Viaje al Oeste: cuando el hermoso Rey de los Monos encuentra a Buda

Literatura & Cómics
Ene, 2020
Artículo por Daniel Félix
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  • La primavera es allí eterna y adondequiera que se dirija la mirada puede verse el verdor de cipreses y pinos, aliados incondicionales de la vida. Los melocotoneros están siempre en flor, las viñas se rompen bajo el peso de su propio fruto, la hierba de los pastos se mantiene siempre fresca y los bambúes alcanzan tales alturas que a veces llegan a frenar la loca carrera de las nubes. Éste es, en verdad, el privilegiado lugar donde el Cielo se apoya y la Tierra descansa de sus muchas fatigas, un paraíso en el que convergen más de cien ríos.

    Si el siglo actual es el de la inmediatez, cuando todo acontece y puede comunicarse al momento y se sospecha de la fatiga de las distancias físicas, persisten otras no abatidas por el monstruo tecnológico del instante. Son las distancias en el tiempo, que en el caso de la literatura alivian el peso de una modernidad agotada y devienen algo como un testimonio cultural imperecedero a través de textos canónicos, clásicos, eternos, porque contienen el mayor aliento de un momento pasado que inevitablemente nutre el presente.

    Esta suerte de eternidad —siempre la eternidad del hombre—, llega hasta nosotros sorteando el tiempo, porque en esa distancia infinita (o imaginaria) desde el momento relatado hasta el ahora, existe algo que permanece intacto, un pedazo esencial de lo humano que perdura entre páginas.

    Por ejemplo, Virgilio frente al gigante Nimrod (Dante contempla)[i]: «alma idiota/ mantén contigo el cuerno y descárgalo sobre ti/cuando la ira u otra pasión te alcancen» Algo, tal vez, imperecedero, que continúa siendo eco del hombre moderno sin que medie el sentido de lo real —eso inmediato que vivimos como un conglomerado de existencias—.

    Se habla de una obra clásica —siguiendo a Borges[ii]— porque «las generaciones de hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad». En fin, repositorios de una memoria impersonal, capaz de habitar en cualquier lector y ser la llave de lo que Nabokov llamaba «aquello que apasiona o conmueve».

    En este orden, resulta posible iniciar una aproximación a Viaje al Oeste[iii], más que como un libro sobre un mono, una narración, como un evento que trasciende las distancias en el tiempo, las geográficas e inclusive las culturales, para guardarse entre las más valiosas creaciones de la mente humana.

    Las maravillosas aventuras del hermoso Rey Monos, sosia de los cielos, que narran el peregrinaje desde la China hacia la India de cuatro monjes para conseguir las escrituras de Buda —pero ya se hablará de ello más adelante—. Como la Odisea o la Iliada de Homero, se trata de un texto que compila una tradición oral previa y que se alimenta de más de un milenio de versiones. Por lo tanto, a pesar de su desconocimiento en Occidente, es una obra sumamente popular y conocida para Oriente.

    En sus páginas se yuxtaponen los conceptos filosóficos del taoísmo y el budismo, pero esto no es más que uno de sus infinitos atributos. Las tradiciones y mitos orientales hallan aquí un espacio pleno, sin duda, aunque ello sea una simple consecuencia del estilo y la vastedad del universo del Viaje al Oeste que, de manera análoga al espíritu de la cultura china, resulta no menos que monumental.

    La historia comienza en el origen del universo, cuando «el cielo y la tierra formaban una maza confusa», que requería un orden para dar forma en medio del caos. Y desde ahí, todo adquiere un sentido: las estrellas en los palacios celestes, el mar se separa, las montañas se quedan quietas en su lugar, se delimitan las horas, los meses, las eras, etc. —todo desde un caldo común en el que habita la conciencia del Tao—; hasta el nacimiento del héroe Sun Wu-Kung, un mono parido por una roca inmortal redonda, su padre es el mismo cielo.

    El mono inicia un recorrido vasto, colosal, como espejo de la cultura china milenaria, un relato de infinitud de tramas, pero cuyo argumento más general —más próximo para un lector del siglo de lo inmediato— podría definirse así: la transformación del ser, desde un estado previo más bruto o salvaje hacia un momento de mayor refinamiento, la búsqueda de la perfección, el pulimiento de la obsidiana.

    Pero antes de tentar alguna cualidad del El Viaje al Oeste o sus protagonistas, se debería probar una síntesis mínima —para dar un contexto a la afirmación del argumento—, mas no con ánimo de explicar una obra que acontece en más de dos mil páginas y cien capítulos.

    Un primer momento abarcaría desde el origen del universo, el nacimiento del Rey Mono, la conquista de su reino y el aprendizaje de las artes mágicas del Tao, la inmortalidad, setenta y dos transformaciones y la capacidad de saltar la distancia del universo, hasta la ascensión de nuestro héroe al palacio del Cielo, la sublevación y la batalla en que participa todo el panteón de dioses y galaxias contra el travieso y magnífico antropoide.

    Luego, cuando el gran sabio —como se hace llamar el Rey Mono— está por ocupar el lugar del dios de los cielos, sin que ningún ser pueda evitarlo, es capturado y bruñido en las pailas de los infiernos de Lao-Tse hasta que su piel adquiere el brillo y fuerza del diamante; cuando Sun Wu-Kung escapa y arremete, impulsado por la ira, contra todos los seres que se le cruzan, entonces aparece Buda y frena al Rey Mono con un artilugio satírico, castigándolo por su intento de terminar con el orden de la tierra y el cosmos. Hasta ahí, toda la atención de la novela se centra en el Rey Mono, sosia del cielo.

    A partir de ese momento, aparece en la narración el segundo protagonista del Viaje al Oeste: el monje Tripitaka. Este acontecimiento, que interrumpe la narración previa, también encuentra una correspondencia histórica: el arribo de la fe budista a la China. De hecho, el monje Tripitaka se trata de un personaje real, que por orden de un emperador viajó a la India y aprendió por más de un lustro las escrituras sagradas del budismo[iv].

    El monje, en la narración, es la reencarnación de un discípulo de Buda que fue castigado por dormirse en un sermón y ha vuelto al mundo para limpiar su espíritu. Tripitaka iniciará su travesía hacia el Oeste una vez que ha demostrado su pureza ayudando al emperador a volver de los infiernos.

    Luego de varios eventos que juntan a los personajes, el monje Tripitaka acepta a Sun Wu-Kung y dos inmortales más caídos en desgracia como sus discípulos, y estos lo ayudarán en las múltiples penurias que debe superar.

    Si hasta este momento la historia ya ha hecho acopio de una fauna impresionante de seres fantásticos: dragones, deidades de los ríos y las montañas, sabios y héroes inmortales, espíritus de las localidades, etc.; es a partir de aquí que el universo que estos héroes deben cruzar se puebla de demonios, hechiceros, monstruos y bestias humanizadas, cada cual con su conflicto particular y que procurarán obstaculizar el viaje de los peregrinos.

    El monje y su consorte deberán superar ochenta y una pruebas antes de llegar al final de su viaje: lascivas hechiceras que anhelan beber los fluidos sagrados del viajero; monstruos hambrientos que quieren hacer un festín con la carne de Tripitaka; demonios que han secuestrado reinos o montañas y bosques poblados por malos hados. El repertorio es casi infinito —como en Las mil y una noches—, de acontecimientos que ponen a prueba más que la fuerza o el valor del monje y sus discípulos, la astucia, la voluntad y la lealtad de cada uno. La pureza de Tripitaka es envidiable y cualquiera que pudiera domarla o hacerse de ella lograría un estado de perfección absoluta.

    Finalmente, una última instancia de la obra sucede consecuentemente cuando los viajeros alcanzan el paraíso del Oeste, los jardines del Buda, y acceden a todo tipo de virtudes en el tiempo.

    Desde la catábasis hacia la anábasis, en la lengua del Helesponto, en realidad, el Viaje al Oeste no encuentra símil en la literatura occidental. En los resquicios de su devenir, la obra china excede las posibilidades de nuestro lenguaje. En su lugar, el estilo narrativo guarda similitudes con las sagas hindúes. Por su parte, los versos abundan y evocan las oraciones de los monjes tibetanos. Se alimenta, además, del teatro popular, donde Sun Wu-Kung ya era un personaje conocido desde hace más de un milenio.

    Sin embargo, la alegoría y el arquetipo solo interesan cuando el objeto que las contiene es capaz de superarlas, es decir, superar los límites canon, ese que a la final es la causa de la consunción del espíritu.

    De esta forma, inagotablemente, se puede observar cómo sucede un número infinito de historias, de microrelatos que se derivan de la historia principal; un tiempo narrativo que avanza en espiral, creativo y profundo, distante de la vulgaridad del tiempo moderno. Como en Las Metamorfosis de Ovidio o en la Teogonía de Hesíodo, desde la fabulación primigenia, todo se mueve por un principio tácito, y desde entonces, se puede recorrer la totalidad de posibilidades narrativas, las pasiones, la naturaleza del ser y las cosas, etc.

     

    El Gran Sabio, sosia de los cielos

    Una vez que todo hubo surgido de la copulación del Cielo y la Tierra, apareció una roca divina de la unión de la luna y el sol. Pronto se transformó en un huevo que, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en un espléndido mono. Su inteligencia era tan profunda que llegó a penetrar en el misterio del Gran Tao y a conocer el secreto del mismísimo elixir de la vida. Nadie ha visto jamás los rasgos de su espíritu, porque carece totalmente de forma, pero su obrar es de todos conocido y jamás ha dejado de ser ensalzado por doquier. Su recuerdo perdurará de edad en edad, porque es un rey sabio cuyo dominio se extiende más allá de las imprecisas fronteras del fluir eterno.

    Un simio inteligente. Más inteligente que un humano promedio. Además, dotado de fuerza extraordinaria y que a temprana edad aprende los secretos mayores de la inmortalidad y la magia. Quién, sino el hermoso Rey Mono, Sun Wu-Kung —que hizo temblar con su poder y su rabia al universo entero—, puede sorprender y alumbrar la mente moderna, desde una distancia que desdice del tiempo, con su ingenio y frescura. Porque entre volteretas, saltos y bromas, este héroe es símbolo de una libertad fantástica, por un lado; pero además, por otro, una determinación y valentía excepcionales. No solamente es difícil engañarlo o vencerlo, pero es terrible su venganza, sin duda, y aterrador el brillo en sus ojos fervorosos.

    Un ser permanentemente creador. El que ocasiona los acontecimientos. La inteligencia, entonces, es un mono inquieto que se balancea ignorando límites. Pero el universo y el ser son fundamentalmente límites y, en términos de la sabiduría que nutre el Viaje al Oeste, «debe domarse al caballo de la voluntad». Siempre el orden natural debe prevalecer.

     

    El monje y las escrituras de Buda

    Quien se ofrezca voluntario para tan penoso viaje, se convertirá en un buda de oro

    Tripitaka, que significa tres escrituras, es el opuesto al héroe Sun Wu-Kung. El monje de carácter apocado, desde el momento de su nacimiento, debe superar pruebas para sobrevivir: es abandonado en un río y rescatado por el abad de un monasterio. Posteriormente, el destino le lleva a ayudar al emperador de Tang en su retorno del infierno. Es, por una parte, la casualidad que hila su aparición. La deidad Kwang-ing será quien entregue un mensaje de buda, una invitación al reino de Tang para recibir las escrituras sagradas en el Oeste.

    El monje (vegetariano, crédulo, enjuto y de buenos modales) es elegido por la diosa, al tiempo que le ofrece la ayuda de tres seres inmortales que lo acompañarán hacia el Oeste. Al contrario del Rey Mono que siempre está ideando, Tripitaka no hace más que quejarse, lamentar su suerte y la ingrata compañía de sus discípulos. El monje, para los budistas, no puede desear nada, ni siquiera cumplir con su destino.

     

    ***

    Ciertamente, Viaje al Oeste es como la muralla china: contiene en sí el espíritu y la clave para entender —o al menos acercarse— a ese lugar lejano en el tiempo y la geografía. De una forma lúdica, como rasgo más evidente, abarca los principios y los recovecos de las culturas orientales. Por ejemplo, el paradigma oriental que postula que entre opuestos cada uno se alimenta del otro (mono-monje). Pero también puede pensarse en aquella alquimia china por la que entre los cinco elementos que conforman el cosmos[v], uno nace de su anterior y muere por el que lo sigue. Esto porque quedaría inconcluso el bosquejo que se ha intentado.

    Falta mencionar a tres personajes principales: el cerdo, el caballo y el bonzo, los acompañantes del mono y del monje, pero, sin duda, cada uno de estos abarcaría otro sinfín de cualidades, distancias infranqueables y silencios.

    Si la Iliada o la Biblia, como muestras de una épica occidental, pueden estar asociadas a la tragedia; Viaje al Oeste, como ejemplar del oriental, debería vincularse con la comedia. Es probable que Viaje al Oeste no tenga que ver con caballos-dragones y espadas capaces de cortar montañas, ni con muertos resucitados, ni con monos y cerdos parlantes, representando una infinitud de experiencias humanas, afectivas, pasionales y devotas. Toda esta amplitud inabarcable tiene una razón, un sentido, cuando el relato es capaz de mantener una constante tensión, que se logra mediante el humor. Aquí la mejor arma, en un viaje de una extensión tan singular.

    Viaje al Oeste es como se anticipó: un asunto de distancias. Es la lectura de un mundo diferente previo a las maquinarias. Pero las distancias no son más que cosas desconocidas y, por tanto, plétora de sorpresas.

    A quien tenga la fortuna de emprender el recorrido de sus páginas, nada más podría compartirse, la compañía, quizás; que lo disfrute como un niño, porque el camino al Oeste es largo y demora tiempo; pero el tiempo, como dijo William Blake, es dádiva de la eternidad.

     

     

     

    [i] La divina comedia, Infierno, Canto XXXI, vv. 70-72

    [ii] Borges, Jorge Luis. Otras inquisiciones. 1952. En Obras completas. Tomo II. Emecé. 2002 p. 151

    [iii] En español, la obra completa en un solo tomo fue editada por Siruela (2003).

    [iv] El Tripitaka histórico llevó de la India a la China más de una centena de sutras (escritos atribuidos a Buda) y dedicó su vida a la traducción de estos.

    [v] Los cinco elementos son: tierra, agua, fuego, madera y metal. En este esquema, la tierra se alimenta de agua, el agua de fuego, el fuego de madera, la madera del metal y el metal de la tierra; al tiempo que el metal muere en la madera, la madera en el fuego, el fuego en el agua, el en la tierra y la tierra en el metal.


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