Jung y los pueblos indígenas amazónicos

Social & Opinión
Ene, 2019
Artículo por Gabriela Aguilar
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  • Hasta que no hagas consciente a tu inconsciente, va a dirigir tu vida y lo llamarás destino.

    Carl Jung

    Dejar el mundo citadino y cotidiano por un llamado de la selva suena místico e ilusorio, pero cuando el llamado se vuelve un grito, es imperante responder.

    Vivimos guiados por una rutina que nos dice que para «ser alguien» es necesario llenarse de títulos y carreras (literalmente correr en una competencia) y vivir en constante tensión entre la contaminación auditiva, visual y ambiental.

    En este contexto, por lo general se suprime la opción de detenerse para darle paso al autoanálisis y la reflexión. Probablemente todo está configurado para que así sea. Entonces, surge la pregunta: ¿cuál es el interés de establecer un modelo de vida en donde no se contempla un espacio para la consciencia?

    ¿Conciencia o consciencia?

    Si se entiende por conciencia al conocimiento y percepción que se obtiene a través de los sentidos, se relaciona con la ética y la moral.

    Por otro lado, se considera que la consciencia define al ser a través del conocimiento de sí mismo, se relaciona con la asociación del ser con el ambiente que lo rodea y con el Universo—pero para ello se requiere de la conciencia—.

    Vivir en consciencia nos permite definir la manera en que queremos llevar nuestras vidas. Esto implica que podemos decidir si queremos vivir en el amor o en el miedo. La dualidad de la vida se expresa en este único camino como un tren con dos vagones: en uno va el amor y todo lo asociado con él (felicidad, plenitud, seguridad, libertad y optimismo), y en el otro va el miedo y todo lo que se le relaciona (barreras, inseguridad, negatividad, depresión, ansiedad y angustia).

    La conciencia nos permite percatarnos de nuestras limitaciones o miedos y pensar cómo son y dónde están, y que son ineludibles. Sin embargo, la consciencia le permite al ser, conocer sus límites y buscar sobrellevarlos para lograr la plenitud y mejorar su relación consigo mismo, con el prójimo, con el resto de la naturaleza y con el Universo.

    Con consciencia podemos decidir el vagón en el que queremos hacer el recorrido por la vida. La teoría suena muy obvia y sencilla, pero al parecer, hay algo que nos bloquea y que la mayor parte del tiempo no sabemos qué es. En todo esto está el inconsciente.

    Según Carl Jung, el ser humano tiene dos inconscientes: uno individual, en el que se guarda información personal como traumas propios, represiones, situaciones penosas, etc., y uno colectivo, que contiene propiedades heredadas, instintos, arquetipos e información cultural. Jung decía que el inconsciente personal que es «todo lo que sé, pero en lo que no pienso momentáneamente; todo lo que en alguna ocasión me fue consciente, pero que ahora está olvidado; todo lo percibido por mis sentidos, pero que no lo tiene presente mi conciencia; todo lo que siento, pienso, recuerdo, quiero y hago sin intención y sin atención, es decir, inconscientemente».

    El inconsciente colectivo, por otro lado, contiene información muy antigua desde la creación y evolución del ser humano, los orígenes y las raíces, y así como lleva información que puede ser terrible desde nuestra percepción, también cuenta con recursos, inteligencia y sabiduría para enfrentar cuestiones escondidas o reprimidas y pasarlas al consciente. A este proceso lo podemos llamar sanación, ya que una vez en el consciente se pueden encontrar soluciones usando la sabiduría e inteligencia autónomas.

    Vamos a parar el tren. ¿Cómo hacer para despertar la consciencia y subirnos en el vagón de la felicidad? Para encontrar una respuesta podemos reflexionar sobre un ejemplo contundente: si se recorre la línea ecuatorial en un mapa, hay dos puntos clave totalmente opuestos en el globo.

    En un extremo está el Parque Nacional Yasuní, el punto más mega biodiverso del mundo, que no solo es relevante por su fauna y flora, sino porque ahí habitan pueblos indígenas en aislamiento voluntario, pueblos libres, muchas veces mal llamados «no contactados»; en el otro extremo del mundo está Singapur, una ciudad-empresa-estado, uno de los lugares con más poder adquisitivo, donde hay tres teléfonos móviles por cada dos ciudadanos y donde los esfuerzos del estado están enfocados en mostrarse como «el país de futuro».

    Pues sí, en Yasuní hay árboles de miles de años, toda la vida que compone esta selva es el resultado de la evolución de millones de años y de diversos fenómenos biológicos, geológicos y meteorológicos que han sucedido a lo largo de la historia del planeta; existen pueblos libres que han tomado la determinación de vivir aislados de la sociedad «civilizada» o «desarrollada».

    Estos pueblos son sociedades de abundancia, sus necesidades son pocas y por lo tanto, todo lo que la naturaleza pueda ofrecerles les resulta suficiente, no acumulan excedentes. Con base en los testimonios de los Waodani, pueblos contactados relativamente hace poco tiempo (con la intromisión del Instituto Lingüístico de Verano), se piensa que la economía que manejan los pueblos libres es de subsistencia, no trabajan excesivamente y su tiempo de ocio es cuantioso.

    Y es que la gente libre está consciente de que es parte de la naturaleza y al llevar esta conexión innata es imposible ver al bosque, al agua, el aire y a los demás seres como un objetos y ponerles precio.

    En el otro lado del mundo, Singapur cuenta con árboles artificiales de cincuenta metros de alto, una economía «libre», que es al mismo tiempo, una represión de las libertades individuales muy evidente. La brecha entre los ricos y pobres es una de las más grandes del mundo y la libertad de expresión es una de las más pequeñas; de hecho. Al ser una cuidad-empresa, quienes la conforman viven en un ambiente acelerado de continua competencia, estrés, depresión y todos los demás síntomas de un sistema de consumo ilimitado.

    ¿Qué tiene la Amazonía que permite que todavía existan pueblos libres? Sin lugar a dudas, la libertad tiene un vínculo estrecho con la naturaleza y la consciencia. Se sabe que tener una relación cercana con los bosques ayuda a que las personas se mantengan más activas, regula la presión arterial, reduce el estrés y la ansiedad, mejora la convivencia con otras personas, refuerza el sistema inmune, disminuye los índices de crímenes, violencia, agresión y pobreza.

    Al parecer, la gente que vive rodeada de bosques es más solidaria, generosa y social. Probablemente es por eso que la humanidad ha logrado sobrellevar distintos fenómenos naturales y momentos difíciles. Esta conexión con los demás seres de la naturaleza es algo que los pueblos indígenas han mantenido desde hace mucho tiempo y la razón principal por la que defienden y protegen sus territorios de la ola extractivista. Es la consciencia la que les ayuda a discernir entre los dos mundos que se enfrentan en territorio amazónico, y aunque parezca estar al alcance de la mano, no todo el mundo accede a ella.

    La relación milenaria entre el ser humano y los demás seres de la naturaleza ha permitido que estos pueblos autóctonos hayan desarrollado metodologías para abrir su consciencia, para permanecer en equilibrio mental, espiritual y físico.

    Es así como han surgido técnicas como la meditación, la contemplación, las ceremonias de Ayahuasca, de Guayusa, de Chocolate, los Temazcal, etc… Muchos pueblos indígenas saben, desde hace miles de años, de la importancia de viajar en el mundo de los sueños y el inconsciente.

    De hecho, la nacionalidad Sapara (pueblo amazónico) usa plantas para soñar y por eso las cuida como parte esencial de su filosofía. Lastimosamente las rondas petroleras, la ambición sin límites de los gobernantes, las multinacionales y una sociedad de consumo enferma son una amenaza para toda la flora y la fauna del Amazonas.

    Entrar en el mundo amazónico supone constatar las secuelas que deja un sistema consumista y extractivista (contaminación petrolera, extracción maderera, ganadería extensiva y agricultura    inconsciente) o palpar una dimensión donde el espíritu del bosque, las plantas medicinales y la sabiduría de muchos indígenas nos ayudan a sanar.

    La ceremonia de Ayahuasca permite entrar en plena consciencia y la ceremonia de Guayusa se realiza para contar y descifrar los sueños; justamente para entrar en ese inconsciente que, como explicaba Jung, se expresa a través de los sueños.

    Y es que Jung, tradujo la sabiduría de pueblos indígenas de América, Asia y África al lenguaje occidental para que podamos entender mejor la magia de la mente y su conexión con el resto de la naturaleza. Probablemente los pueblos libres todavía nos pueden enseñar cómo recuperar las raíces, volver a nuestra esencia y darnos cuenta que la vida y la felicidad no tienen precio.

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    Fuente: Parque Nacional Yasuní. vetas.com


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