Se buscan auspiciantes para el horror

Columnistas
Nov, 2018
Artículo por Liz Zhingri
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  • Cuando pequeña escapaba del frío y de los rezagos familiares del colonialismo en la biblioteca de mi abuelo que consistía en una hilera de libros y apuntes colocados de manera cuidadosa sobre una repisa de madera amarilla. Contaba con tomos extraños y misteriosos.

    Los libros hablaban y me interpelaban sobre los conocimientos adquiridos en la escuela. En ellos hallé mapas al revés, testimonios de sucesos históricos, recetarios naturales para las enfermedades, diccionarios kichwas y dibujos de maíces y de familias campesinas como la nuestra; todo eso entre notas en cursiva, listas interminables de contactos, carpetas con papeles que se leían graves y compilados de noticias viejas. Este era mi lugar seguro en el mundo, desde ese entonces,supe que allí, donde flameara la wipala, se albergaban las ideas más bellas del mundo

    Cuando me enteré que hubo una época en la que el abuelo tuvo que ocultar, con todo el dolor de su corazón, muchos de estos libros en medio de la chakra familiar, no pude sino sentirme impotente y profundamente triste. Él, que siempre fue un hombre amoroso y fuerte, tuvo que encomendarle las ideas más bellas al vientre de la tierra para que no las hicieran desparecer. ¿Por qué alguien iba a querer hacerlo?, ¿quién querría exterminar las ideas?, ¿cuáles eran sus excusas?

    Corrían los años 70 y el fascismo pisaba fuerte en Latinoamérica y el Caribe. No solo el abuelo tuvo que luchar para que las ideas no desaparecieran, sino también sus compañeros y compañeras del movimiento indígena y campesino y, como ellxs, las personas de otros movimientos sociales de la región que peleaban por lo comunitario, lo colectivo, la redistribución de recursos, el reconocimiento de Derechos Humanos básicos, la igualdad material y simbólica, y el cuidado de la vida en todos sus aspectos.

    Fueron las bayonetas, las torturas y el terror los que impidieron que estas demandas legítimas tomaran fuerza. Desde los centros de poder político y económico se gestaron planes como la Operación Cóndor para detener todo un proceso de cambio social. Es así que a través de golpes de Estado, represión militar y sobre explotación de discursos abiertamente fascistas, se concretaron regímenes donde los derechos no tenían cabida.

    La invención de miedos y ficciones para azuzar a las poblaciones fue una constante durante ese tiempo.La prohibición de todo pensamiento crítico, la apelación perpetua al nacionalismo (los dictadores se autodenominaban salvadores de las patrias), el populismo y el resto de sus herramientas discursivas estuvieron siempre enmarcados en esquemas de pensamiento clasistas, racistas y patriarcales.

    Salir de estas ficciones también supuso una batalla fuerte para los movimientos sociales. Ellos, a pesar del terror, lograron avanzar hacia sistemas más democráticos donde la muerte no era el pan de cada día, ni el horror,la condena eterna para las subalteridades. La democracia, entonces, se plantó como medio para alcanzar la igualdad y como garantía de que el fascismo no volvería a hacer de las suyas.

    O por lo menos, eso creíamos.

    Hoy el fascismo ha vuelto en una arremetida brutal y repite la viejas fórmulas: ataca los Derechos Humanos y de la Naturaleza con una «fundamentación» colonial, clasista y patriarcal; desprecia la democracia en nombre de la «incorrección política», pero se vale de ella para ganar elecciones con populismo; inventa nuevos miedos como «la ideología de género» al tiempo que se anuncia como salvadora de la humanidad. Los libros del abuelo hablaban de leer el tiempo como un círculo donde todo retorna.

    ¡Que la respuesta que le demos al horror que regresa no sean ni la indiferencia, ni la legitimación, ni el respaldo! Auspiciar al horror antaño no nos sirvió para salvarnos, ahora tampoco lo hará,¿y cómo lo va a hacer si todas sus promesas nos hablan de muerte?

    En el horror solo hay espacio para el horror.

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