Juventud (es)

Social & Opinión
Ene, 2019
Artículo por Emilio Chungandro
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Fuente: La imagen pertenece al archivo Casasola (ca. 1907) resguardada por la Fototeca Nacional del INAH.

La corrosión de fronteras tradicionales, una nueva concepción espacio-temporal y el proceso de globalización cultural han configurado la juventud de tal forma que algunos consideran a los jóvenes de hoy como el «emblema de una época cargada de incertidumbre, desesperanza y ausencia de cánones» (Castillo, 2010). Los imaginarios sociales dominantes, por su parte, han estereotipado a los portadores de la condición juvenil desde un sentimiento general que expresa la preocupación por sus modos de vida. Esta percepción negativa y reduccionista debe desvanecerse para empezar a hablar seriamente no de una, sino muchas juventudes.

La eternidad en una hora

La juventud construye socialmente el tiempo. Ser joven ya no es transitar de la naturaleza a la cultura (complejo de Tarzán), tampoco resistirse a la adultez (complejo de Peter-Pan), sino que es experimentar la errancia de una vida incierta. Se trata de un nomadismo social que supone «mudar los roles sin cambiar necesariamente el estatus, correr mundo regresando periódicamente a la casa de los padres; hacerse adulto y volver a la juventud cuando el trabajo se acaba; disfrazarse de joven cuando ya se está casado y se gana tanto como un adulto, viajar por interrail o por internet sin por ello renunciar a la identidad localizada que corresponde a una nueva solidaridad de base» (Feixa, 2000).

Desde que la vida de los trabajadores se empezó a regir por el reloj, no se ha vivido un giro en la concepción del tiempo como hasta hoy. La tecnología generó su propia temporalidad; vivimos en la extrema simultaneidad, donde el tiempo se eterniza y se hace más subjetivo y efímero.

Ha aumentado la noción de las transmisiones «en vivo» y en «tiempo real» desde todas partes del mundo, esto ha afectado incluso el tejido del habla: Yurman (2010) afirma que «los relatos de los jóvenes de hoy se asemejan a videoclips, son fragmentados, marcados por sus experiencias tecnológicas actuales».

El mundo de ahora es líquido, fluye a gran velocidad y los fluidos no se fijan al espacio ni se atan al tiempo (Bauman, 2004). Esto tiene sus consecuencias: la falta de continuidad provoca un divorcio con el pasado, el hilo de las grandes narrativas se rompe.

Lo único que ha enseñado la Historia es que el ser humano no ha aprendido nada de ella y es verdad que este problema solo se ha amplificado. La desconexión de la juventud con su pasado local o mundial solo la hace más manipulable y propensa a caer en los mismos errores, en las mismas mentiras, en los mismos conflictos, en la misma estupidez.

Al fin, espacio

Es otro fruto de la tecnología, la construcción de un nuevo espacio que se caracteriza por ser desterritorializado y sin fronteras (si las hay, son mínimas). Cada mañana elegimos ver la calle por la ventana o todo el planeta por la pantalla. Incluso la galaxia y,por qué no, el universo desde su génesis a unos cuantos clics de distancia.

Históricamente los jóvenes han carecido de un espacio propio, fueron muy pocos los que poseían habitación propia y menos los que la disfrutaban de ella sin intervención de sus padres. Es en los años sesenta, con los movimientos de liberación juvenil que coincidieron en la contracultura, una habitación propia pasó a ser el símbolo de la juventud.

En los setenta comienza la lucha por una privacidad alternativa: pisos compartidos, comunas y buhardillas con el fin de construir una nueva privacidad comunitaria. En los ochenta, en cambio, el espacio público de la ciudad se volvió cada vez más inaccesible por la inseguridad, el proceso de urbanización, etc.

Con el despunte del mercado de ocio especializado en adolescentes, junto a la caída del número de hijos en la familia se redescubrieron las culturas de la habitación. Hoy, todavía se mantiene la idea de privacidad física, incluso podría decirse que se ha naturalizado la necesidad de otorgar y obtener una habitación propia, sin contemplaciones económicas.

Los jóvenes han estado rodeados de instrumentos electrónicos (consolas, celulares, computadores…) desde que tienen uso de razón y esto ha configurado su percepción de sí mismos y del mundo. Los medios masivos de comunicación son protagonistas en la creación de una cultura que ha globalizado el espacio y nos ha deslocalizado.

La habitación, entonces, se ha convertido en algo móvil, por germinar en una tierra de la misma naturaleza. Ahora los celulares son una habitación a la vista de todos que sirve de catalizador entre una dimensión virtual sin ataduras y otra que la complementa.

En 1978, Arthur Koestler observó que el ser humano «puede dejar la Tierra y llegar a la luna pero no puede pasar de Berlín occidental a Berlín oriental», me parece que podemos tomar esta observación como una analogía bastante interesante de nuestros límites. Quiero decir con esto que si bien podemos acceder y conocer cualquier lugar desde la comodidad del hogar, la experiencia no es la misma, menos aún en un mundo que fomenta la ciudadanía global, pero que en la prácticaresulta muy condicionada.

Sin fronteras

Somos portadores de nuevos lenguajes y emblemas culturales donde encontramos creatividad, rebeldía, estética, sexualidad, otras sensibilidades y más. La próspera emancipación femenina, junto a la emergencia del movimiento LGBTI provoca la implosión de la masculinidad y la feminidad.

Se nos acusa por la ausencia de cánones, cuando estos nos encierran en una sola idea de lo que es el ser humano. Los modos de actuar y pensar tradicionales tiemblan al romperse estas fronteras que configuran el tránsito hacia la adultez. A partir del momento en que el acceso al saber arrebata al adulto el poder de mantener los secretos de la vida, la sexualidad y la muerte, se hace más estrecha la distancia entre un niño y un adulto.

El papel que esta época nos ha asignado es el de la autoconstrucción en un mundo fabricado por otros, donde la diversidad de opciones es abrumante, encontramos quienes valoran lo contemporáneo y otros que se refugian en sombras tenues o intensas.

Resulta alentador el ilimitado acceso a material que nos permite identificarnos con un amplio espectro de intereses. Pero, así como uno puede encontrar boleros, post-punk y hip hopen la propia biblioteca musical, un nuevo tipo de inclusión solo resulta en nuevos tipos de exclusión.

Internet se posiciona como el nuevo sistema macrocultural y abarca progresivamente todo el planeta. En el caso ecuatoriano El Telégrafo afirma la existencia de 10,6 millones de cuentas de internet este año. Dentro de este sistema se encuentran múltiples microculturas vinculadas por uno o varios intereses específicos que ya no están limitados por un lugar o tiempo particular.

Por su lado, las redes sociales permiten conocer personas que antes nunca habrías podido. Sin embargo, aunque se puede tener miles de amigos en Facebook, en verdad las redes sociales no aumentan la cantidad real de los amigos que se tiene, sino los que se podría tener. Curiosamente el número de Dunbar establece que el promedio de amigos con los que puedes mantener una relación lo suficientemente cercana para considerarse como tales es de ciento cincuenta.

Hoy, los adultos son migrantes digitales, mientras que nosotros somos nativos de esta nueva cultura. Orwell dijo alguna vez, que «cada generación se imagina a sí misma más inteligente que la anterior, y más sabia que la siguiente». Se habla de una deformación del lenguaje, desde la ambigüedad con la que se comunican los jóvenes por las redes sociales hasta las palabras que va aceptando la RAE.

Se hacen estas acusaciones como si el lenguaje fuera algo definido y perfecto. ¿Y no pasó algo parecido antes? Las analogías sobran, en The Sunday Magazine de 1871 podemos encontrar esto: «El arte de escribir cartas está desapareciendo rápidamente. Disparamos una multitud de notas rápidas y cortas, en lugar de sentarnos para tener una buena charla sobre una hoja de papel real».

Resulta curioso cómo se empiezan a reemplazar las largas cartas por unas notas cortas y aún más la similitud que encontramos ahora con la crítica que se hace a los mensajes que se envían constantemente. «El arte de conversar está muriendo» dice el Frank Leslie’s Popular Monthly de 1890.

Sin ánimos de seguir con la lista, les invito a pasar por la página xkcd.com de donde extraje los ejemplos presentados y el siguiente subtítulo:

Generación 2018-2035 Zuckerberg’s Army

Las generaciones solo son construcciones de cómo se han imaginado cada de ellas a sí mismas. La vida puede reducirse a un ciclo que va de la insurgencia a la estabilidad; de lo que rompemos hoy, levantamos una nueva estructura que tarde o temprano querrá ser destruida por algo mejor (eso espero).

Solamente podemos estar seguros de la gran  nube de incertidumbre que ha cubierto el cielo y no temerle, pues ha llegado la hora de dudar, de cuestionar al ser humano, al mundo, a nuestros gobernantes y a nosotros mismos.

Al final, actuamos según las urgencias existenciales heredadas para así cambiar o no el mundo, solo para legarlas por los siglos de los siglos. Quienes vivieron en épocas anteriores consideraban que el mundo era tan complejo, peligroso y confuso como hoy e incluso nuestro mundo puede que sea peor. Las crisis que afrontamos pueden llevarnos (conscientemente o no) a ver que lo más práctico es dejar de pensar y arrojarnos al hedonismo; espero nos demos cuenta queda lo mismo ahogarse en tres metros de agua que en treinta.

Aunque no todos estén dispuestos a luchar por las desigualdades de este mundo, hemos de hacer la elección pues no somos espectadores de otro planeta escribiendo una tesis sobre la Tierra.

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Fuente: Emilio Chungandro


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