La insoportable levedad de la superhumanidad

Columnistas
Sep, 2016
Artículo por Rocío Pérez*
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  • Debe ser que me estoy volviendo vieja, gruñona y sensible —todo un atractivo pack para nuestra amable, encantadora y obsesionada con lo joven y bonito so-ciedad que tenemos—, pero me gustaba levantarme a las tres de la mañana para ver algún partido, carrera o combate en las Olimpiadas. Daba igual la hora, era un acontecimiento deportivo ineludible que emanaba un aroma a esfuerzo, tra-bajo, sueños, pasión y, sobre todo, deportividad, solidaridad y compañerismo. Una esperaba estas cosas. Esperaba gestos de estos superhumanos que demos-trasen que el mundo seguía mereciendo la pena, que las personas seguían mere-ciendo la pena.

    Una es vieja —pero no tanto— y no pudo ver la subida al pódium de Jesse Owens en las Olimpiadas de 1936, ni los consejos de Luz Long, un rival alemán que, de-safiando a Hitler aconsejó a un Owens con dos intentos nulos cómo saltar, —una pena no haber tenido una polaroid para hacerle una foto a la cara del Führer—. Tampoco esta viejecita pudo ver al atleta etíope Abebe Bikila batir el récord mun-dial de maratón descalzo en la Roma de 1960 —¡Chúpate esa, Adidas!—.

    Lo que una sí ha visto es el ejercicio de superación en momentos como la llegada del británico Derek Redmond llorando por su lesión y apoyado en su padre en los 400 metros en Barcelona 92, pero queriendo, de todas formas, terminar su carrera; la tenacidad de la suiza Gabriela Andersen-Schiess en Los Ángeles 84 llegando a la meta tras las más de dos horas de maratón completamente deshi-dratada y tambaleándose; o el valor y compañerismo de Kerri Strug, quien dio, tras saltar lesionada, el oro a Estados Unidos —aunque aquí podríamos discutir bastante la calidad humana de un entrenador y la presión de un país que obliga a una atleta a competir en estas condiciones por conseguir un oro—. Una tam-bién ha visto el ejemplo de deportividad y solidaridad del regatista canadiense Lawrence Lemieux en Seúl 88 quien decidió socorrer a un compañero herido por encima de ganar una medalla de plata —aún quedan buenos tipos-, ha visto lágrimas y abrazos de emoción entre rivales y ha presenciado heroicidades de pequeños equipos y atletas que tienen que trabajar diez horas como carpinteros, pastores, carceleros— el flamante campeón de rugby a 7 en Río 2016, Fiyi- o que no tienen piscinas para entrenar —recordarán al guineano Eric Moussambani en Sydney 2000—. Pero, parece que una está viendo, últimamente, que la política, el mercado, la religión y otros menesteres, cada vez está más presente en estos espacios “relativamente” —todo es político, económico y cultural— “libres de pecado”.

    Como iba apostillando, cuesta ver el precio de los sueños para Brasil. Cuesta ver quién ha tenido acceso y quién no a ver a los grandes atletas y quiénes se han re-partido los beneficios de tal puesta en escena. Aunque, quizás, no tanto. Me temo que los que sí, los mismos, y los que no, los de siempre. Porque nos gusta hacer las cosas para que nada cambie.

    Pero, incluso más allá, las polémicas sobre que una mujer con brazos desnudos presentó a Arabia Saudí en los juegos y estos se molestaron —señores, espero sinceramente que no hayan salido a la calle en Río y nos les haya dado un sín-cope—; que las discusiones se centrasen en que las mujeres que jugaban volley playa usen velo o con bikini, en vez de hablar de su juego, de sus horas de trabajo o en que, por primera vez, Egipto tenga una pareja de volley playa jugando en las olimpiadas -tienen que estar encantadas, debe ser tan reconfortante y estimu-lante eso de entrenar tras tu trabajo unas cuatro horas al día (esto no es fútbol, familia, de esto no se vive), llegar a unas olimpiadas y que los comentarios sean sobre los trozos de tela que te cubren o no el cuerpo (ojo, que este es otro debate para otro día)-; que ganes una medalla de oro, batas un récord mundial en nata-ción, como la húngara Katinka Hosszu y algún “avezado” periodista de la NBC diga que el responsable de esto es su marido y entrenador —vaya, yo es que me lo perdí en bañador, nadando en la piscina, una lástima—; que la brasileña Marjorie Enya le pidiera a su novia, la jugadora de rugby Isadora Cerullo, en matrimonio y la prensa dijese: “le pide matrimonia a su amiga” —esto es lo que hace una to-dos los días, proposiciones matrimoniales a sus amigas; o, que el egipcio Islam El-Shehabi no diera la mano ni saludase al Israelí Or Sasson tras ser vencido en judo, -¿dónde quedó el honor de los samuráis extranjeros? —, empieza a darme mucha pena, porque este espacio de superhumanos empieza a tambalearse. Y lo necesitamos.

    Necesitamos que el sexismo, el fundamentalismo religioso, el racismo y el mer-cantilismo no se instalen aquí, porque perderemos uno de pocos los bastiones de integración, respeto, convivencia y reciprocidad internacional que nos quedan.

    * Doctora sin bata. Viajera, antropo(i)log(ic)a, feminista y amante del buen vino. Obrera de escritorio afi-cionada a la locura pseudocontrolada y la búsqueda de un mundo mejor. Piensa que existen momentos de felicidad, pero que nunca hay que perder de vista que no todo el mundo la tiene. En los días malos renueva su carnet en una sociedad secreta que aboga por la extinción de la raza humana.


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