La verdad de ser culto

Social & Opinión
Feb, 2017
Artículo por Rubén Camacho Zumaquero
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Fuente: Debra Bernier - culturainquieta.com

A Jorge Valdano, el jugador argentino de fútbol y luego entrenador, le decían pedante porque cuando hablaba de fútbol pocos periodistas le comprendían. Valdano se expresaba con lentitud y profundidad, y utilizaba un léxico quizá no propio del mundo deportivo, pero sí de la cultura común. A mí también me dijeron pedante cuando era un adolescente por haber utilizado alguna palabra como ‘rutinario’. Oye, que está en el diccionario, que es de uso común. Pero así es la cultura moderna que trata de opacar, limitar, obstaculizar e incluso destruir, a cualquier persona que, de forma inocente, manifieste nuestras incapacidades (porque queremos, no porque no tengamos talento).

 

La cultura no solo comprende libros, películas, obras o espectáculos. La cultura es la forma en la que nos comportamos y nos relacionamos con el mundo. Mirar a los ojos o desviar la mirada es una muestra de diferencia cultural (y juzgar el valor positivo o negativo de esta diferencia es una señal de falta de cultura universal). El abrazo, los dos besos o el beso único, los besos entre hombres, la importancia de las reuniones sociales o familiares y la ventaja fisiológica de la persiana (ahora habla un español nostálgico en Ecuador que el domingo no puede dormir hasta tarde) son símbolos de cultura. ¿Existe entonces un modo de valorar una cultura superior, no a otras, sino a todas, un modo de ser culto que esté por encima de todas las diferencias?

 

Solo existe una: la cultura que representa el respeto incondicional y la aceptación al otro, a la diferencia, a la vez que la voluntad por dejar ser a tu prójimo y disfrutar de su crecimiento. Ser culto, ser esencialmente culto, ser verdaderamente culto, sería más una cuestión de actitud y comportamiento que de hábitos o costumbres. Ser auténticamente culto sería un rasgo en común de personas ecuatorianas, españolas, argentinas, noruegas o de guinea ecuatorial, con o sin tatuajes, que beban, fumen o sean abstemios, que griten o hablen a susurros. La persona verdaderamente culta fumaría, pero tiraría el cigarrillo a la basura y no al piso, bebería o no, pero nunca escupiría en el suelo.

 

Las personas verdaderamente cultas, sin que importe su nacionalidad, edad o etnia (sí sus experiencias, sin duda el valor más importante de los seres humanos) tendrían ciertos rasgos en común: el respeto profundo al otro (a sus circunstancias, pensamientos, actitudes o ideas, también a su intimidad), la aceptación incondicional al otro (sin minusvalorarle, bloquearle o cuestionarle, salvo que su actitud sea verdaderamente perjudicial), pagar sus deudas (como muestra de respeto, independencia y crecimiento. Está bien que te inviten, salvo que tengas recursos para ello y quieras que te inviten siempre), ser puntual (como señal de que te importa el otro y valoras el tiempo, que es nuestro recurso más preciado junto con el agua, el sol, el alimento, la vegetación o la música blues), ser autosuficiente, independiente y capaz (salvo que estés en proceso de conseguirlo). Ser verdaderamente culto, en definitiva, no se trata de ser intelectual, albergar conocimiento o aparentar ser educado o distinguido, sino en respetar nuestra vida en común, tendernos la mano, ofrecer comida, pagarla si la has pedido y está bien servida, y darnos un buen abrazo de vez en cuando. Parecen rasgos muy comunes. Pocos los cumplimos.

 

Existe un síndrome en las empresas o instituciones, que realmente puede aparecer en cualquier parcela de nuestra vida, llamado “síndrome de Procusto”. Te parecerá un nombre muy raro, pero cuando te lo describa vas a entenderlo perfectamente. El síndrome de Procusto es definido como un síndrome que sufre “aquel que corta la cabeza o los pies de quien sobresale”. Imagino que ya lo entiendes un poco mejor. Este síndrome, ya de forma más profunda, consiste en una tendencia profesional a limitar, bloquear o tratar de opacar a una persona que hace bien su trabajo y que muestra que el nuestro no es tan bueno o que nuestra actitud profesional no es tan positiva o eficiente. Es un síndrome propio de ciertas empresas o instituciones, pero en especial lo es de jefes o mandos intermedios. Cuando una persona demuestra ser buen profesional, independiente, proactivo, ofrece mejores resultados y en menos tiempo, y además lo consigue con un menor nivel de estrés; en lugar de ser apreciado como un gran activo y profesional, es considerado un auténtico peligro, ya que destaca nuestras falencias. La solución es sencilla: cortarle la cabeza. Le limitamos, le opacamos, le bloqueamos, le criticamos, tratamos de que no haga su trabajo, que desaparezca paulatinamente de nuestras vidas. Procusto era un posadero de la mitología griega que tenía una extraña costumbre: hospedaba a los viajeros en una única cama. Si el viajero era más alto que la cama y su cabeza o pies sobresalían, el posadero les cortaba los pies o la cabeza. El síndrome de Procusto consiste en limitar a la persona que, precisamente por sus cualidades, muestra que nosotros no queremos avanzar, crecer, desarrollarnos y dar lo mejor de nosotros mismos.

 

Estoy seguro de que ahora mismo estás pensando en todos los Procustos con los que te has encontrado, o en que quizá, alguna vez, tú fuiste todo un Procusto. No te preocupes, no voy a juzgarte. Es necesario que todos comprendamos que el ser verdaderamente culto consiste, ante todo, en comprender y respetar. En un mundo y sociedad tan inestable y selvática como la actual, tratamos de defender lo que consideramos que es nuestro: nuestro estatus, puesto de trabajo, nuestras oportunidades. Por esa razón, ciertas personas resultan amenazadoras. El gran conflicto, es que no nos damos cuenta que en realidad son nuestros propios pies y cabeza, nuestro propio crecimiento, el que estamos cortando.

 

El síndrome de Procusto no solo ocurre en empresas o instituciones, aunque sea en esos lugares donde más lo detectamos. Ocurre en la sociedad, en las familias, en los colegios, incluso en las parejas. Tratamos de opacar a quien nos muestra una de nuestras falencias a través de sus propias virtudes y ejemplo. Esta, y no otra, es la mayor de nuestras limitaciones. El liderazgo, esa cualidad humana hoy día tan necesaria, no consiste en guiar, dirigir u ordenar, sino en ejercer una influencia positiva sobre los demás. Eso es liderazgo: la capacidad para influir positivamente en los demás, a través de nuestro propio ejemplo, con nuestras acciones, nuestra escucha y, sobre todo, con nuestro respeto y libertad, para conseguir que todos y todas crezcamos de forma ininterrumpida. Un líder crea a otros líderes, y un auténtico líder es una persona verdaderamente culta. Es una persona que disfruta del talento de sus hijos y les deja ser. Es una persona que admira el talento de sus parejas y les acompaña en su crecimiento. Es una persona que agradece el talento que brindamos y apoya que demos lo mejor de nosotros mismos.

 

A fin de cuentas, hables como hables, pienses como pienses, te despiertes más o menos temprano o te ofendan unas u otras cosas, el ser verdaderamente culto se resume en el respeto profundo a la identidad, pensamiento, circunstancias y también al talento de los otros. En dejar que las cabezas o pies sobresalgan si así tiene que ser. Así aprendemos de todos; así crecemos más rápido; así nos acompañamos… Y ser culto, verdaderamente culto, ante todo es sonreír: ante el niño que aprende a pesar de las caídas, el profesional que crece, el compañero que nos muestra una vía más inteligente y que nos ayuda a aprender más, el país que se desarrolla o el artista que te emociona, de escenario o callejero, de guitarra o tambor, nacional o extranjero.


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