El Haiku O La Poesía De La Sutileza Y La Brevedad

Literatura & Cómics
Ene, 2020
Este artículo tuvo: 493 visitas, compártelo !
Compartir por Facebook Compartir por Twitter Compartir por mail


  • Fuente: El Mercurio

    (A propósito del libro de haikú Desde algún árbol, de Mauricio Pino Andrade)

     

    Para comprender la naturaleza y cualidades del haikú —o haiku—, podemos pensar de inicio en el barroco como propuesta artística, en la que hay siempre un exceso de todo. No queda ni un espacio que no sea ocupado por el adorno, por el color. Es como si el artista barroco quisiera apabullar al espectador con la sobreabundancia del ornato, del detalle; como para no darle tiempo a reflexionar. Frente a esta exuberancia podemos oponer un haikú, que también suele ser una especie de propuesta pictórica impresionista. Por ejemplo, estos dos:

    Simplemente un río:

    oscuridad que fluye

    entre luciérnagas.

    (Chiyo –Ni, en Haya, p. 38)

     

    O este otro, tan breve y tan fugaz:

    Una gota de rocío,

    un diamante –

    Encima de una piedra.

    (Bosha, en Haya, p. 53)

     

    Como se puede ver, con tan pocos elementos se construye un paisaje: un río, oscuridad, rumor de agua, brillo de luciérnagas. Y en el segundo texto, apenas una gota de rocío sobre una piedra.

    En la pintura japonesa ocurre lo mismo, unos trazos para formar una flor de cerezo, unas líneas de color y ya está representado el monte Fuji.

    En el plano literario también podemos percibir un divorcio total y radicalísimo, por ejemplo, entre los textos de Lezama Lima, como es el caso de Paradiso, y un haikú. Claro que son diferentes: el uno es prosa y el otro es verso; pero el contraste no va por ahí. En el libro del cubano todo es excesivo. Hay sobreabundancia llevada al extremo de lo soportable, al extremo del paroxismo; frente a la diafanidad y sencillez de un haikú:

    Desolación invernal.

    El mundo, en un solo color…

    El sonido del viento.

    (Basho)

    Confieso que nunca he podido leer a Lezama Lima. Lo he intentado algunas veces; pero nunca he podido pasar de las dos primeras páginas. Me he armado de valor y de paciencia; sin embargo, no he podido. Su lectura empacha de muy mala manera. Es indigerible para mí. Para otros será distinto, seguramente.

    Hagamos un breve excurso hacia el pasado: nuestra relación con el haikú es bastante antigua. Llevamos en esta armoniosa compañía algo más de cuarenta y dos años, desde los lejanos tiempos en que preparaba mi tesis doctoral. Antes de trabajar en ese proyecto ya había sido seducido por la deslumbrante fragilidad y pureza de la poesía japonesa, y quizá por el más famoso haikú de Matsúo Basho (1644-1694):

    El estanque antiguo

    salta una rana

    el ruido del agua.

     

    Y este otro ya dolorido haikú, entre amargo y pesimista:

     

    Mi pueblo: todo

    lo que me sale al paso

    se vuelve zarza.

     

    Esta pequeñísima obra maestra es de Kobayashi Issa, (1763-1827), un discípulo de Basho.

    Detrás de la brevedad del haikú se encuentra una posición especial, que se mueve entre la contemplación y la religiosidad, hecho que se denomina aware en la lengua japonesa.

    El budismo zen, como doctrina religioso-filosófica, influye notablemente en el Japón. Esta ideología ha conformado, en parte, la idiosincrasia (que se refleja, naturalmente, en la poesía, como parte que es de la cultura) del pueblo japonés. La percepción del mundo se realiza mediante una iluminación repentina de elementos que producen una especie de percepción lúcida, de algo que es a la vez suma y diferencia de los elementos anteriores. La meditación zen es un esfuerzo para extraer la verdad del inconsciente, un conocimiento intuitivo de la realidad.

    La poesía participa de esta iluminación. Su finalidad es darnos una impresión de la realidad, una impresión generalmente fugaz, una especie de relámpago que ilumina el mundo.

    La poesía japonesa no es un arte que se alimente de la desmesura. Es, mejor, un arte literario y pictórico que se equilibra con dos o tres elementos; pero lo que ocurre entre ellos y la mente del lector es extraordinario. Las palabras, por la cercanía en el texto y en el campo del sentido, se potencian superlativamente y se iluminan. Sus «armónicos» significativos se amplían como las ondas del agua en el estanque donde se ha hundido la rana descrita por Basho.

    El arte japonés es sugerente. Al ser de esta naturaleza exige una participación activa del lector. Para conseguir esto, el arte debe tener cierta cualidad de inacabado, cosa que es voluntario inacabamiento, que ni siquiera debería llamarse con este nombre, sino como conciencia de la fragilidad de la existencia.

    El hecho de que el budismo zen esté en el trasfondo del haikú es lo que explica que hayan sido marginadas ciertas temáticas y ciertas posturas poéticas. Así, el haikú carece de índole sentimental o romántica. Un haikú no entra en los terrenos de la erótica, y en su construcción puede haber hasta cierto grado de «inmoralidad», de aparente falta de ética, como en este caso:

    Mato una hormiga.

    Y en cuanto sale la siguiente,

    también la mato.

    (Seishi, en Haya, p. 172)

     

    El haikú no se hunde en el simbolismo. El haikú quiere ser y mostrar la percepción iluminada del mundo, el aware ya mencionado.

    Hemos dicho, líneas atrás, que no es sentimentalista, aunque puede rozar ligeramente los vallados del sentimiento amoroso, como en esta pincelada tan sutil y leve:

    Tarde despejada,

    mi sombra apenas

    roza su hombro.
    (Pino, p. 71)

     

    El arte del haikú lo que hace es potenciar al máximo las virtualidades semánticas y evocativas de las palabras. Se parece en esto a la potenciación en matemáticas. Un número pequeño, como el dos, por ejemplo, se puede potenciar a un valor muy alto. Eso hace el haikú con las palabras.

    Al preparar este trabajo he descubierto que, en japonés, al cultor del haikú se lo conoce como haijin o haiyin. Así que Mauricio Pino Andrade es el haiyin de Cuenca. Ha sido seducido por la inexplicable y recóndita imantación que la poesía ejerce sobre ciertas personas. Supongo que es el destino. Uno se ve llevado a expresarse de tal manera, de preferencia, y no de otra. Esa preferencia genuina es el destino, aunque pueda, eventualmente, practicar otras.

    Todas las notas de caracterización que hemos citado se encuentran en los textos de Mauricio Pino Andrade.

    Primero: el apego a la descripción de la naturaleza, hecho que se puede constatar desde la portada. El libro se titula Desde algún árbol. ¿Qué puede pasar desde algún árbol? La respuesta es sencilla. Alguien mira desde un árbol, mira y describe el mundo que le circunda. El ojo y la conciencia del poeta son el instrumento que devela y revela al mundo con la sutil acuarela de la palabra.

    Segundo: el uso obligatorio de muy pocos trazos, que tienen la capacidad de construir una descripción y una impresión totales. Por ejemplo:

    Casa en ruinas

    reverdece en su adobe

    la buganvilla
    (Pino, p. 15)

    Tres líneas, en consonancia con los requisitos formales. ¡Pero cuánto sentido! Aquí está un paisaje de abandono, está el tiempo, y simultáneamente, está el vigor ciego de la naturaleza, que aun sobre los escombros levanta airosa su potencia vital. Pequeño cuadro de abandono humano y, al mismo tiempo, de reconquista de la pujante vegetación. En el trasfondo de todo, el tiempo se levanta como el protagonista del discurso poético.

    Para escribir haikú hay que tener un espíritu especial, que pueda asombrarse de todo cuanto existe. Hay que ser dueño de un espíritu de contemplación y de sosiego para captar las relaciones invisibles que fulguran entre los seres. Hay que tener espíritu poético muy agudo y de gran capacidad de economía para dejar fuera lo circunstancial de la percepción. Un espíritu que pueda eliminar de la luz todo lo accesorio para que el haz se pose desnudo y puro sobre el objeto de contemplación.

    Veamos, para fortalecer esta opinión, el siguiente haikú de Mauricio Pino:

    El viejo templo

    ya solo el incienso

    eleva un rezo.
    (Pino, p. 20)

     

    De la totalidad del templo —paredes, columnas, altares, hornacinas, esculturas, cirios, flores, cuadros— ha desaparecido casi todo, y el objeto único ahora parece ser esa débil columna de humo que se eleva adormecida por el silencio. Como se ve, un cuadro perfecto, completo, de una iglesia vacía, sin las súplicas de los hombres ni los rezos que parecen ser ignorados en el silencio de los seres divinos.

    Y este otro «paisaje» sonoro:

    Lejos del campo

    el canto del río

    es solo susurro.
    (Pino, p. 47).

     

    Aquí todo está al servicio de la impresión sonora del correr del agua, no por el cauce real sino por el tiempo. El río es el tiempo y es de tiempo, y corre, y ese correr engendra el murmullo.

    Este cuadro urbano y mágico:

    De una charca

    el gato sediento

    bebe la luna
    (Pino, p. 57).

     

    Solo paz en el ambiente de una noche lunada.

    Y esta maravillosa descripción:

     

    Sopla el viento,

    se estremece el árbol

    también su sombra
    (Pino, p. 58).

    Es que para el ojo poético y para la conciencia iluminada, la sombra es parte integrante del objeto, por eso tiemblan juntos. En esta especie de joya diminuta se han vuelto a unificar los elementos que anteriormente habían sido separados por los efectos de la luz, las dos facetas del ser: el ser real y su sombra, que no es más que el mismo objeto, aunque en una dimensión más tenue.

    Como hemos podido apreciar, los haikú de Mauricio Pino Andrade son composiciones perfectamente conseguidas, trabajadas con el talento y la finura de los rasgos, tal como nuestros joyeros elaboran delicadas piezas de filigrana para aretes, colgantes, dijes; joyas que relumbran con los rayos del sol. Y no es que su calidad poética ha sido solo reconocida por unos pocos. Hace unas semanas ganó un concurso internacional de haikú. Eso lo dice todo. Estamos ante la obra exquisita y sólida de un consumado haiyin.


    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  • NUEVOS

    Amore es «mirar la mierda directamente a los ojos»

    Teatro del Cielo es una compañía reconocida ya a nivel internacional no sólo por esa distinguida identidad escénica sino también ...

    Leer más

    El Haiku O La Poesía De La Sutileza Y La Brevedad

    (A propósito del libro de haikú Desde algún árbol, de Mauricio Pino Andrade)   Para comprender la naturaleza y cualidades del haikú ...

    Leer más

    En defensa de la producción cinematográfica y audiovisual local

    Hay un bien y un mal en el campo cinematográfico y audiovisual de Cuenca: por un lado, proliferan las gestiones ...

    Leer más

    Contracultura latinoamericana hoy

    “En un sentido más amplio, hablar de autogestión implica hacer uno mismo su propia gestión para crear y desarrollar su ...

    Leer más

    Grunge tree man

    De mis abuelos y mis bisabuelos

    (Tratado ornitológico sobre genealogía)   El viento atrapa el pálido ardor de las nubes A eso de las cuatro de la tarde Se cuela por ...

    Leer más

  • ÚLTIMA EDICIÓN