Y, a quién le importa…

Columnistas
Ago, 2016
Artículo por Rocío Pérez*
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  • No somos nadie…

    Al menos si tienes entre 30 y 50 años no eres nadie. No eres ni joven ni viejo, eres tan solo una situación indeterminada de ser y estar en el espacio y en el tiempo.

    Eres “demasiado viejo” para participar en las diversiones culturales subvencionadas por el estado, para recibir ayudas al alquiler, para viajar, para tener becas de algo, para tener otro estilo de vida que no sea el familiar nuclear con cachorros humanos, para viajar con descuento en los medios de transporte, para salir a farrear (aunque esta es la premisa más resiliente) y para tener un carnet ostentativo de tu nivel de juventud y “cooleza”; y, a la vez, eres demasiado joven para disfrutar de los privilegios de “ser mayor”, véase, que te cedan “amablemente” un asiento en los medios de transporte, tener prioridad en las colas de los supermercados, observar y criticar la evolución de las obras públicas, dar comida a las palomas en el parque, cargar con fajos pesados a la espalda durante kilómetros, trabajar en el campo hasta que no te queden fuerzas, pasear y hacer fila, tener un dinerito mensual a costa de haber tenido que trabajar muchos años de tu vida (y luego está España, donde tienes que trabajar 37 años para tener una pensión “digna”) o tener una acumulación de sabiduría y experiencia no respetada y desaprovechada por la mayoría de las generaciones sucesivas y de los gobiernos de turno y (re)turno.

    No somos nadie…

    Y lo más frustrante es que, cuando eras joven, no había tantas lindezas utilizables, nos pilló tarde el socialismo juvenil y la “movida tallerista”. Pero lo peor es que, cuando seamos mayores, tampoco va a quedar ninguna ventaja estatal previamente pensada, programatizada y puesta al dominio, quiero decir —en qué estaría yo pensando—, al servicio de la comunidad. Especialmente la de las pensiones, que ya empiezan a sonar como un mito lejano: “Érase una vez, en un país civilizado, un fondo de pensiones intocable…”. Así que más nos vale empezar a comer mejor y hacer algo más que el tumbing y el facebooking, porque nos va a tocar darle duro hasta que reventemos.

    Y es que lo queremos todo, juventud, vejez, libertad y subvenciones. Una libertad subvencionada “juvieja”, cómoda y confortable. Nada de salir a ejercer la timocracia, ni a tratar de organizarse en otras formas de gestión, ¿para qué?, si ahora tenemos redes sociales bajo nuestro egocéntrico control y podemos construir nuestra vida “a imagen y semejanza” de lo que nos gustaría ser con el único esfuerzo y coste de un clic. ¡Ay!, con lo modestamente lindos que estamos en nuestra foto de perfil intento 356, camuflaje filtro 3 luz todopoderosa… ya tengo 300 likes… En fin, que me pierdo, volvamos a nuestro asunto…

    No somos nadie…

    Nuestros obreros progenitores nos dijeron “estudia, que estudiando se sale de pobre” y nos lo creímos. ¡Eran hijos e hijas de la democracia, había que darles un margen de credibilidad! Primero, estudiamos y estudiamos en un sistema que parecía muy “objetivo y neutro” y que nos obligó, tras ello, a desaprender gran parte de lo aprendido. Después, como no había donde aplicar lo aprendido ni lo desaprendido, seguimos estudiando, migramos o nos sometimos a las condiciones de “libre mercado” del McDonald’s. Mientras tanto, alguno trataba de probar la opción mixta: estudiar y trabajar, opción dignamente enloquecedora y satisfactoriamente frustrante cuando abres los ojos y te das cuenta de que has llegado a los 30 demasiado rápido, demasiado ocupada y demasiado “a medias” —sí, ya sé que lo vivido no te lo quita nadie, yo también estuve allí—.

    Y, finalmente, aquí estamos. Con estudios, con decepciones, con iras, con agravios, sin derechos… y sin un euro, dólar o peso. Ya lo decía el señor Bourdieu, a mayor capital cultural, generalmente, date por copulado en lo económico, porque ya se sabe: el conocimiento no ocupa lugar… ni, al parecer, cuentas bancarias —a excepción de algunos privilegiados o algún Prometeo—.

    Hubo un tiempo en el que, en esta imprecisa franja de edad —recuerden, entre 30 y 50— gozabas de una independencia “maduril” fruto de un esfuerzo académico y/o profesional y una inversión de tiempo acorde, por supuesto. Hubo un tiempo donde nos creímos clase media, donde nos creímos señores y señoras sin señoríos, burgueses y burguesas sin hambre, bohemios sin esperpento… y nos jodieron. Sigue habiendo ricos y pobres y usted, si depende de una nómina, suele pertenecer a los segundos.

    Hubo un tiempo en el que pensábamos que íbamos a cambiar el mundo, pero el mundo tuvo otros planes al respecto. Lo peor, es que lo dejamos.

    No somos nadie, pero no nos importa. No somos nadie, pero a nadie le importa.

     

    * Doctora sin bata. Viajera, antropo(i)log(ic)a, feminista y amante del buen vino. Obrera de escritorio aficionada a la locura pseudocontrolada y la búsqueda de un mundo mejor. Piensa que existen momentos de felicidad, pero que nunca hay que perder de vista que no todo el mundo la tiene. En los días malos renueva su carnet en una sociedad secreta que aboga por la extinción de la raza humana.


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