Hábitat III ¿Sirve?

Social & Opinión
Oct, 2016
Artículo por Joan Arjona
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  • Fuente: www.fomento.gob.es

    Del 17 al 20 de octubre se celebrará en Quito la cumbre de Naciones Unidas sobre asentamientos humanos, más conocida como Hábitat III, donde representantes políticos de todo el planeta aprobarán la Nueva Agenda Urbana. Se trata de un documento que pretende guiar las políticas públicas durante los próximos 20 años y que abordará, entre otras cuestiones, las mejoras en la vivienda, la extensión de los servicios básicos y la participación ciudadana.

    Todo esto puede parecer muy importante, en especial si pensamos que más de mil millones de personas viven en asentamientos informales en el mundo o que, a pesar de los avances de estos últimos años, un 40% de los ecuatorianos sigue sin alcantarillado y un 20% no cuenta con agua corriente en su casa. Pero a mí, y a otros muchos, estas buenas intenciones del establishment planetario nos generan más dudas que certezas.

    La primera cuestión, y quizás la más obvia, es el carácter no vinculante de las decisiones que se tomarán en Quito, que no son más que simples recomendaciones para los estados y los gobiernos locales. Ya sabemos que la ONU es una institución fallida y no hay cómo exigirle cosas que no puede cumplir. Pero, y aquí viene el verdadero cuestionamiento: ¿Son las respuestas de ONU Habitat las adecuadas para mejorar el futuro de millones de ciudadanos? O, peor aún, ¿son las preguntas que se plantearán en este foro las más adecuadas para enfocar los problemas? De nuevo, aquí, muchas dudas.

     

    Las dinámicas urbanas son complejas y, para poder solucionar los problemas, hay que analizar bien cuáles son sus causas estructurales, no solo tratar de mitigar los síntomas. El primer error es de enfoque: el proceso de urbanización no es un fenómeno natural, como los terremotos o la sequía, es un proceso social con claras causas económicas, que por lo tanto son reversibles. Si queremos detener el avance de los suburbios debemos debatir la política económica y el papel que van a jugar en ella el campo y sus habitantes. Habría que ampliar el foco de atención y tratar de mitigar las dinámicas actuales sin caer en el fatalismo.

    Centrándonos ahora en la gestión de la ciudad, creo que sería conveniente poner de manifiesto las enormes carencias que presentan los procesos participativos, en especial cuando se subyugan a los intereses, no siempre claros, de los megaproyectos de vivienda social. No contemplar las necesidades de la población interesada, no valorar adecuadamente su capacidad de pago o las dificultades de acceso a crédito de estas personas, son la causa de sonados fracasos que han costado enormes cantidades de fondos públicos. La transparencia y la participación directa de todas las partes implicadas, en igualdad de condiciones, con capacidad decisiva, información y asesoramiento adecuados, deberían ser requisitos de cualquier intervención, pero muchas veces se quedan en simples declaraciones de buenas intenciones. El caso ecuatoriano es un buen ejemplo de todo esto.

    Otro aspecto discutible de la cumbre es la concepción excesivamente laxa que se tiene de la sustentabilidad, uno de sus conceptos centrales. Esta indeterminación, probablemente intencionada, permite a los principales actores políticos y económicos mantener una imagen optimista, mientras aplican los mismos modelos de siempre (que tan bien les vienen a algunos).

    En último lugar, considero urgente plantear con claridad la cuestión de los derechos humanos y, específicamente, el derecho a la ciudad de todos sus habitantes. No nos podemos permitir más escenas dramáticas de desalojos perpetrados contra la población más vulnerable (y más vulnerada) de nuestra sociedad. Tampoco, consentir las enormes desigualdades en el acceso a la cultura, la seguridad, la salud o el trabajo que se dan entre vecinos. Mientras unos viven la ciudad, otros, con menos suerte, se dedican a sufrirla.

    En resumen, si queremos que estos grandes foros sean realmente útiles a quienes más lo necesitan, debemos tener en cuenta que los problemas de la ciudad no empiezan y terminan en ella. Habrá también que vincular las líneas de actuación a normativas que protejan al ciudadano y sus derechos y, muy especialmente, tendremos que ser capaces de desideologizar estos debates: los mercados de la vivienda, el suelo o el agua potable son creaciones humanas, no leyes divinas o fuerzas de la naturaleza. Podemos y debemos regularlos.

    Fuente: citiscope.org

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