El mundo cosificado

Social & Opinión
Mar, 2017
Artículo por Rubén Camacho Zumaquero
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Fuente: (50-50: Closing the gap!) goo.gl/I2fFNf

Unos días antes de tomar mi último avión oceánico que me alejaba del Atlántico y me llevaba al Pacífico, un amigo entre cervezas me hizo una pregunta sencilla y repleta de inocencia pero que, a la vez, reflejaba el momento que estamos viviendo: ¿y de dónde viene ahora el machismo?

 

Ambos recordamos a nuestros padres como personas que vivían en igualdad. Recuerdo a mi madre, cuando era un niño, como una profesional competente y seria, con amplio desarrollo, que además de trabajar llevaba a sus hijos al colegio, les alimentaba, les cuidaba. En casa nunca faltaba nada: ni un desayuno, ni un almuerzo o una cena, ni un arreglo de costura para un pantalón, y nunca vivíamos con el polvo o el desorden. También recuerdo a mi padre cumpliendo las mismas funciones: nos llevaba a la escuela, cocinaba, mantenía la casa ordenada y limpia, nos influía con su colección de discos y, por supuesto, trabajaba hasta el viernes al mediodía (su momento para comprar dos nuevos vinilos). Recordamos que los padres y madres de nuestra generación, en definitiva, vivían en una igualdad natural e inherente a su estado de desarrollo personal y profesional. En esa época, los años ochenta, se daba por hecho que un hombre y una mujer eran seres completos cuando eran independientes, autosuficientes, y no se necesitaban para vivir, sino que se elegían para convivir. La independencia no era un fin, sino un medio para crear familias. Y ahí llegó la pregunta: ¿qué ha pasado? ¿De dónde viene ahora tanto machismo?

 

Los prejuicios sociales, para nuestra desgracia, cada vez más parecen procesos circulares, como si no pudiéramos escapar de su influencia cada cierto tiempo. El racismo viene, nos hace daño, luchamos contra él, se le acorrala, se le extingue, se va, y al tiempo reaparece aprovechando una nueva oportunidad. La mayor guerra pública que vivimos hoy día (además del racismo, la xenofobia y el clasismo ocasionado por nuestro egoísmo, el cierre de fronteras y los famosos muros) es la del prejuicio de géneros, el machismo y el hembrismo. Y de nuevo la pregunta: ¿de dónde viene tanto machismo, si antes parecía disminuir?

 

El feminismo ha crecido con tanta intensidad que se ha diversificado entre un feminismo filosófico e ideológico (que existe desde hace mucho tiempo y nos ha ayudado a crecer como personas y sociedades) hasta un feminismo cultural o incluso legislativo. El feminismo, que no es más que la búsqueda de la igualdad de oportunidades, derechos y dignidad entre géneros sexuales (que parte de la mujer, ya que es el género perjudicado en origen), debería ser un punto de partida ideológico para cualquier persona sensible. Pero no es así. El feminismo es ya tan popular que no ha resistido el envite del prejuicio, tanto desde fuera del movimiento como desde dentro. Reconozcámoslo: la búsqueda de la igualdad, dentro de nuestras diferencias, es un objetivo sensible y humano. El feminismo filosófico es un punto de partida que todos debiéramos acoger. Pero no toda la ideología moderna es sensible o filosófica.

 

El machismo, en realidad, ha regresado porque nunca se marchó de nuestras estructuras sociales y de nuestra forma de pensar, aunque a veces haya disminuido. Y ciertos enfoques de encarar el feminismo, que no son en realidad sensibles ni feministas, han acrecentado una lucha absurda de géneros donde la acusación barata y la susceptibilidad nos alejan del auténtico problema: hombres y mujeres oprimidos por su género sexual (tampoco lo neguemos, en la inmensa mayoría de casos son mujeres, aunque existen leyes totalmente desiguales que castigan al hombre y perjudican a la propia ideología feminista). Estamos llegando entonces a un punto muy peligroso; el punto en el que llamar “machista” a una persona sea igual de absurdo que llamarle “fascista”, o que hablar de “feminismo” como forma de atacar ciertas actitudes sea hablar o criticar a cualquier cosa menos al auténtico feminismo. El motivo por el cual el machismo nunca se fue, es porque seguimos pensando de forma materialista, sesgando y cosificando al otro.

 

Estar tan confundidos no nos sirve de nada. Que tenemos ciertos objetivos por conseguir en pro de la igualdad es un hecho obvio. Que no estamos en el camino correcto, también. Que muchas personas hayan usado estos movimientos o avances como armas arrojadizas, es nuestra mayor desgracia, porque nos impide continuar hacia adelante y llegar a la igualdad que realmente nos beneficiaría y haría crecer. Los seres humanos queremos transformarnos y conseguir estados más ideales o sensibles de convivencia, pero partimos desde lo que somos ahora, y ahora, justo ahora, no estamos en una posición sensible. Por más que queramos conseguirlo, comenzamos desde un estado en el que no queremos la igualdad sino la opresión y la cosificación, porque nos tenemos rabia en lugar de cariño y aceptación. Finalmente, toda opresión por género sexual se basa en un prejuicio más básico, profundo, común y peligroso: la cosificación por género y la cultura de transacciones. Nos vemos como cosas, hombres y mujeres que tienen límites o condiciones basadas en su género sexual. Nos vemos como medios para conseguir fines, y nos premiamos o castigamos en función de nuestras conductas, adecuadas o no para lo que queremos.

 

Tanto los prejuicios históricos hacia las mujeres como los modernos hacia los hombres se nutren del mismo engaño: considerar que los seres humanos estamos para servirnos. Que una mujer debe servir a un hombre o viceversa, que un hombre debe estar al servicio de la mujer para no ser atacado como machista. Incluso, existen movimientos de mujeres que se hacen llamar feministas (y que no lo son, ya que nunca comprendieron el auténtico y noble significado del concepto) que aseguran que para solucionar nuestros problemas actuales es necesario dejar de procrear varones e incluso asesinar a la población mundial de género masculino. Hace pocas semanas, en una manifestación feminista en Argentina, una mujer mandó expulsar a un hombre de allí alegando que “él no tenía los mismos derechos ya que no era violado y asesinado cada día”.

 

Si existe hoy día igualdad o no, es un debate solucionado. Existe una igualdad en cosificación, materialismo y munición en forma de acusaciones, y existe una desigualdad entre el número de personas, hombres y mujeres, que buscan la igualdad y la sensibilidad y el de las personas que solo buscan la opresión y la dominancia a través de la violencia y el uso injustificado de los conceptos y las palabras. Que la igualdad gane la batalla depende de dejar de considerarnos como útiles a nuestro favor. Y de prescindir, ante todo, de usar un problema tan grave como la opresión hacia una persona por su género sexual como un arma para desprestigiarle, herirle o menospreciarle. Somos muy diferentes, pero nos merecemos lo mismo: respeto y compañerismo. El machismo está destinado a desaparecer porque se basa en una falacia y un prejuicio que nos limita. El feminismo, también está destinado a desaparecer porque debe llegar el día en que no sea útil ni necesario. Para ello, el primer paso es dejar de cosificarnos.


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