Un antropólogo en el mundial

Social & Opinión
Ago, 2018
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Fuente: Globalsports

Juego vs. realidad. ¿Usted qué prefiere?

Alberto del Campo Tejedor[1]

España perdió contra Rusia en los penaltis. También Colombia y Dinamarca se fueron a casa en la fatídica ronda desde los once metros. Como paradójico recordatorio de que el fútbol es, ante todo, un juego. El «mundial del Var» es también el mundial con más penaltis de la historia. Años de preparación y esfuerzo que mantienen esperanzado a todo un país se deciden en un segundo entre dos hombres y un balón. La ronda de penaltis —calificada por los periodistas de «lotería», de «ruleta» y con otros nombres que ponen de relieve su connotación azarosa— es también la sublimación de otro principio clave del fútbol: cualquiera puede ganar.

Si se enfrentan, en cualquier torneo de tenis, el número cuatro contra el cuarenta y nueve de la ATP, las posibilidades del segundo de subvertir la jerarquía son mínimas. Los aficionados lo saben: Nadal pierde contra Federer, contra Del Potro, pero no contra Nicolás Kicker, el número 100 del mundo. El baloncesto, el balonmano, el waterpolo, el béisbol… todos son enormemente previsibles en sus resultados en comparación con un partido de fútbol.

En este no siempre gana el mejor, el más poderoso, el que pone en la cancha a los futbolistas más profesionales y preparados, el que más victorias o experiencia acumula, ni siquiera el que domina durante los noventa minutos. España, que partía en el puesto seis en el ranking FIFA, no pudo con Rusia, que con el número sesenta y cinco era la peor clasificada de todas las selecciones que participaron en el Mundial.

En la era de la tecnología y las estadísticas, sabemos que España tuvo casi el 80% de la posesión del balón, pero no le sirvió de nada. Ni siquiera el VAR pudo «ver» un doble penalti a Piqué y a Ramos cuando quedaban cinco minutos para el final de la prórroga. La implantación del VAR es un desesperado intento por controlar aquello que es precisamente la salsa del fútbol.

La subjetiva interpretación de un lance de juego está acorde con la importancia que tiene, en el fútbol, la suerte o cualquiera de las cien circunstancias que pueden confabularse para que un equipo muerda el polvo: una absurda mano en el área, la extraña atracción que los postes tienen algunos días por el balón o la capacidad de una hinchada para generar una atmósfera asfixiante que empequeñezca a los teóricamente superiores y haga creer, a los que parten como inferiores, que son titanes inexpugnables.

Se ha dicho que el fútbol es el único lenguaje que ha logrado colonizar todo el globo al mismo tiempo que se irradiaba un determinado sistema económico, unas tecnologías de comunicación, incluso una cierta ideología de la que este juego es buena muestra: singular mezcolanza de espíritu de sacrificio y de creatividad, de culto al individuo genial y sometimiento al trabajo en equipo, de profesionalidad, constancia y dedicación, pero también de improvisación y de don artístico con el que algunos futbolistas parecen agraciados.

Esa mezcla imposible es, en mi opinión, la responsable de que el fútbol se haya adaptado virtualmente a todos los lugares y haya permitido resemantizaciones ajustadas a la idiosincrasia de cada contexto, para vincularse, allí, al poder económico; allá, a la religión; en otro lugar, a la política… sin asfixiar el elemento central de todo juego: permitir la sorpresa, lo impensable, incluso lo inimaginable.

Vemos Pretty Woman porque nos alienta a creer que el amor entre una prostituta y un dandy multimillonario es posible a pesar de que los sociólogos nos digan que, en casi todo el mundo, la elección de pareja y el matrimonio están esencialmente constreñidos por variables étnicas, de riqueza y status: los chicos de clase media se acaban enamorando de chicas de clase media, los blancos urbanos de Cuenca no se casan con indígenas cañaris.

En la política prosperan aquellos que son capaces de articular el hábil liderazgo con las alianzas entre los diferentes clanes de poder que existen en cada lugar. Hay un orden estructural que se experimenta como evidencia, unas reglas de juego que condicionan enormemente quién tiene posibilidades de salir vencedor. La escuela, como demostró hace años el sociólogo y antropólogo Pierre Bourdieu, recompensa con mejores  calificaciones a los que parten con un mayor capital cultural por la educación y estímulo que reciben en casa: no solo libros y computadoras, también atesoran una determinada manera de hablar, de escribir y de pensar.

En el trabajo, a pesar del sueño americano y las posibilidades de ascenso social, la mayor parte de la gente solo sube o baja dentro de su propia clase social. Como demostró el antropólogo Paul Willis en su etnografía Aprendiendo a trabajar, los chicos de clase obrera suelen recaer en trabajos de clase obrera, incluso si crean hacer lo indecible para no repetir el destino de sus padres. Naturalmente, la mayor permeabilidad social, con posibilidades como las que brinda la universidad, permite que los hijos de familias humildes lleguen a profesiones liberales; sin embargo, no hay grandes saltos. En los municipios, en los países, y más aun a escala mundial, las élites gobernantes o los grandes empresarios juegan en un campeonato diferente al del común de los mortales.

El fútbol subvierte en gran medida esa norma y da, a veces, la posibilidad de experimentar apasionadamente una utopía. El poder, el dinero, el esfuerzo, la destreza… todo ello es relevante, claro, pero no borra las posibilidades de lo que un análisis racional interpretaría como milagro. Como todo aficionado sabe, un equipo de segunda división B puede apear de la Copa del Rey al mismísimo Real Madrid, tricampeón consecutivo de la Champions League. Si el guion estuviera escrito de antemano, los hinchas del equipo inferior no acudirían al estadio; lo normal es perder, pero puede suceder lo imposible.

España mareó a los rusos con 1114 pases, exactamente 824 más que los que fueron capaces de culminar sus rivales. Estos regalaron un gol en puerta propia, cuando el veterano defensa ruso cometió un error que ya suele corregirse en la categoría de alevines: al dar la espalda al balón, intentó bloquear a Ramos y así se convirtió en el perfecto e involuntario rematador.

España no quiso ser menos y en un córner Piqué alzó su brazo incomprensiblemente para que, penalti mediante, los rusos consiguieran empatar la contienda. Ciento veinte minutos después del pitido inicial, dos lances insospechados e imprevisibles, uno por cada equipo, llevaron el encuentro a los penaltis, lo más cercano a echar una moneda al aire.

No, no todo es posible en el amor, ni en el trabajo, pero en el fútbol, los dos mejores jugadores del mundo hicieron las maletas antes de lo previsto con sus respectivas selecciones: Argentina, cuarta en la clasificación FIFA y Portugal, tercera. Alemania —anterior campeona del mundo y número uno en la clasificación FIFA— no pasó de la primera ronda.

No todo es posible en la política, ni en la guerra, pero Messi soñó por enésima vez que marcaría un tanto como el que permitió que Maradona, con la inestimable ayuda de la «mano de Dios» y una galopada extraterrestre, diera la posibilidad a todo un país para hacer un corte de manga a los que habían invadido las Malvinas. Entonces, el periodista Víctor Hugo Morales enloqueció en lo que es ya un testimonio legendario de lo que el fútbol es capaz de provocar: «¡Quiero llorar! ¡Dios santo!¡Viva el fútbol! Barrilete cósmico… ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino tanto inglés?». Ninguna genialidad decidió el España-Rusia.

El fútbol fue mediocre y el preciosista toque español se estrelló contra un muro de fútbol neolítico. Pero, como siempre, hubo por igual éxtasis y llanto. Porque lo que parecía imposible en la vida real, sucedió en una cancha. Pues eso. ¡Que viva el fútbol!, a pesar de todo.

 

[1] Profesor Titular de Antropología Social. Universidad Pablo de Olavide (Sevilla) y Universidad de Cuenca, Ecuador.

 

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Fuente: mkbet


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