Una cada once minutos

Social & Opinión
Dic, 2018
Artículo por Alejandra Bueno
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En estos momentos una mujer está siendo asesinada; no lo digo yo, lo dice la ONU. Quizás nadie se alarme, pues el concepto suena incluso abstracto. Si al año mueren 64 000 mujeres en el planeta, quiere decir que 175 mujeres mueren al día y 7 cada hora.

Si tan solo nos detuviéramos a pensar que cada once minutos una mujer está siendo asesinada, si tan solo nos pusiéramos en el lugar de una de ellas, quizás pusiéramos más empeño en nuestra lucha por nuestra dignidad como mujeres.

En el 2017, sin contar las ocho mujeres trans, la cifra asciende a 132, es decir, 140 mujeres asesinadas. Este año la cifra no es más alentadora. No es de extrañar que a la marcha del Día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer del 25 de noviembre vayamos siempre las mismas, y tengamos que aguantar comentarios en redes tales como: «los hombres también son agredidos por mujeres y no tenemos un día…».

Perdona que no complazca ni a tu ego, ni a tu verga, pero el día que seas violado por treinta mujeres, te haré un día sólo para ti. Hay cosas que no se pueden comparar y otras que no se pueden negar; que haya mujeres que adoptan el rol de superiores es la realidad, pero estamos hablando de una relación de poderes instaurada desde la Grecia clásica, una relación de subordinación que se ha naturalizado y normalizado desde las figuras masculinas, nada es justificable. Seguimos hablando de machismo, de un hombre a una mujer, de una mujer a un hombre y todas las demás combinaciones.

La Convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (Convención de Belem do Pará) es el primer instrumento jurídico internacional que señala la violencia contra las mujeres como una forma de violencia específica, producto de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres y la de cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado.

Somos herederas de las tradiciones patriarcales más arcaicas, nos educamos en entornos clásicos y clasistas, donde el miedo a lo otro se hace patente, donde lo diferente está mal visto desde nuestros imaginarios colectivos y desde nuestros entornos más cercanos. Somos las hijas de la violencia, somos las hijas de las que callaron por mantener un status quo que parecía «normal», somos las hijas de las que lloraron en silencio.

Pero nosotras, esas hijas, esas herederas sabemos que lo normal pertenece al Estado y no nos sentimos identificadas; reivindicamos nuestro carácter de anormal a través de las prácticas artísticas anormales, a través de nuestras cuerpas, de nuestra sexualidad, de nuestras marchas.

Somos aquellas que tampoco son como el Estado quiere que sean, porque gritan, porque atacan, porque se quejan, porque el arte empodera y emancipa, porque deviene arte a través de la crítica; por eso estaremos luchando desde nuestros márgenes más creativos.

Me gustaría que quien esté leyendo este artículo mire la imagen (abajo) y piense qué representa. Puede que sea tan abstracto como decir que cada 11 minutos es asesinada una mujer en el mundo. Pero mírala bien. ¿No te suena? A mí tampoco me sonaba, porque no me han enseñado lo que es mi cuerpo.

Esa representación, amigas y amigos míos, es el CLITORIS. Todos sabemos dibujar cada parte del aparato reproductor y erótico del hombre, pero no sabemos ni siquiera identificar el de la mujer, igual que no sabemos detectar un infarto de mujer que, ojo, no es lo mismo que el de un hombre.

Toda la sociedad ha girado hacia un antropocentrismo masculino; desde el conocimiento hasta el placer, nuestra sexualidad siempre ha sido tabú, pues estaba subordinada al placer del hombre. Eso era lo importante, de ahí que no sepamos cuál es la forma de nuestro clítoris.

Partimos del hecho de que hablar de identidades, de géneros, de diversidades es aún un problema o un tabú en muchas sociedades debido a que el desconocimiento sobre el tema implica que la sexualidad sea prohibida y determinada en algunas formas.

En Alemania la educación sexual ya es un hecho, es obligatoria en las escuelas, les enseñan desde la mítica pregunta: ¿de dónde vienen los niños?, hasta salud sexual y sus prácticas. Pero Ecuador es Ecuador y está a años luz de conseguirlo, no obstante, no tenemos de qué quejarnos: grandes lideresas han contribuido al desarrollo de la mujer en el ámbito público y privado como Dolores Cacuango[1] y Tránsito Amaguaña[2], quienes junto a Nela Martinez Espinosa[3], Matilde Hidalgo Navarro[4] y Zoila Ugarte de Landívar[5] conforman el elenco de artistas, escritoras, activistas y pioneras  que marcaron diferentes hitos en el territorio ecuatoriano.

El voto femenino no se consiguió en el congreso, se consiguió porque miles de mujeres salieron a la calle para exigirlo, la violencia de género no se va a terminar con este artículo, se terminará cuando todas salgamos a las calles y cuando finalmente comprendamos que la educación es el pilar fundamental para la transformación de esta sociedad, que educar seres autónomos y críticos es más importante que saber hacer una integral.

Difícilmente lo conseguiremos si seguimos legitimando discursos como el de Maluma en la gala de los premios Grammy por canciones que naturalizan una cosificación de la mujer, su subordinación y su denigración. Entonces podemos decir: todas somos Natalia Lafourcade, quien más allá de estar indignada con Maluma, lo está con una sociedad hipócrita, ilusa y ciega, incapaz de ver qué supone que nuestras hijas crezcan escuchando «chingan cuando yo les diga» como algo normal. Esa es la educación sexual que sí permitimos en las escuelas. Pero, ¿es la educación que queremos?

Debemos, como mujeres, asumir el cambio, primero en nosotras mismas y después en nuestro alrededor. Acciones como adoptar el género femenino en los discursos lingüísticos forma parte de esta reinvención de mujer, una reivindicación de nuestra identidad y una crítica a los años de oscuridad.

La deconstrucción del lenguaje va intrínsecamente ligada con la deconstrucción de los estereotipos, de lo impuesto. Las relaciones de poder a las que hemos estado sometidas han generado el empoderamiento de la mujer desde muchos ámbitos.

Nosotras, más que nadie, sabemos lo que es sufrir, lo que es ser el «sexo débil»; no creemos en esas categorías, creemos en personas, en identidades múltiples, híbridas, amorfas, extrañas, monstruosas y no deseamos que nadie sea el objeto marginal, ni el débil, porque este mundo está habitado por cuerpas diversas, todas poderosas y todas bellas.

Según Marcela Lagarde, el género es una categoría relacional que busca explicar la construcción de un tipo de diferencia entre los seres humanos; que el varón y la hembra de la especie difieren es un hecho, pero es un hecho también, que el género está construido socialmente.

No dejaremos de reivindicar que nuestra venganza es ser felices y perdonamos, pero no olvidamos. No olvidamos a todas las Julias, a las Marías, a las Antonias, a las Pacas, a las Anas, a las Lorenas, a las Jennys, madres, hijas, hermanas, amigas, todas.

 

[1] Pionera en la lucha por los derechos de los indígenas y campesinos en Ecuador.

[2] Referente del feminismo en Ecuador a mediados del s. XX.

[3] Durante dos días estuvo a cargo del Ministerio del Gobierno, Fue la única mujer militante del Partido Comunista Ecuatoriano en Ambato, Ecuador.

[4]Primera mujer en ejercer el voto y primera en doctorarse en medicina (1889-1974).

[5]Primera mujer en ejercer el periodismo en Ecuador en 1880.

 

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Fuente: Ilustración1 fotograma de la obra de videoarte Empty Klit, de Sandra Lozano y Pilar Talavera.


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