La Segunda Parte

Social & Opinión
Dic, 2017
Artículo por Rubén Camacho
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black mirror
Fuente: goo.gl/nAvwab

Uno de los capítulos más populares de Black Mirror –serie británica de capítulos independientes, obras maestras de guion y narrativa–, del cual no mencionaré su título, muestra la tortura repetitiva que sufre una persona por un crimen que cometió y que no recuerda. Esta es una constante en nuestra mente: «me gustaría castigar a esa persona una y mil veces por lo que hizo».

Pero antes, no podíamos. Solo existía una vez, y luego, podía llegar una segunda parte para esa persona. Existía una redención, un olvido, una posibilidad de comenzar de nuevo, incluso para viajar y escapar de todo. Hoy, existe una repetición sin pausa hasta el infinito, porque la tecnología nos permite congelar los hechos y juzgarlos una y otra vez como si cada persona frente a una pantalla dirigiera el juicio final.

Dicen que las segundas partes son malas pero somos nosotros quienes la hacemos malas, quizás horribles. Hace 12 años, tres chicos seducidos por el odio se burlaron de una indigente que dormía en un cajero automático, la golpearon y finalmente la rociaron con fuego hasta matarla. Cuando conocimos el suceso, pensamos que la maldad existía y que el horror estaba a la vuelta de la esquina.

Eran chicos jóvenes, confundidos, equivocados, contagiados por la maldad. Su crimen, olvidar su humanidad y considerar que otro puede receptor de su odio. Han pasado 12 años y uno de esos chicos, ya en libertad –era menor de edad cuando todo ocurrió–, no puede comprender cómo había tanto odio en él, trata de reinsertarse, hablar con la familia de su víctima, de perdonarse, de vivir de nuevo y de trazar otro camino.

Habitualmente le lanzan piedras por la calle. No tiene segunda parte, porque no se la queremos dar. El joven de casi treinta años será por siempre a ojos de las hordas el descerebrado que fue de adolescente.

Hace algunos años, un tipo en un momento de confusión tomó su computador, entró en twitter y escribió un chiste sobre Irene Villa, una víctima de la banda terrorista ETA que perdió sus piernas en un atentado. Es un chiste que había oído en otros momentos de mi vida. Me lo contaron cuando tenía 15 años, creo. Un chiste torpe, que puede herir sensibilidades.

Años después, el mismo tipo terminó por ser un concejal de cultura del ayuntamiento de Madrid. Ya no hacía esos chistes, aportaba, trabajaba, proponía. Era otra persona. Ya no era tan joven. Ya no era capaz de contar un chiste así. Fue juzgado, condenado y tuvo que dejar su trabajo. Hablo de Guillermo Zapata. La propia Irene Villa afirmó que la condena le parecía desproporcionada, que no le importaban esos chistes y prestó todo su apoyo al exconcejal. Ella perdona, porque ha aprendido a hacerlo.

Nuestra sociedad vive sumida en el miedo y la venganza porque no sabe perdonar lo que nos parece imperdonable. Ahora existe un contexto diferente: todo queda registrado en un medio digital, en una página de internet, en un blog o en una red social. Buscamos ese chiste tonto que hicimos hace 5 años, lo juzgamos y queremos destruir a una persona que ya no es la misma, que ha cambiado, que no sería capaz de hacer lo que hizo. Queremos destruirla en mil pedazos y que no quede nada de ella.

En España siempre han existido chistes sobre Carrero Blanco, el político asesinado por ETA, que quedaban en la nada, en el aire, en una fiesta donde se había bebido demasiado alcohol o un café donde alguien se atrevía con el chiste negro. Este es también el caso de Cassandra, una persona que trataba de ser profesora: su chiste sobre Carrero Blanco le hizo pasar por el juzgado y hoy día su vida está arruinada.

Hoy nada se escapa, todo está recogido. ¿Qué hiciste? ¿Qué dijiste? ¿Cuál fue tu pecado?

Personas que he conocido en Cuenca me contaron que su mejor amistad les negó el saludo y aún se preguntan por qué, o fueron despedidas de sus trabajos, fueron opacados o atacados con el arte de ignorar o del rumor.

Antes de tomar mi primer avión para Latinoamérica, mi ciudad recibió una noticia horrible. La directora de una protectora de animales que contaba con aprobación y apoyo público del Municipio había asesinado a miles de perros y gatos, muchos de ellos cachorros o en estado de gestación con dosis mínimas de veneno, lo cual les provocó una agonía lenta y dolorosa; todo para recibir más ingresos públicos.

Enterraba a los animales sin permiso o los dejaba durante meses en un congelador. Hoy ha sido condenada a 4 años de cárcel. Existe la posibilidad de fomentar la conciencia sobre cuidado de los animales que sienten y piensan (en un sentido emocional y cognitivo) como un niño de 3 años; sin embargo, ante la condena, las reacciones son de odio. Quieren más años, quieren su sufrimiento, quieren su muerte. Exactamente lo que ella hizo.

Vivimos en el mundo del ojo por ojo y el diente por diente más despiadado y en el que todo queda registrado. La famosa y genial Black Mirror, sobre la relación entre la tecnología y nuestros mayores demonios proyecta un mundo alternativo donde ocurre con una mayor potencia lo que nos está ocurriendo: estamos tan envenenados por la venganza, el odio, el miedo y la violencia. Ese es nuestro reflejo.

Ellos lo hicieron de forma injusta y despiadada. Nosotros también parecemos querer hacerlo de forma en menor medida a través del linchamiento en redes sociales.

Sin embargo, las segundas partes pueden ser buenas.

Depende de nosotros el tener esperanza y hacerlo realidad.


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