Natalia García F.: «Ese sintiempo son relatos que yo habité»

Entrevistas
Ene, 2020
Artículo por República Sur
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  • ¿A qué edad comenzaste a escribir?

    Empecé en el colegio, sobre los doce años. Después, a los 18, hice el primer intento de escribir un cuento, así, a tientas. Posteriormente escribí mucho periodismo, especialmente de viajes.

    ¿Te acuerdas de tu primera historia?

    Sí, tenía doce años y el cuento iba sobre una gran pelea entre un montón de planetas —cada uno con sus características—, que tenían una disputa gigante y por eso cada uno se iba ubicando donde terminó y conocemos. Algo así, a mi mamá le gustaba [risas].

    Estudiaste tu Maestría en Narrativa en la Escuela de Escritores de Madrid, ¿cuán importante fue ese proceso para la concepción de Nuestra piel muerta?

    Fue fundamental porque creo que ahí entendí cuál era mi proceso de escritura y también por qué quería escribir. Además, estuve lejos como dos años y medio, un tiempo para preguntarme por mis motivaciones reales para escribir y para acercarme mucho a historias, al pasado, a la infancia, pero a la distancia, con otro punto de vista.

    El proceso fue increíble porque en la Escuela estábamos quince escritores de muchos países: españoles, latinoamericanos, una francesa, y lo que hacíamos era sentarnos a discutir libros, a leer lo que habíamos escrito, a criticarlo, macharlo, reescribirlo e incluso avergonzarnos de ellos.

    Y quitarse los miedos también.

    Sí, y sobre todo aprender que escribir es eso: reescribir, es estar, estar y estar. Otra cosa importante es el acceso, que no habría tenido de otra forma, a las bibliotecas públicas de Madrid. Nunca había tenido acceso a tantos libros, yo llegaba ahí cada mes con mi bolsita y me sacaba mis seis libros y al otro mes, seis. Aquí no hay un concepto de bibliotecas públicas así, por el barrio y que tú vayas y que haya novedades. A mí eso me parecía de otro mundo. Leí como no he leído nunca, porque aquí sí que leía, pero muchas veces releía cosas que ya tenía o buscaba libros, pero tampoco me ubicaba mucho en qué me gustaba. En Madrid empecé a encontrar el estilo de escritura que realmente me gustaba porque había toda esta variedad, entonces empecé a buscar constelaciones de autores: a un autor y a otro y a otro, y conseguirlos era impresionante. Sumado a eso, la experiencia de los profesores, que también tienen una maleta lectora muy grande… eso también fue muy rico porque ya no están ahí los libros solo para leerlos, sino el análisis minucioso con cada profesor. Eso fue muy importante para que saliera el libro.

    ¿Y por qué escribir entonces? ¿Qué es lo que buscabas?

    Cuando empecé a descubrir qué me gustaba leer, me encontré con esta idea de que, para mí, cuando uno escribe, está como contando algo en voz muy bajita a alguien, como un susurro al oído, que luego encierra en toda una ficción, una creación, algo; pero básicamente le quieres decir algo muy importante a alguien, algo que no has contado nunca a nadie como un secreto de infancia. Yo entendí que por eso yo quería escribir. Quería susurrarle eso a alguien, así, bien bajito, y para hacerlo debía crear toda esa ficción.

    Aparte de la Escuela a que has ido y a sus tertulias literarias, ¿qué tan importante consideras a la educación formal en el proceso de escritura?

    Si la educación formal se basa en una experiencia, como te contaba, me parece bien; pero creo que debemos redefinir qué es la educación formal o crear muchas más alternativas porque, por ejemplo, la escritura para mí es un oficio casi y aquí en Cuenca hay muchos oficios, pero no se ha hecho una gran escuela de oficios. Se da mucha prioridad a la educación formal súper académica y se relega al aprendizaje con base en la experiencia, que es una de las razones por las que la gente deja de interesarse en ello. Mi maestría, por ejemplo, a pesar de haber sido de dos años, no es oficial en el país.

    Ahora dictas talleres de escritura, ¿verdad?

    Sí, en la Universidad del Azuay. Me gusta mucho trabajar porque vienen chicos de varias carreras, incluso pueden venir profes de la universidad o personal administrativo, quien quiera. Algo muy gracioso es que los estudiantes de medicina nunca faltan, son los más aplicados y un día les preguntábamos por qué y decían que era porque era el único espacio en que recuperaban algo de sensibilidad, pues sienten que, en su día a día tan estresante, no tienen espacio para ello. Les libera. Ya han salido cuentos con estilos muy propios, los talleristas empiezan a darse cuenta de cuál es su voz… que alguien pueda entrar, estar con mucha gente conversando sobre escritura y lectura, y de pronto descubrir que quizá tenía algo que decir, que había algo muy sincero, muy de sí mismo que podía escribir. Así que por ahí creo que van bien.

    Entremos en materia, hablemos de La piel muerta. El mundo que has creado elude las marcas temporales y geográficas, si bien es cierto que tienes muchos guiños y localismos ecuatorianos, ¿de dónde surgen esos enclaves y épocas para crear la novela?

    Esta idea del sin-tiempo-pero-sí-que-hay-un-tiempo es como un collage de cosas que me han contado, sobre todo del tiempo de mis abuelos y del tiempo de la infancia de mis padres, que yo no sé porque a veces siento que habito aunque no sean los míos.

    Escuché tantas cosas cuando era niña que fui creando una burbuja como si yo viviera ahí. La idea primera del libro era escribir sobre la casa de mis abuelos, nada autobiográfico, sino las sensaciones de esa casa, que cumplió como ochenta años y justo cuando salió la novela la derrumbaron, ¡fue terrible! Esa, la casa de la abuela, significaba para mí el tiempo estancado; el de mis padres y de mis abuelos, ese sintiempo está en los relatos que yo habité.

    ¿Y el lugar?

    El lugar tiene de cuando yo era más chica, Cuenca era más pequeña y la religión, aunque ahora no se ha ido para nada, era una cosa rarísima. Para mí Cuenca es un pueblo de mil cabezas, donde la gente se condena o se salva, no hay un punto medio, eso, un pueblo «curuchupa». Después, en paisaje, tiene mucho de Chimborazo, que es uno de los destinos que más me marcó cuando hacía periodismo de viajes, y significa el regreso a lo sagrado. Chimborazo es uno de los sitios que más conserva los lugares sagrados, sus montañas, por ejemplo, además es donde existe mayor población indígena en Ecuador y por eso sus rituales se mantienen con mucho amor. Para mí era importante que el Chimborazo esté como esa parte de tierra casi sagrada.

    ¿Ese es el contacto de la tierra que tiene Lucas, el protagonista?

    Sí, sí, ese es ese retorno a la tierra; a la Madre Tierra, digamos.

    No sé si conoces el refrán «de fuera vendrá quien de tu casa te sacará», que parecería estar hecho a la medida de la novela. ¿De dónde surge la historia de Lucas y su familia? ¿Quiénes son esos monstruos que se toman la casa?

    ¡No lo conocía! [risas] A ver, esto es complicado, ellos son Filisberto y Tisón. Sus nombres son guiños a Felisberto Hernández, a quien amo, y a Eloy Tisón, de quien también me enamoré en España, de su escritura luminosa.

    La historia intentaba contar en susurros el secreto de mi familia, las sensaciones que quedaron de nuestra experiencia autobiográfica; luego está historia que está planeada como ficción. Durante mi infancia, éramos varios primos y la generación de nuestros padres que eran varios hijos, entocnces murió mucha gente en la familia de repente, la verdad es que a nosotros no nos lo contaban, no nos lo decían, nos lo ocultaban por esta cosa de «no, pobre niño» y nunca pudimos hacer ningún duelo. Yo creo que ahí quedaron como muchas preguntas, siempre pensé que alguien nos maldijo, que alguien nos invadió.

    Como no había una explicación, nadie te decía qué pasó, por qué murieron ni se reconocía un cambio fuerte en la familia a raíz de eso, la casa de mi abuela empezó a perder su luz, tal vez por esta misma idea de ocultar tanto. Desde chiquita yo me vendí eso de que « alguien nos invadió, alguien nos maldijo», esa era mi idea. Cuando empecé a escribir, quería basarme en estas sensaciones, me fui muy atrás y me dije: «bueno, voy a hacer que algo lo invada, ¿no?». Ahí sí que llegaron estos dos…

    En el libro transitan constantemente la podredumbre de la muerte, ese mundo negro, lúgubre y tétrico y, a la vez, la luz del campo y la vida, ¿cómo lograste ese tono que se vuelve casa vez más crepuscular y nos sumerge en el interior de Lucas, el protagonista?

    N: [Respira hondo] A ver. Ahí pasaron un montón de cosas. Primero esta casa que, como te digo, para mí es como la Casa Madre, que tenía mucha vida pero también mucha oscuridad.

    Y mucha muerte.

    Y mucha muerte… y mucha locura. Yo creo que de ahí nace mucho lo gótico, lo oscuro; pero la naturaleza también, mucha cercanía con los árboles, con los insectos, con todo. Nuestra vida era el jardín prácticamente. Me acuerdo que odiábamos tanto dormir dentro de casa que armábamos carpas con sábanas para dormir fuera; era esta cosa de «sí, me gusta la casa, pero no me gusta la casa», entonces huíamos dentro.

    Ahora leo en las reseñas que la novela es muy densa, alguien escribió que tuvo que parar de leer un rato; yo tuve una crisis después de escribirlo. Pensé que había cavado muy dentro y creo que ahí hay muchos espacios oscuros que salieron. A mí me gusta mucho, más allá de la literatura que sale de uno y contar algo mío, ese trabajo a través del lenguaje. Me sirvió muchísimo leer a William Gass, que trabaja muchísimo con el lenguaje. Ahí salieron los insectos, pero muy inconscientemente. Al principio no estaban planeados dentro del libro y tenía ya unas primeras escenas de la casa; pero, siempre que escribía, escribía algo de insectos, como el padre que se quedó pero todos los personajes le decían «basta ya, Lucas. Cállate ya, Lucas. Sigues con eso, Lucas» y un día me senté a escribir un monólogo de Lucas y ahí salieron un montón de cosas. Entonces empecé a investigar muchísimo de entomología, de biología y de un montón de cosas que armaron la constelación, esta cosa que yo quería del regreso a la tierra encontró sus intermediarios perfectos y todo un campo semántico, una poética de lo oscuro y lo claro, ellos en medio de eso, en medio de la vida y de la muerte.

    Siguiendo con lo de la estética y el estilo, es muy notable el juego entre la narrativa y la poesía que has hecho. Hay momento en los que es difícil saber si es una novela poética o un poema narrativo. ¿Cómo ha sido el trabajo en el lenguaje y los géneros para llegar hasta esto?

    Sí. Yo no sabía muy bien que estaba jugando con lo poético. Desde que empecé a escribir, entendí que mi mecanismo es lento. Es escribir algo, leerlo y encerrar una palabra como «lo único que sirve de aquí es esta palabra», luego, con esa palabra reescribo otra cosa «¡ah, bueno! Estas dos frases» y lo voy construyendo así. Cuando ya al final tengo todo, lo miro de nuevo y empiezo a llenar espacios. En general, cada capítulo tenía como un centro y a partir de eso trabajé campos semánticos como también qué había de luz en cada capítulo y qué había de oscuridad, y qué símbolos iban a estar en cada uno. De Lucas tengo guardados muchos cuadernos de partes del personaje que no quedaron en el libro, pero que igual son él.

    Lo minucioso de la escritura es así, como si fuera una artesanía. Eso me gusta. Creo que de ahí ha salido mi forma de narrar y también de ir encontrando la voz, ¿no? La voz del personaje.

    Cuéntanos sobre tus referentes. Leerte me ha recordado a Poe, a Eloy, a James, a Kafka, me recuerda mucho a esa atmósfera, también por lo lúgubre. Pero ¿quiénes son? Aparte de los dos que nos has dado.

    William Gass, también, él tiene un cuento que se llama El orden de los insectos y yo digo «a mí me vinieron a dar eso, orden», es de una ama de casa que se fija en las cucarachas y termina en un vuelo filosófico tremendo. Navaja Suiza lo editó y también le había encontrado esa parentela. Está Shirley Jackson, ella es muy gótica, es americana, sus libros giran mucho alrededor de las casas. Su cuento más conocido gira alrededor de la dinámica de un pueblo, es muy horripilante el cuento, pero es maravilloso. Ella es muy gótica y las voces que crea son siempre muy extrañas y atractivas, rozan casi en una fobia a toda la gente, unas voces creadas como desde la soledad total, así que ella para mí es como una madre literaria y yo la descubrí igual, allá. Después está Felisberto Hernández, ¡es lindísimo! Después Raduan Nassar, que tiene una novela que es casi un poema, los capítulos ni siquiera tienen comas, se llama Labranza arcaica y gira alrededor de una pareja de hermanos que se enamoran y esto es tan terrible para la familia. También Angela Carter, una inglesa lindísima, inimitable, con un juego con el lenguaje muy exquisito.

    La emergencia del panorama internacional de la literatura ecuatoriana actual ha sido gracias a mujeres. Está Gabriela Alemán, Mónica Ojeda, Solange Rodríguez, Daniela Alcívar y ahora podemos sumar tu nombre. ¿Qué opinas sobre esta reciente visibilidad?

    Pienso que hay como una fuerza en la escritura que ha salido.

    O sea, ¿consideras que existen puntos de convergencia?

    Yo considero que hay una fuerza que siempre ha existido de tantas voces que las mujeres llevamos atrás, tantas voces, tan calladitas, que yo creo que vienen con mucha potencia. Por ejemplo, yo le he leído a Mónica, y a pesar que no nos parecemos nada, que Mónica tiene muchas referencias muy actuales y otros temas; hay una fuerza, como una forma de tratar el miedo, pero con rebeldía. Yo sí veo en la escritura de las mujeres, no solo de Ecuador, una fuerza que algo que viene de hace mucho tiempo, muchas voces que vienen muy recargadas. Creo que por ahí hay un algo como refrescante, como una escritura fuerte.

    María Fernanda Ampuero tiene escritura muy fuerte. Igual de esos miedos que los lees y te quieres salir un rato, pero viene con fuerza, no viene así como que el miedo [con tono temeroso] que te mata ni el miedo que te encierra.

    Sino el miedo revelador.

    ¡Sí, eso! Me parece que por ahí hay mucho en la escritura, creo que quizá Ecuador también ha tenido muchas cosas que contar que no han salido.

    Todas las escritoras que mencionamos han sido publicadas por editoriales extranjeras, cuestión relativamente novedosa en Ecuador, y muy eficaz para combatir el ostracismo de nuestra literatura. Para los escritores nóveles que nos leen, ¿cómo lograr el acercamiento a una editorial foránea?

    Yo lo hice gracias a La Escuela. Bueno, La Navaja le preguntó a la Escuela si tenían a alguien, y como ellos habían seguido el proceso de la novela, se la mandaron y así contactamos. Sí que hay editoriales pequeñas como La Navaja, que es una editorial hermosa pero es de las pequeñas de España, como Candaya en la que publica Mónica, que tienen las puertas abiertas.

    Y que investigan.

    Sí, que investigan. Y si empiezas a mostrar o incluso a participar de estos talleres, a buscar por ahí, porque eso al final son como constelaciones de gente. Estas editoriales sí que tienen este trabajo de búsqueda y también cuidan mucho lo que publican y lo que están haciendo. Yo me impresioné mucho porque en La Navaja no me conocían de nada, me conocía la editora de Twitter porque yo amaba William Gass y tuiteaba de él todo el tiempo, ella me dijo «Ah, tú eres la fan» [Risas]; me había comprado su libro y si algo sacaba Navaja yo era como «Ah, Navaja». Y sí que se arriesgaron con alguien que no conocían de nada, ¡de nada! Leyeron, pero ni me habían visto. Lo que nos decían a nosotros mucho en la Escuela es que muchas veces el problema es que como escritores no investigamos, o sea, mandas a una editorial que crees que está buena, pero la cosa es investigar a estas editoriales justamente pequeñas: qué publican, cuándo publican, cuándo buscan manuscritos porque abren sus páginas para envíos, pero sobre todo qué tipo de narrativa publican, en qué editorial a ti te podrían publicar, a quién le interesarías. Creo que eso es un primer paso: buscar y hacer la investigación y encontrar estas redes de editoriales nuevas que están buenas. Ahora mismo, aquí en Ecuador, Severo Editorial viene con mucha fuerza y será un gran lugar para enviar manuscritos.

    Pero realmente tú enviaste a una y ya está, ¿o lo has mandado a más sitios?

    No. Es que yo no esperaba la verdad. A ver, me lo pidieron y dije «no me lo van a coger». Entonces no me lo esperaba, la verdad. Dije. «bueno, llegó a Navaja, lo leerán, ¡qué lindo que lo hayan leído [con un tono de emoción]», incluso porque me lo pidieron y yo lo mandé ese día de la emoción.

    Me están pasando muchas cosas que nunca esperé y estoy muy contenta.


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    1. […] mencionar a tres personajes principales: el cerdo, el caballo y el bonzo, los acompañantes del mono y del monje, pero, sin duda, cada uno […]

    2. […] Hace unas semanas ganó un concurso internacional de haikú. Eso lo dice todo. Estamos ante la obra exquisita y sólida de un consumado […]

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