil pasos en diferentes direcciones, a lo mejor fallaremos, pero lo importante será que esos pasos se dieron, y sobre todo que sabremos a dónde ir y a dónde no regresar, y eso, aunque no parezca, también es una acción política. La música, la cultura, pintura y el arte en general son herramientas de alto contenido político, consumirlas también es una opción para cuestionar ese sistema del que no podemos abstraernos, pero sí debemos cuestionar, así como debemos cuestionar a la democracia misma.

    Fuente: Andrés León


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