En defensa de la producción cinematográfica y audiovisual local

Cine & Series
Ene, 2020
Artículo por Geovanny Narváez
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  • Hay un bien y un mal en el campo cinematográfico y audiovisual de Cuenca: por un lado, proliferan las gestiones culturales denominadas independientes y, por otro, en lugar de dar paso a la producción, se erigen eventos para la programación y proyección, que derrochan energía y recursos humanos y económicos en programas efímeros, necesarios e interesantes, tal vez, pero intrascendentes para la investigación, la creación y la producción en el ámbito local y nacional.

     

    Las instituciones públicas priorizan y magnifican las muestras, encuentros y festivales, mas no la creación y la producción como políticas culturales. De hecho, la producción en el país se halla enredada en cuestiones administrativas, necesarias, sin duda, pero encerradas en círculos contaminados que alimentan la gestión como eje rector del control. Los fondos para muestras y festivales terminan en un mar de papeles cuya finalidad es la de exaltar y demostrar el derroche de energía y del escaso dinero. Los entes que reparten fondos públicos juzgan un guion, junto con un puñado de papeles que devoran ciertos insaciables agentes y gestores de la nada. De este modo, los cineastas entran en mundos kafkianos: postulan para fondos públicos sin saber cuándo rodarán ni cómo será el resultado final.

     

    Este círculo eventista apenas ayuda a concretizar proyectos; de hecho, varios se encuentran estancados, otros sin horizontes cercanos y unos tantos mueren en el intento, sumergidos en un océano de archivos y carpetas. Vista en perspectiva, la idea de una cultura e industria cinematográfica y audiovisual se ha convertido en una usina de y para la gestión, en la que no se gesta ni se crea nada. Por esta razón, creemos que la gestión cultural en el campo cinematográfico y audiovisual debería ser redireccionada hacia los productores y sus productos.

     

    No hay duda de que todo el que forma parte del sector audiovisual intenta defender sus intereses (personales, institucionales, culturales y comerciales), ya sea de forma consciente o inconsciente. A veces esas motivaciones son nítidas, pero en otras se revelan la figuración y el propósito cínico de monopolizar los pocos espacios y recursos de la localidad.

     

    Cuenca ha tenido varios festivales y ahora, al parecer, le quedan dos: la Orquídea y el FICC (por el momento dejaré de lado la actual disputa sobre uno de ellos); tiene también el encuentro y muestra de cine Cámara Lúcida, organizado por el colectivo fílmico God/Art, que además edita una loable revista, así como otros grupos y colectivos, algunos bajo gestión estudiantil, de bares u otras modalidades, ya sean dependientes o autónomas, que apuntan a la programación de películas, sin más; son pocas las que propician el debate o la educación no formal a través de talleres.

     

    Respecto de la formación universitaria en cine y audiovisuales local, resulta evidente que los ejercicios escolares permanecerán como simples ejercicios mientras se persista en la lógica de la sanción y la puntuación: pasar el año para colocar el diploma en la sala o en el pecho. No hay duda de que la realidad fuera de las aulas universitarias es, muchas veces, desoladora. Por ello, esa potencia formativa debería ser aprovechada al máximo, partiendo, por ejemplo, de un espíritu colaborativo en el que la obligación de hacer bien ciertos ejercicios, en el plano técnico y estético, devenga un estandarte para que luego puedan ser exhibidos al público.

    Por otra parte, es cierto que la competencia o la rivalidad no son el mejor camino: el rally cinematográfico, debido a su ligereza y precipitación, corre el riesgo de colisionar de manera brutal, pues es evidente que lo que no se puede hacer en meses, difícilmente se hará en unos pocos días, menos aun en pocas horas.

     

    La educación formal en el campo cinematográfico tiene que ser objetivada y debe advertir a los estudiantes sobre las duras reglas del juego del verdadero mundo de la producción mundial y de los mercados del cine que rigen en la actualidad. Por consiguiente, se debería suspender por momentos la idea romántica del arte por el arte, del creador solitario, del demiurgo, del cineasta como autor. Así, el aspirante a director, productor o técnico… tendrá miras a una profesionalización, al dominio de la técnica, sí, y en el plano personal a trazar una visión ideológica artística o comercial estable.

    En este contexto, el primer demonio a combatir es el aspecto financiero, el segundo, y ya complejo, es el deseo de lo que no se posee, el material y la tecnología de punta (equipo de alta gama) y, el tercero y más terrible, el ego: la autoría o el cine de autor no existen sin una plataforma social, el cine independiente es dependiente de fondos estatales, municipales, de conglomerados multimedia, de círculos que se retroalimentan.

    Es notorio que la muestra de cine independiente que pregona un cine diferente forma parte ahora del engranaje estatal. En otras palabras, los profesionales deberían preocuparse menos por el material, menos en saber cómo estetizar la imagen e interesarse más bien en dar forma cinematográfica a la idea (aquí, la célebre frase de Glauber Rocha se reactualiza, aunque quizás sin el componente político de otrora: «una idea en la cabeza y una cámara en la mano»). La formación académica es invalorable en el mundo del cine a nivel técnico, profesional e intelectual, pero tampoco lo es todo.

     

    También dentro del proceso formativo, suele darse mayor importancia a la elaboración del guion, se lo idealiza, así, este medio para la realización se convierte en un calvario, en un cadáver que se arrastra por años hasta finalmente intentar resucitarlo o enterrarlo. Pero ¿qué tipo de guion es el mejor? ¿El guion volcado al cine de arte, al cine de autor o al cine popular o comercial? ¿Saben esto los estudiantes de cine a nivel local y nacional? ¿Saben estos los profesores y formadores que dirigen clases y talleres? A esta problemática se aúna la complejidad del rodaje con un equipo técnico y artístico también idealizado.

    Todo este obstáculo (mental, administrativo, técnico) no implica que el resultado final, el producto audiovisual, será mejor, eso dependerá de los objetivos y contextos trazados previamente. En este mar de impedimentos se gastan dinero y tiempo valiosos. Pero nos alejamos del tema, volvamos a la defensa de producción local.

     

    Desde nuestro punto de vista, la posición del gestor de cine que se orienta hacia la realización de eventos desvirtúa uno de los objetivos primordiales del sector: la producción. Desde este ángulo, Cuenca se ha convertido, para bien y para mal, en consumidora y no en productora. Algunos argüirán esta postura y dirán que la exhibición es parte consustancial del proceso de producción puesto que se proyecta lo realizado, incluso que se trata de la formación de públicos. En parte sí, pero seleccionar películas de otros horizontes e intentar aleccionar con lo que es válido o no, no es producir. Mientras esperamos que en Cuenca germinen nuevos proyectos, nuevos cortos, largometrajes, seguiremos sentados en las butacas apreciando interesantes propuestas de otros lugares.

     

    Los eventos y la producción deberían coexistir, por supuesto que existen colectivos que intentan equilibrar ambas tareas, pero la balanza siempre se inclina hacia el evento, a pesar de que unos cuantos cineastas han logrado producir encarando todas las dificultades antes descritas. Un último aspecto por destacar es que no se trata de un problema de falta de productoras, en Cuenca existen varias y de diferentes tamaños. Vale mencionar también la necesidad de la investigación y la crítica de cine, ambas labores más académicas y con vocaciones intelectuales y filosóficas que cumplen otras funciones como la producción de libros y revistas especializados.

     

    Todos quienes, de manera consciente o inconsciente, siguen la ruta que prioriza la exhibición, deberían considerar la producción o, en mejor de los casos, mantener a caballo esas dos arduas tareas, y veremos qué sucede años más tarde. ¿Cómo hacer esto en la práctica? Un primer paso sería canalizar las fuerzas existentes sin rivalizar, sino más bien coordinar con todos los interesados en el quehacer cinematográfico y así crear fuentes de trabajo y, sobre todo, reforzar las experiencias.

    Luego, se podrían delinear objetivos a corto y a largo plazo, como propiciar laboratorios permanentes de proyectos que tengan un seguimiento correcto en sus tres fases (preproducción, producción, posproducción); utilizar los recursos humanos, económicos y materiales (públicos y privados) en la producción y circulación, etc. Hay algo de utópico en toda esta recapitulación, en esta lluvia de ideas, pero hay también algo de sensatez y factibilidad. Esta es nuestra defensa, hacia allá debemos encaminarnos.


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