Trazos Escénicos, miradas entramadas: perspectivas desde el interior de las vísceras

Mosaico
May, 2019
Artículo por Ximena Para
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  • Arreglar, construir, ordenar, limpiar, administrar, diseñar, componer, adornar, destruir, escudriñar, pensar, operar, montar, dirigir, planificar, cargar, ajustar, manipular, trazar, borrar, pintar, desmontar y volver a empezar, apenas, a caminar.

    Hablar de Trazos Escénicos es situarme en distintos frentes laborales y personales, entonces, es inevitable que un golpe de nostalgia me caiga encima y me destroce las tripas haciéndome ñáñaras el corazón, dejándome helado hasta el tuétano. Siempre repetiré la frase de mi abuelo: «Es increíble cómo el tiempo pasa de una manera tan violenta», han pasado tres ediciones en tres años. Hablar de Trazos es hablar de la creación escénica, pero también de la creación ética y humana de mí misma y de quienes habitamos el quehacer escénico, de los distintos trabajadores en las diversas disciplinas.

    Entre varios amigos, quienes compartimos los mismos intereses artísticos como la tramoya, las estructuras escenográficas y demás, decidimos colectivizar las preguntas planteadas por René Zavala: ¿cómo sería sacar las escenografías de las obras y llevarlas a una sala de exposiciones?, ¿cómo sería mirar lo inmirable de la escena, lo que está detrás? Ahí empezó todo, luego se sumó gente, se repartieron roles y se dividieron, como en categorías, los grupos de teatro o artistas independientes que tienen dentro de su repertorio obras con escenografías y diseños de luces imprescindibles para su puesta en escena. Partimos, evidentemente, por nuestro gusto personal ―y desde la perspectiva del espectador― sobre los objetos y las luces en nuestros propios trabajos y en los de otros. Finalmente, el proyecto se consolidó entre actores, constructores y técnicos de iluminación y sonido, cuyos integrantes son Juan Álvarez, Juan Pablo Abril, Daniel Montalván y René Zavala, todos rostros masculinos que cuentan con voces femeninas que constantemente susurran.

    La propuesta intrépida de este grupo fue crear un acercamiento a las costuras e hilachas de cada obra y reconocer el trabajo de quienes, sin ser actores o directores, hacen posible la construcción de una maquinaria compleja y hermosa para las obras a través de la «invasión» de una sala de exposiciones. Sin darse cuenta, este plan movilizó y refrescó el vínculo entre el actor, el constructor y el espectador, develando lo que está detrás de la escena y que se obvia: diarios de trabajo, bocetos, errores, fracasos, mil y un intentos feos, mamarrachos y vergonzosos. Así es, trazos escénicos nos acerca a la fealdad del fracaso de los que pretendemos pararnos con una obra en un escenario. Nos plantea una mirada que va más allá del arte del actor/actriz o bailarín/bailarina y nos permite descubrir que el teatro es un acto colectivo y comunitario.

    Vamos avanzando en la confesión: alcanzamos un tema importante, llegamos a lo que debemos hacer para asumir ese fracaso que mencionaba como, por ejemplo, la independencia laboral, es decir, los grupos o artistas independientes de la ciudad que han tenido que fajarse para lograr estas costuras fracasadas de bellezas escenográficas en las puestas en escena. Es la razón por la que los diarios de trabajo son gordos, por la que existen varios bocetos de diferentes muñecos u objetos, por la que hay tres o cuatro vestuarios de prueba; por lo que probamos costos, funcionalidad, estética y comodidad para intentar ahorrar (dinero, tiempo, espacio, maletas, mochilas, chucherías). Así que lo que miramos es el resultado de una finísima selección de materiales.

    El equipo de Trazos dividió dos fuertes intereses de discurso y de logística: primero; la exposición de cinco obras de teatro de diferentes mujeres, incluidas bailarinas de la ciudad de Quito y, segundo, el planteamiento de Tertulias, una especie de investigación que consistía en conversaciones privadas con quince mujeres de la danza y el teatro independiente cuencano que consideramos han permanecido en la escena a través del tiempo. Para esta etapa de investigación, nos sumamos Rommy Coronel, María José Becerra, René Zavala y yo, Ximena Parra.

    Durante las tertulias se recopilaron testimonios de mujeres, pero esta vez de manera pública en dos centros de formación artística y una instalación con la compilación de testimonios anónimos. En esta exposición se dejaron paredes y hojas en blanco para que sean intervenidas libremente por quienes asistieron a la exposición de escenografías en la Sala Proceso de la Casa de la Cultura. Esto permitió que queden plasmados pensamientos, reflexiones, comentarios y situaciones vividas relacionadas con el abuso del poder y la desigualdad de género, la falta de horizontalidad en el plano laboral. Salieron a relucir temas incómodos, pero necesarios de tratar en el oficio y el campo escénico como los acuerdos sobre el cuerpo y las relaciones de poder, el acoso y la maternidad. El objetivo fue lanzar preguntas para iniciar una conversación sincera que provoque la reflexión y el cuestionamiento hacia nuestra propia postura frente a diferentes situaciones cotidianas que han normalizado los diferentes comportamientos negativos, a tal punto de no saber diferenciar entre incomodidad, abuso y profesionalismo; además de visibilizar esta realidad por medio de la palabra para intentar terminar con el silencio incómodo y la autocensura.

    En la tercera edición de Trazos Escénicos presenté la obra ¿Qué más me vas a preguntar?, que encaja con la definición del tiempo violento hecha por mi abuelo paterno. La pieza, que está dedicada a «la mujer en la escena local independiente» tiene un título que quizás ignoraba la carga que tenía. Todos los objetos, el vestuario, los volantes, los pasquines, la bazuca, el megáfono y la muñeca de esta obra están construidos totalmente a mano. La obra ha nacido de las muertes, los fracasos y los miedos que han llevado a que sea apenas la cuarta vez que se la presenta ante el público a pesar de haber sido creada en el 2016. Por esto, aceptar la invitación para entrar en esta edición significaba palpar de cerca lo que vemos en escena, en esta ocasión, sin el distanciamiento ni las limitaciones que un escenario pueda dejarnos, por eso, la exposición se convirtió en un acto de generosidad que permitió la intromisión en la intimidad de cada obra.

    ¿Qué más me vas a preguntar? me traslada a la violencia como generadora del hecho escénico, como la substancia que ha mantenido vibrando mi minúscula investigación ―que se ve atravesada por la unión de las mujeres de mi familia, mis dos abuelas maternas―, que me fragmenta, me fragiliza y me desubjetiviza en cada ensayo, en cada función. Hablo de una violencia no solamente física, sino  también de la indiferencia, la no indignación y la resistencia; elementos claves que constituyen a esta obra y a la humanidad. Además, mi postura ante la tecnología en esta pieza es una necedad «ante la extrema individualidad, la búsqueda malentendida de la identidad que lo único que intenta es tener poder y control sobre el otro y los sistemas sociales establecidos con el superego» (fragmento del texto de la obra ¿Qué más me vas a preguntar?). No dejo de sentir y mi barriga es el segundo cerebro que moviliza mis emociones, mi cuerpo.

    En ella, regreso al tiempo tres veces como hace tres años y a las tres ediciones de Trazos Escénicos; regreso a la nostalgia, a la tristeza y al destripar rápidamente mi sentir dentro del proyecto, no solo como participante invitada, sino también como observadora y apéndice fundamental, proyecto sobre el que he tomado decisiones violentas en la escena-vida, siguiendo mi deseo, mis ganas de autoexpulsarme y gritar.

    Escribo, bailo, construyo y actuó como humana que sigue sus deseos, como una tipa a la que le encantan los verbos y las comas; intento reconocerme, pero no dejo de pensar en que no importa el tránsito; no termino de delirar de amor infinito, la voz se me quiebra. Es aquí cuando el dolor entra de alguna manera a los pies y no dejo de llorar.


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