Amore es «mirar la mierda directamente a los ojos»

Entrevistas
Feb, 2020
Artículo por República Sur
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  • Fuente: Teatro del Cielo

    Teatro del Cielo es una compañía reconocida ya a nivel internacional no sólo por esa distinguida identidad escénica sino también por su propuesta pedagógica. Sus fundadores y principales integrantes son el cuencano Martín Peña y la cubano-ecuatoriana Yanet Gómez, a quienes tuvimos el gran honor de entrevistar vía streaming con la excusa de su última obra, Amore, la cual será presentada en Cuenca este miércoles 5 y jueves 6 de febrero en la sala Alfonso Carrasco.

    Es la primera entrevista del año y tenemos nos sentimos orgullosos de decir que ha sido una plática llena de magia, en la que hubo risas, suspiros y lágrimas. Sin más, les invitamos a disfrutar de estos dos exponentes gigantes del «cuerpo pensante».

     

    Entrevistador: Para empezar quisiera que nos cuenten cómo se iniciaron en el teatro. Sé que Martín tiene el arte casi en la sangre, que empezaste tocando el piano a los 8 años y que imitabas a Michael Jackson, de Yanet sé que ganó un premio a los 19 años en Cuba, pero ¿cómo empezó todo dentro del teatro?

    Martín: Primero hemos tenido caminos distintos en cuanto a la iniciación en el arte. Yo comencé a estudiar teatro desde los 15 años, a la misma edad que Yanet pero ella empezó en Cuba en la Escuela Nacional de Arte. Con el tiempo nos vinculamos, comenzamos a trabajar juntos porque los dos fuimos parte de un taller de teatro de un director cubano que trabajaba con Yanet. Entonces primero fuimos compañeros de clase, después personalmente ya nos hicimos pareja y desde el 2004 es que ya nace la compañía Teatro del Cielo.

    E: Calculo que se habrán conocido en el año 97.

    M: Sí, sí, sí. Ahí fue que nos conocimos y fuimos compañeros en este taller de teatro. También fuimos parte de otros grupos. Tuvimos mucha química escénica.

    E: Tengo entendido que tú, Martín, iniciaste tus estudios universitarios en Cuenca en el 98, pero después te retiraste.

    [Martín hace cara de preocupación] Sí.

    E: Tranquilo, más que nada me interesa saber si tuviste alguna mala experiencia con el sistema educativo.

    M: A ver, a mí se me hace muy difícil vincular el arte con el sistema universitario. Yo creo que el sistema universitario lo que hace básicamente es cubrir huecos. Yo creo en el arte más en un sentido filosófico, que viene más desde un trabajo de grupo o de un artista específico, por eso creo más en las escuelas que en las universidades. De hecho yo empecé a estudiar en la escuela de Fidel Román, entonces me vinculo a su forma de concebir el arte.

    Si inicias de esa forma y tienes esa concepción en la formación de grupo es muy difícil después acoplarse a un sistema educativo universitario en donde más bien sientes un proceso frío en donde tienes que cumplir por sacar notas. Yo tenía materias, por ejemplo, con un profesor que ni siquiera conoce a al profesor de otra materia y no tiene nada que ver, y los dos tampoco se han puesto de acuerdo en lo que quieren respecto a mí. Yo le veo bastante distante al arte como tal del sistema universitario.

    E: Pero tú estudiaste en Londres también. ¿Crees que eso se puede extrapolar a la educación inglesa?

    M: Es que yo estudié en una escuela en Inglaterra pero esa escuela, primero, no es dirigida por ingleses, es una escuela que nace de un grupo. Es una escuela de arte. De hecho, la escuela obviamente te otorga un diploma y todo eso pero de ensayos, como haber trabajado durante años con un grupo; o sea, te dan clases dos personas que han trabajado juntas años de años. Es una cosa muy íntima que se transmite realmente de profesor a alumno. No sigues una serie de materias ni te van calificando así. Es decir, aprendes de filosofía, le ves al arte como un estilo de vida y una forma de pensamiento.

    Yo veo que en la Universidad de Cuenca les enseñan por un lado danza y por otro lado teatro, y al final pretenden que hagan danza/teatro simplemente porque han recibido las dos materias, pero muchas veces se han visto en el problema de que no saben cómo unirlo.

    E: Yanet, a mí me parece curioso que tú hayas venido a vivir a Ecuador allá por el 99, en una época en que la gente más bien se quería ir de aquí. Entonces mi pregunta es ¿Qué te motivó a quedarte?

    Yanet: Bueno, en realidad yo llegué a Ecuador en 1997. Claro, yo vine de un sistema comunista muy complicado. Realmente yo nunca planifiqué venir a Ecuador, ni siquiera planifiqué salir de Cuba nunca; pero justamente fueron dos ecuatorianos a La Habana, Cuba y conocieron el grupo teatral donde yo estaba trabajando, y nos hicieron una invitación para llevar a Cuenca una obra que estábamos presentando en ese momento en algunos teatros de La Habana. Entonces mi profesor aceptó la invitación, viajamos cuatro personas para Ecuador. Bueno, yo sí sabía que Ecuador estaba en una situación difícil, pero incluso estando así para mí era un paraíso comparado a lo que yo estaba viviendo en Cuba [risas]. Entonces nada, tampoco planifiqué quedarme sino que la vida misma me fue como que guiando y al final me quedé ni siquiera sé muy bien por qué; solo me quedé.

    E: Pero me queda la duda de ¿qué nació primero entre Martín y tú, el teatro o el amor?

    Y: Yo creo realmente que surgió el teatro. O sea, Martín y yo desde la primera vez que nos encontramos en una clase o en un escenario fue instantáneamente química escénica. Fue así, inmediatamente… una química escénica muy, muy grande: emocional, psicológica, física. O sea, siempre la hemos tenido y creo que de ahí surgió después la relación que tuvimos Martín y yo. De hecho, yo me atrevería a decir incluso que Martín y yo seguimos creyendo en esto y seguimos trabajando juntos justamente porque nuestra relación no es que nació de algo personal sino que nació de esto otro que a veces yo lo siento hasta más fuerte: la cuestión del trabajo y esta filosofía de grupo.

    E: De hecho, Martín dice que «Teatro del Cielo más que una compañía es un espacio de meditación» y a mí se me viene a la mente que hacen mucho esto de posturas, mantras y oraciones al Gran Espíritu.

    M: Es que también hay una confusión ahí sobre la meditación. Para mí la meditación profunda es más bien alcanzar cierto estado de consciencia cualquiera que sea tu camino para hacerlo. Yo me doy cuenta de que no hay que meterle tanto intelecto a las cosas. A veces creemos que pensamos o sentimos algo, pero la escena te rebela todo. Yo trato de que sea lo más honesto posible: no solamente representar una obra sino usarlo como una puerta para llegar a un estado de consciencia y que a la vez se convierta en una puerta para un estado de consciencia para el público.

    Antes uno hacía las obras con un objetivo escénico, pero ahora hago las obras porque creo que sin ese espacio de expresión no tendría verdaderamente una voz.

    E: Me gusta eso que dices porque dialoga un poco con algo que también lo escuché de ti mismo: «para que algo sea arte tienes que decir ese algo a través de otra cosa».

    M: Hace poco leí algo de René Magritte, el pintor. El tipo dice «odio que me digan que soy un artista, lo que pasa es que no encuentro una mejor forma de transmitir mi pensamiento». Eso es algo que me mueve muchísimo. Te voy a ser honesto. No sé por qué pero ya perdí hace rato el interés de hacer obras de arte. No me interesa ya estar en escena por estar en escena o tener un grupo por dirigir una empresa. Creo que ya estoy en un punto en donde ya no hay nada que perder. Hago esto porque es mi manera de vivir, porque con el sistema, con lo cotidiano siento que me ahogo y que no puedo realmente decir lo que pienso.

    E: Y me imagino que tu manera de transmitir todo esto es con esta técnica del arte corporal dramático.

    M: Sí. Encuentro en eso como una base de muchas cosas. En el arte corporal dramático, en la formación de este cuerpo pensante encuentro un punto de partida para un todo. A mí no me interesa no ver nada físico aunque haya mucha técnica, no me interesa que le veas al actor que sea fuerte, elástico, hábil, ágil sino que vivas un viaje dramático sin ser consciente de la forma.

    E: Me genera curiosidad su historia con esta técnica porque Teatro del Cielo nace en el 2004. Ustedes se van a Londres en 2006 Martín y en 2007 Yanet. ¿Esta necesidad de integrar la «dramaturgia del cuerpo» —como ustedes la llaman— nace en Londres o ya viene desde antes con la creación de la compañía?

    M: Voy a sonar muy romántico pero yo creo que el arte corporal dramático ya estaba en nosotros. Pienso que el viaje a Londres es una revelación de lo que ya está, obviamente aprendes una cosa técnica.

    Teatro del Cielo nace en 2004 con una obra que se llama Hombre y Sombra, si era por tener fama o dinero yo pude haberme quedado haciendo eso porque ya comencé a hacer giras y comenzó a tener buena acogida la obra. Se llenaban los teatros y todo. Justo a mitad de las buenas temporadas y las buenas funciones yo decido ir a estudiar a Londres. Entonces si es que le vemos desde el lado comercial cometí una tontería porque me estaba yendo bien comercial y artísticamente. Los diarios nos daban mucha atención, sin embargo, a mitad de eso corté el proceso para irme porque yo sentía que hay algo más, encima vas a estudiar a una escuela en donde no sacas ni siquiera un título universitario. Yo no soy licenciado. Vas a una escuela que es cara donde tienes que pasar por mucho sacrificio, pero sé que hay algo más, sé que hay un lenguaje mucho más rico, mucho más desarrollado.

    Entonces ya había esa necesidad de una expresión mucho más rica en cuanto al cuerpo, pero claro, después de la graduación en la escuela en Inglaterra también cambia la perspectiva porque técnicamente es un salto brutal. Fue un descubrimiento increíble y también descubrí que cosas que quizás yo ya las pensaba como una innovación ya se habían hecho hace más de cuarenta años. Uno para creer o saber que está innovando tiene que saber qué es lo que se ha hecho antes.

    E: Claro, incluso por eso de que para romper las reglas primero hay que conocerlas, ¿no?

    M: ¡Total! Yo creía que había una habilidad natural en cuanto al cuerpo. Llego a Londres creyendo que sé todo y ahí me dicen «Espérate. ¿De dónde sale la fuerza para dar un paso?». Antes creo que sufría mucho de soberbia [risas]. Todo estaba hecho desde aquí [señalando su cabeza].

    Alguna vez yo hablaba sobre las fusiones. A mí me encanta fusionar, está perfecto que fusiones; sin embargo, para lograr una fusión deben existir las dos partes. Hay gente que recién empieza y está hablando de fusión y yo creo que antes de generar una fusión tú tienes que tener las raíces fuertes para después cuando las tengas firmes las puedas abrir y combinarlas con otras cosas. Entonces haces de todo pero en realidad no te aferras a nada, no logras realmente tener una estética propia. Pienso que hay una falta de investigación e identidad estética muy grande en nuestro país.

    E: Y hablando un poco de innovaciones, quisiéramos saber si hay alguna innovación, alguna regla que se está rompiendo en su nueva obra: Amore.

    M: [piensa y suspira] Para que tengas una idea. Antes las obras eran muy logradas desde el lado de la artificialidad: personajes dilatados, maquillados, llenos de vestuarios, en donde se quiere mostrar un mundo superartificial como una nueva naturaleza. Tanto Yanet como yo poco a poco hemos ido rompiendo eso por una necesidad personal incluso. A mí ya no me causa ni siquiera mucha gracia maquillarme. Yo he encontrado Amore como una expresión en donde no hay personaje, en donde no hay ningún tipo de artificialidad porque incluso el lenguaje del cuerpo ya se ha vuelto parte de la actriz.

    En un principio había concebido la obra como una viejita que esperaba una pareja, que es muy mental el asunto. Una viejita… dulce, que espera una pareja, que está en una banquita en el parque, que tiene una flor; o sea, es muy cliché la idea. De pronto comenzamos a trabajar y eliminé la banquita, después eliminé el sombrero, después eliminé los lentes y le dije a Yanet «¿Sabes qué? Eliminamos el personaje». Nos quedamos sólo con la flor. Después la flor me molestaba, no sabía cómo manejarla en escena, así que un día pateé la flor y la saqué del escenario [risas]. ¡No hay flor, no hay personaje, no hay nada! No hay música, no hay cambio de luces. No hay nada. Es realmente una revelación de la psicología auténtica. Quiero ver a un personaje vulnerable.

    Entonces para construir la obra la paré a Yanet frente a todos los integrantes de la compañía y les pedí que «digan todo lo malo que ven en Yanet, todo lo mal que les cae» y se sentía una energía tan grande que ella iba cayendo al piso, lloraba y yo a la vez le decía «Yanet pero resiste, mantente arriba». Eso es Amore: mirar la mierda directamente a los ojos, mirarse su propia miseria y así también tener la capacidad de amar sinceramente. Fue un ejercicio que yo lo hice porque a Yanet le costaba un poco romper la cuarta pared, sin embargo, se hizo la esencia de la obra. La obra es ella.

    E: Martín dice que esta obra es diferente a todo lo que ha hecho antes porque es honesta, porque «la actriz ‘es’ y no ‘representa’». Entonces, Yanet, ahora tú tienes que ser más auténtica que nunca y sé que eres una persona muy reservada. ¿Qué tal este desafío de la autenticidad? ¿Cómo lo has atravesado?

    Y: [acongojada y con lágrimas en los ojos] Para mí Amore se ha convertido en un espacio de sanación; o sea, cada vez que presento esta obra sinceramente algo en mí tiene que cambiar. Es un sentir muy extraño que a veces se me hace incluso difícil de explicarlo con palabras, porque es una obra que el público tiene que vivirla ahí conmigo. Cada presentación de Amore definitivamente es un reto porque es exponer mi vulnerabilidad ante cientos de ojos que están ahí viéndote y que tú eres el centro de atención. Es bastante fuerte. Me tengo que despojar psicológicamente, mentalmente de todo eso y transmitir lo que realmente la obra es. Muchas personas creen que la obra solamente se basa en la simple convivencia de una pareja, pero no es solo eso. Eso puede ser un extracto, una parte de nuestra vida; sin embargo, realmente va mucho más allá de eso.

    Claro, tengo que ser muy yo, pero no yo en el sentido de ego sino que tengo que ser yo porque tengo que estar muy presente, muy consciente en frente de un público. Si no viene con esa honestidad la obra simplemente no funcionaría.

    E: Bueno, ya para terminar. ¿Qué podemos esperar los cuencanos con esta obra?

    Y: ¡Ay, Dios! Pues lo que puedo decir realmente y de la manera más sincera es que no pueden perderse un trabajo así. Es un trabajo hecho con pura convicción y mucha fe. Esto puedo sonar muy pretencioso pero yo creo que esta obra es un regalo para la humanidad entera.

    Fuente: El Universo


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