La educación en y para la diversidad

Social & Opinión
Ago, 2017
Artículo por Sebastián Endara
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Nadie es igual al otro. La identidad o aquello que hace que seamos nosotros y nadie más que nosotros está determinada en gran medida por el carácter de originalidad que es inherente a nuestra existencia. Somos únicos y esa particularidad es nuestra mayor riqueza como seres humanos y como seres sociales. Nuestra originalidad personal es la posibilidad de la diferencia y la diversidad social.

 

Entre diferentes se gestan los intercambios más significativos. La igualdad genera aburrimiento, la diferencia, en cambio, la aventura de lo distinto. Pero es necesario reconocer que el fructífero intercambio entre diferentes solo es posible sobre dos premisas:

  • Que a pesar de las diferencias, reconocemos en el otro a un ser humano con los mismos derechos que los que nos atribuimos a nosotros mismos.
  • Que respetamos y apreciamos aquella condición original y única de cualquier persona, como condición de libertad de nuestra propia existencia.

 

El reconocimiento de la igualdad de los diferentes es reconocer que nos necesitamos unos a otros. La originalidad no significa en ningún caso autosuficiencia. No existe en el mundo una sola persona que no necesite de los demás, por lo tanto el reconocimiento de la originalidad y de la diversidad nos lleva al reconocimiento de la solidaridad.

 

No obstante, a pesar de las bondades de la diferencia, nuestras sociedades han sido construidas sobre la negación de la diferencia y por lo tanto del menosprecio de la originalidad. Nuestras sociedades han sido construidas en el miedo. Nuestro contrato social se levanta sobre el terror al diferente y el riesgo que la diferencia acarrea de impedir la conformación de un ordenamiento en el cual todos quedemos sometidos.

 

El ordenamiento del miedo no reconoce la diferencia, solo reconoce a aquellos que se adaptan a los términos de la mejor versión de la normalidad. Y con ello va disminuyendo la posibilidad y riqueza de construir ordenamientos superiores, más humanos, equilibrados e incluyentes.

 

Educar en y para la diversidad nos propone el reto de transformar el ordenamiento basado en el miedo por uno basado en la libertad y en la dignidad. Educar en y para la diversidad no es un asunto menor, es la posibilidad de contribuir definitivamente a la profundización de la democracia en la medida en que por encima de todo reconocemos en el diferente nuestra propia condición de diferente y por ello nuestro lugar en la construcción de una sociedad incluyente que nos incluya y permita la vida a todos.

 

Educar en la diversidad es educar en la libertad. Y esta educación requiere de maestros libres, distintos y profundamente solidarios. Maestros que –parafraseando a Jacques Derrida– deseen un pensar nuevo, y que hagan germinar esa promesa.

 

Requiere de verdaderos estudiosos de la condición humana que no será humana sin justicia y equidad, sin equilibrar las capacidades y oportunidades de las personas y sin un sistema de gobierno en donde la participación sea solidaria y la solidaridad sea participativa. Educar en la diversidad requiere prácticas concretas en donde vivamos esa diversidad, pues como diría el filósofo Gilles Deleuze, se carece de oídos para escuchar aquello que no se tiene acceso desde la vivencia.

 

Educar en y para la diversidad en suma requiere que asumamos la diferencia como un tema transversal en la transformación de la educación y la sociedad.


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