Vírgenes o putas

Social & Opinión
Jun, 2017
Artículo por Alejandra Bueno
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Fuente: Fotograma de la obra I want to be selfish again de Myrte Van der Molen / Alejandra Bueno.

Si pensamos en la erradicación del pensamiento colonial sobre el cuerpo o de las dictaduras machistas, o si pensamos en cualquier revolución nos topamos con el mismo hecho: el trabajo viene desde lo particular a lo general, con la toma de conciencia personal y la acción comunitaria, sin olvidar el papel fundamental que tiene la opinión pública y por ende los medios de comunicación. El punto de partida es reconocer los géneros como construcciones que se desarrollan en el tiempo, donde ya no podemos hablar como decía Simone de Beauvoir del «segundo sexo», sino que hay que reconocer los múltiples géneros, los terceros, los cuartos…, dentro de la problemática y hay que reconocer que no se puede tratar el feminismo desde la postura colonial blanca, sino que abarca todas las culturas.

 

Nosotras mismas nos autorepresentamos y nos autodefinimos. Sé que es un ejercicio complicado, pero parte de desaprender lo aprendido y aprender a generar un imaginario colectivo desde los márgenes. Al igual que construimos la realidad desde los medios, desde las calles, desde las escuelas, las casas… hemos de tener en cuenta que el género al ser parte de ella, también se construye; de hecho, podríamos hablar de un género que está en constante transformación, ajeno a nuestro cuerpo físico, pero en relación con lo que ve en su contexto y en los medios, un género líquido y comunitario. Salir a las calles hoy es un acto de resistencia. Las figuras empleadas para los anuncios publicitarios suelen presentar más rasgos europeos que latinos generando una aversión a lo propio y a la identidad en general, una no-identificación con los referentes, y provocan un cortocircuito entre el ser y la realidad y un continuo deseo de transformación hacia los cuatro modelos básicos de representación.

 

Desde la Plataforma de Acción establecida a partir de la cuarta conferencia Mundial de la Mujer en Beijing en 1995, se comienza a cuestionar la representación de las mujeres en los medios y se fomenta la aplicación de estrategias de información, educación y comunicación. Estas iniciativas promovieron el monitoreo de los medios, algo que se sigue haciendo hasta el día de hoy y ha mostrado resultados negativos con respecto a la estereotipación de la mujer y su participación.

 

Por su parte, la Constitución de la República del 2008, en su Artículo 19, promueve la regulación de contenidos en los medios y prohíbe todo contenido que induzca a violar los derechos humanos. Un año antes, en el 2007, se creó en Ecuador el Plan nacional de erradicación de la violencia de género hacia niñez, adolescencia y mujeres, destinado a erradicar la violencia, el machismo y el micromachismo que se había instaurado silenciosamente en la sociedad y que por muchos años había sido una cuestión «legal», ya que hasta el año 1995 no se tipificó dentro del Código de Procedimiento Penal. Pero fue entonces cuando se promulgó la Ley 103 contra la violencia hacia la mujer y la familia, la cual permitió que las mujeres agredidas por su pareja cuenten con un recurso para obtener protección y acceder a la justicia. Pensar que hace tan solo 20 años en Ecuador la violencia hacia la mujer en los hogares era una cuestión que se debía solucionar dentro de ellos, nos explica por qué sigue sin entenderse que la supremacía del género masculino no es una razón de ser, sino un abuso de poder.

 

Sin embargo, sí se contemplaba y tipificaba como delito la condición sexual «extraña», por lo que era penado ser gay y toda persona que fuera acusada de género ambiguo, raro, anómalo, monstruoso…, podía ser encarcelada y, mucho peor, enviada a centros de rehabilitación para «corregir» su conducta. Todavía son algunos los que siguen haciendo uso de ellos.

 

En 1994 se crearon en Ecuador las primeras comisarías de la mujer en los principales cantones del territorio y hoy, el Plan Nacional del Buen Vivir adjunta el objetivo número seis que aboga por el respeto de los derechos humanos y especifica la erradicación de la violencia de género como punto clave.

 

 

¿Pero por qué sigue habiendo tantas muertes de mujeres?, ¿realmente funciona el sistema?, ¿el Estado es accesible al cambio?, o, por el contrario, ¿es una cuestión social que trasciende las leyes y por lo tanto no puede ser modificada desde ellas? Todavía no se entiende que, desde el feminismo, no se promueve la supremacía de la mujer, ni de lejos pensamos en un matriarcado, ni es una lucha solo de y para las mujeres, sino que se habla de derechos humanos que deben de ser aplicados por igual para todos. Ha sido en el cambio de siglo cuando desde el Estado se ha reconocido la violencia de género como un delito, y también se ha considerado y afirmado que dicho problema radica en las construcciones sociales de género, así como

 

en la perpetua situación de subordinación que vincula la vida de las mujeres al referido sistema de poder y dominación masculina que prevalece en la sociedad. Pero cuando hablamos de que el género se construye surgen discrepancias en el Estado, como los comentarios hechos el 12 de marzo del 2016 por el expresidente de la República declarándose feminista. Si nos referimos a la defensa de los derechos humanos, sí, pero si hablamos de construcciones del género entonces no. «Yo me considero feminista, a pesar de ciertas feministas…pero no creer que somos iguales, que el género es una construcción social y esa doctrina medio novelera de los últimos tiempos…». En fin…

 

Según Kunh, las revoluciones políticas buscan cambiar las instituciones políticas de una forma prohibida por esas mismas instituciones. Nosotras tratamos de cambiar las instituciones desde fuera y de manera legal, bajo construcciones de movimientos sociales independientes, colaborativos y asamblearios que visibilizan todas aquellas políticas que no se cumplen para evidenciar que el sistema reproductivo-capitalista sigue subordinando el cuerpo y la mente de la mujer al plano de los cuidados.

 

Desde la Edad Media hasta la actualidad la transformación femenina ha causado estragos. Este fue el primer momento, un punto de inflexión y barbarie desde el cual el Estado y la religión persiguieron a la mujer a modo de genocidio de brujas, donde los asesinatos de mujeres se justificaban bajo los pretextos religiosos del cristianismo. Silvia Federici hace una reflexión sobre esta caza de brujas durante aquel momento histórico, argumentando que se trataba de un intento de regular el nuevo sistema capitalista y la sociedad de clases con base en un elemento de poder y un elemento de sumisión que confinó a las mujeres al trabajo reproductivo.

 

Como decía Goldman hay que «vivir la revolución en la vida cotidiana» y no hay que separar lo público de lo privado, categorías equiparables a la producción y reproducción, ya que fomenta buena parte de la subordinación femenina, haciendo una brecha entre lo que se considera la sociedad civil (mujeres), el Estado (hombres), lo personal y lo íntimo. Las relaciones desigualitarias entre el hombre y la mujer en el matrimonio, según la consigna feminista de «lo personal es político», han de dejar de pensarse como materias privadas, para discutirse en lo común como cuestiones sociales.

 

Soy profesora de universidad, soy puta, soy bruja, soy revolución, soy género, soy cuerpo y vivo mi lucha en 24-7, me autorepresento y creo que el propio ejemplo es una buena manera de comenzar a liberar el pensamiento. Finalmente, como monos que somos aprendemos por imitación, y si puedo lograr que mi vecina no vea mal que yo no vista como una mujer, que no haga cosas de mujer y que no hable como mujer pero que me sienta mujer, habré cambiado el mundo, o por lo menos la pequeña parte que me toca.


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