¿Qué centro histórico queremos?

Social & Opinión
Nov, 2015
Artículo por Joan Arjona
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Fuente: www.ovpm.org/es/ecuador/cuenca

Las ciudades son lugares complejos y fascinantes que se pueden leer desde muchos puntos de vista. Encontramos, dentro de ellos, numerosas estructuras económicas, físicas y sociales que se sobreponen unas a otras. En estos sistemas también suceden miles, millones de interacciones cotidianas que reproducen esquemas del pasado y, al mismo tiempo, ponen en marcha procesos sociales de cambio. Asimismo, dentro de las ciudades, existen espacios muy diferentes: centrales unos, subalternos otros, diversos u homogeneizados, llenos de vida o los que son arrebatados a la ciudadanía por distintos agentes colonizadores.

Entre los diferentes espacios que componen cualquier ciudad, y en particular la ciudad de Cuenca, el casco antiguo es uno de los más interesantes por su complejidad, potencialidades y problemáticas. El centro alberga gran parte del patrimonio histórico y monumental de los cuencanos, con las fuertes implicaciones económicas que esto comporta, pero también otros bienes de tipo identitario y afectivo.

La antigua cuadrícula colonial es la sede de la mayoría de instituciones públicas y privadas que conviven con una intensa actividad comercial; una inmensa diversidad de usos del espacio construido y una intrincadísima división de la propiedad inmobiliaria. Pero, estos barrios, tan llenos de vida, han sido también escenario de importantes polémicas en los últimos tiempos: así por ejemplo, las obras del tranvía, que van tomando tintes de tragedia griega o las protestas vecinales contra el ocio nocturno y sus diversos impactos en la vía pública. Esta compleja realidad necesita de una reflexión sosegada, que vaya mucho más allá de las acaloradas discusiones que se pueden escuchar en los mercados o las paradas de autobús. Los problemas complejos nunca tienen soluciones sencillas y es importante abrir el debate sobre qué centro histórico queremos.

Frente a cierto urbanismo “de mercado”, que busca sacar las instituciones, servicios y equipamientos culturales o de ocio hacia las zonas periféricas, es decir, hacia territorios residenciales de clase alta y media-alta, Cuenca los sigue reteniendo en su casco urbano. Esta primera consideración es importante, ya que, a diferencia de estos perímetros segregados, el parque Calderón o la Calle Larga pertenecen a toda la ciudadanía. Preservar su centralidad es, a fin de cuentas, impulsar una ciudad más democrática e inclusiva. Pero esta multifuncionalidad tiene también problemas asociados, uno de los principales es sin duda el de la movilidad y el impacto brutal que el tráfico rodado inflige a la calidad del ambiente.

Es fundamental para los cuencanos que, siguiendo el ejemplo de otras ciudades, recuperemos la calle para todos. ¡Es nuestra y nos la fueron robando sin que nos diésemos cuenta! Esta reconquista del espacio público repercutiría en el bienestar general, en nuestra salud y calidad de vida. Pero, sobre todo supondría un ejercicio de redistribución de la riqueza que garantizaría un entorno de calidad para aquellos que nunca se lo podrán permitir y que también son nuestras vecinas y vecinos.

Sin embargo, la experiencia demuestra que esto no es una transición sencilla y que la mejora de la accesibilidad en transporte colectivo, tendrá que ir acompañada, necesariamente, de importantes restricciones al uso del automóvil privado. Pues, de nada nos vale la inversión millonaria del tranvía si no viene acompañada de una buena planificación de la movilidad. Todo esto significa un análisis detallado de los flujos, de sus impactos sociales y de las zonas de mayor afluencia de personas. Igualmente, es urgente la modernización del transporte público, con la incorporación de unidades eléctricas en las zonas más sensibles y una distribución de los costos que concilie los intereses de las cooperativas con los de la población más vulnerable.

Mientras tanto, otro tema polémico es el de los locales nocturnos que, como cualquier otro sector económico, debe estar sujeto a regulaciones. Pero, esta necesaria reglamentación no debe servir de pretexto para estrangular una de las vocaciones principales del centro de cualquier ciudad; que también es una de las demandas de muchos autóctonos y visitantes: una buena oferta cultural y de ocio. En este aspecto, me gustaría poner el acento en algo que suele pasar desapercibido para los detractores de la vida nocturna, o en lo que no suelen acertar en sus diagnósticos: la criminalidad y la violencia. Debemos cambiar esta concepción desfasada que muchos tienen de la seguridad, vinculada a las restricciones y a la acción exclusiva de las fuerzas policiales. Este, como todos, es un asunto con muchos condicionantes, que no se puede reducir a tópicos absurdos sobre los jóvenes, la droga o la evidente carga demoniaca de algunos estilos musicales o de vida. Muchos estudios demuestran que un espacio público dinámico y de calidad es el mejor antídoto contra la violencia, y que no existe mejor vigilancia que la que ejercemos entre todos cuando usamos nuestras calles, cuando las hacemos nuestras. La violencia mata a la ciudad, la despoja de su ágora, y pone en marcha procesos de segregación y desconfianza entre los sectores que la componen. Muchas urbes latinoamericanas son tristes ejemplos de esto.

Esta vieja Cuenca, referente y espacio compartido de todos los que vivimos y queremos la ciudad, necesita un plan. Habrá que integrar todas las variables, saber leer los espacios y proponer metas colectivas. Pero, ya acabaron los tiempos de las soluciones de despacho, de las políticas hechas desde arriba sin escuchar ni preguntar. Llegó el momento de entender la participación no como un problema, sino como una oportunidad de llegar a consensos, recolectar datos y compartir ideas. Tenemos una conversación pendiente, la ciudad bien lo merece, hablemos.

“Esta vieja Cuenca, referente y espacio compartido de todos los que vivimos y queremos la ciudad, necesita un plan.”


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