El poeta sabe a dónde va

Literatura & Cómics
May, 2019
Artículo por Juan Fernando Auquilla
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  • El problema del poeta no es el lugar hacia dónde se dirige, el problema es cómo encontrar los senderos, las vías, las calles para arribar a buen puerto. No se trata, creo yo, de escribir y esperar que el escrito llegue a un destinatario o al destinatario; no se trata, creo, de publicarlo, darlo a conocer con el propósito de que sea leído, criticado, asumido, felicitado o desdeñado, no y mil veces no. El poeta sabe que es el escritor menos leído de todos los géneros literarios que han surgido, sabe que los anuncios clasificados tienen más lectores que sus versos, sus estrofas, sus poemas; pero, y ventajosamente, eso no le intimida, pues escribir poesía no se concibe como un elemento de producción dedicado a la masa, si la masa lo lee, en buena hora,  y si no lo hace, nada, pues qué se puede hacer. ¿Se puede quitar la intención comunicativa del poeta con el mundo, con su mundo, con otros mundos ajenos a los que se construyen a diario? No, no, no es un ego, se trata de evitar las preguntas ¿en qué te inspiras?, ¿te ha pasado?, ¿a quién se lo dedicas?, ¿para qué sirve lo que escribes?…

    El poeta huye, se esconde de los lugares comunes y los comunes lugares en donde le piden hacerse presente, huye del ¿puedes ayudarme con unas ideas?, esta historia te puede servir para que hagas un poema, ayúdame con una tarea, sugiéreme cómo mejorar mis escritos; huye de los eruditos críticos-asertivos que lo encasillan en determinados movimientos literarios o lo acorralan por falta de encriptamiento de las palabras, como si escribir poesía fuese la invención de códices para expertos, como si escribir fuese un ejercicio de iniciados para iniciados. El poeta aborda el mismo avión que todos y es uno más en la fila que espera el cambio de color del semáforo; pero, desde la escotilla del avión observa otras rutas y las compara, sonríe, llora, se silencia y se funde de un tajo; porque escribir es dejar algo de nuestra existencia en el camino andado, mirado, anhelado, en las hojas arrancadas con furia por el dolor que significa no encontrar la palabra, por las lágrimas cuando la palabra precisa el sentir del escritor; porque escribir es estar solo en la multitud que corre o vuela a ningún lado, a todos los lados; es sentirse solo con la frase que merodea la tarde, la noche, el sueño. Escribir es el grito confuso a mitad de una montaña, es lo no querer continuar el camino por el que las palabras simples corren sin importar nada. Escribir es un empeño infructuoso de donde siempre, siempre, saldremos heridos de muerte, contagiados de vida, pero este ejercicio te mueve, te empuja y caminas y te enrumbas y desenrumbas.

    Buscar las palabras que nos rodean pero que no nos invaden a tiempo es un dolor antiguo, como el dolor daviliano y las marcas de agua y piedra de Sojos, pero es un dolor deseado, como cuando de un tirón arrancas un alarido frente a la nada y la garganta se purifica y purifica al cuerpo, se purifican las palabras. Porque nadie entenderá el dolor de no conciliar la frase con el deseo de hacerlo vivo. Porque el dolor del poeta es el dolor del ángel exiliado que lleno de rabia y silenciado de compañías se refugia en el único lugar que queda: LA POESÍA. El poeta sabe a dónde va, se dirige hacia el dolor, hacia la angustia.

    Como dice Pavese, el poeta finge no saber lo que ya sabe o finge que todo es igual, el poeta finge no sufrir, pero sufre en silencio, se automutila. El poeta simula deambular sin rumbo por la ciudad, pero sufre y disfruta de su sufrimiento cuando desanda los senderos y se imagina a los que lo rodean vestidos de blanco, azul, negro, de colores en sepia. El poeta camina por la ciudad y la ciudad se trasmuta en sus palabras; el poeta conoce los recovecos de la urbe, las plazas solas a la madrugada del lunes, los puentes llenos de luciérnagas, puentes ausentes de pisadas; el poeta camina con los ojos cerrados por las techumbres de las casas oscuras que se encuentran en los bordes de las autopistas y camina por los vitrales llenos de luces de los centros comerciales, observa el reflejo de sus pies en las ventanas de los trenes oxidados viejos. El poeta inventa los caminos, inventa los escenarios y se siente ajeno a ellos, se siente dueño de ellos; crea huidobrianamente espacios en los cuales él existe, es y no es. El poeta, como el ángel caído que no esconde completamente su rostro, deja que las lágrimas que ruedan de sus cuencos sigan hacia la tierra desde donde volverán en forma de zarzas para asirse a las nuevas pisadas descalzas de quienes lean sus palabras.


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