La Independencia Empática

Social & Opinión
Ene, 2017
Artículo por Rubén Camacho Zumaquero
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Imagenes: shutterstock

Nuestra forma de vivir, de sentir y de relacionarnos es también un resultado de nuestras estructuras sociales, de cómo nuestra cultura y sistema de vida nos dice qué es correcto, qué es posible o no, qué podemos juzgar como apropiado o cuáles son nuestros límites. Somos seres sociales y estamos inmersos en sus normas, sus reglas invisibles… normas y reglas que cambian constantemente si nos lo proponemos.

 

Siempre he pensado que el arte y la cultura tienen ese preciso objetivo: no se trata de entretener, de mostrar la vanidad del artista, el músico o el escritor, sino de reflejar mediante ese arte y cultura la influencia de nuestras estructuras sociales, y también para cuestionarlas, incluso denunciarlas, y finalmente cambiarlas.

 

Los ingleses toman el té a las 5 y eso les hace puntuales, y la puntualidad como valor te hace proactivo y eficiente, a la vez que, quizá, rígido y conservador. Los valores occidentales como la privacidad y el derecho al desarrollo personal y profesional llevan a la independencia, al respeto a la vida del otro y a sus circunstancias, y también al culto al egoísmo. Los valores colectivos, que asociamos más a Asia y Latinoamérica, cohesionan más a las personas a la vez que rompen los límites del mundo interno. Qué lío, ¿verdad? En el arte, en el desarrollo, en la forma de vida, en nuestro propio bienestar y forma de vida, se ven reflejados todo ese cúmulo de valores en el que nos basamos para poder saber cómo vivir.

 

Hace pocas semanas recibíamos una noticia en forma de investigación: Ecuador era el país más empático del planeta. Me pregunté entonces cómo podemos saber si un país u otro es más empático, teniendo en cuenta lo muy abstracto de la empatía y sobre todo de la forma para medirla. La empatía es la capacidad para ponerte en los zapatos de otra persona, sentir incluso lo que esa persona está sintiendo, comprenderla profundamente, con el objetivo de aprender de nosotros mismos, ayudarnos, cooperar, sin que eso implique que nos veamos arrastrados por esa forma de sentir. A través de la empatía, podemos tender la mano a quien llora, pero si lloramos con esa persona contagiados por su estado no hay salida a una situación necesaria como la tristeza, pero tormentosa a largo plazo si no sabemos salir de ella.

 

Pensé entonces que la única forma para medir la empatía es mediante el lenguaje. Y sí, es cierto, países como Ecuador son mucho más empáticos en un sentido verbal. Así ocurre con los países de valores más colectivos. En la forma de hablar, se tiende la mano, se promete ayuda y cooperación, se refleja comprensión y nos aseguramos que estaremos ahí para todo lo que sea necesario. Pero quizá ése sea el problema: que estamos ahí de forma obligada y ficticia, no real.

 

La investigación, quizá, se basó únicamente en las palabras porque es lo único que podemos usar para entender la empatía. Pero se olvidó de algo muy importante: un lenguaje que refleje empatía no es necesariamente coherente con una actitud y conducta empática, sino un reflejo de una forma de relacionarnos: la codependencia. La codependencia es el sistema natural de relación en muchos países latinoamericanos. Es un sistema por el cual todo lo que puedes hacer depende de la respuesta del otro, en un complejo entramado colectivo cuyas redes no puedes romper. Se actúa de forma codependiente en las familias, en las parejas, en la sociedad, en la oficina y tratando de impulsar el desarrollo. Se es tan codependiente que la puntualidad no importa, ya que la otra persona depende de ti y no pasará nada por llegar tarde y hacerle perder el tiempo. Se es tan codependiente que no ocurre nada si fallas en tus objetivos y otras personas se ven perjudicadas, ya que estas personas, a su vez, dependen de ti y van a necesitarte en el futuro.

 

La codependencia es un fruto de la cultura que lleva su colectivismo al máximo. Lo vemos y sentimos cada día cuando una persona se agarra a su puesto de trabajo en una lucha diaria por el estatus quo para conservar su estética social. Lo vemos cada día cuando la prioridad es la imagen y se apoya una cultura a la mediocridad, con robo de proyectos e ideas. Lo vemos cada día cuando nos negamos a reconocer nuestros errores y necesidad de mejora, a causa de esa codependencia que nos dejaría al descubierto, y olvidamos así la humildad, la actitud humana que nos lleva tanto al bienestar como al progreso y al avance.

 

En el lado opuesto tenemos a la inter-dependencia. La inter-dependencia es básica para el ser humano. Surge a los 12 años, precisamente junto con el desarrollo de la empatía. Si la empatía nos ayuda a saber qué siente y necesita el otro, la inter-dependencia nos dice que necesitamos al otro, pero no dependemos de él. Es así como fluye una adolescencia libre en la cual construimos nuestra propia identidad, aprendemos a desenvolvernos en el mundo y creamos nuestra propia visión de la vida. Una libertad que la codependencia trata de frenar.

 

Un sistema codependiente nos transforma en seres que se comunican de forma aparentemente empática, pero que compiten entre ellos mismos de forma salvaje para asegurar lo que es suyo, en una clara muestra de que han entendido que todos dependen de todos, y tratan así de conservar su lugar en el cual todos dependan de él: tus hijos si eres padre o madre, tu pareja si eres hombre o mujer, tus compañeros y compañeras si gobiernas un sillón de poder. La codependencia se instala tan profundamente en nuestras mentes que nos hace pensar que lo que nos ocurre es responsabilidad de los demás en lugar de nosotros mismos, como en una cárcel de barrotes interminables cuya salida no parece visible. La inter-dependencia, por el contrario, favorece la cooperación, el avance, el desarrollo, y a la vez, la independencia de las personas.

 

Quizá por eso es importante que no pensemos en lo muy empáticos que somos, sino en desarrollar una forma de independencia empática que nos lleve a entendernos, a cooperar, y a la vez, a respetar nuestra liberación personal. A saber que estamos ahí para lo que sea necesario, y que a la vez podamos hacerlo por nosotros mismos. Saber que somos importantes, pero que nada nos ata a nadie, nadie nos ata a nada.

 

La independencia empática es la forma en la que podemos unir dos conceptos e ideas habitualmente consideradas antagónicas: la libertad y la dignidad, el crecimiento y el bienestar, el riesgo y la protección. Mediante la independencia empática, podemos respetar al otro y a la vez dejarle crecer, darle apoyo y a la vez permitir que tome sus propias decisiones e incluso que nos supere si ha desarrollado más su talento. Son rasgos de una sociedad humana, culta, empoderada y en auténtico desarrollo.

 

Nos han enseñado que el mundo solo tiene dos caminos: o ser un lobo solitario y competitivo, idea creada por la cultura neoliberal y de individualismo extremo, o ser una persona dependiente, que necesita de un sistema, una mano constante para caminar y un pulmón para poder respirar. Pero existe un camino intermedio. Se trata de entender que no nos va a dañar la libertad de otra persona. Se trata de darnos cuenta de que lo que nos ocurre solo depende de nosotros. Se trata de, ante todo, comprender algo tan sencillo como que la empatía está más en la puntualidad y en no juzgar al vecino que en dar los buenos días de forma elegante y preocupada.


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