El arte: Un acto de irreverencia. Mirar al otro a través de la rebeldía

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May, 2018
Artículo por Ramiro Urgilés Córdova
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Fuente: Centro Cultural El Averno, Lima

Hace un par de noches, mientras leía el epígrafe de una novela empolvada por los años, medité sobre el bello acto que se desarrollaba en mi habitación. Casi enseguida, cuestioné lo que hacía; frasecillas sueltas, eternidades inertes, estrellas y palabras. ¿Acaso aquello era el arte? Recordé una frase de Émile Zola: «Si me preguntas para qué vine a este mundo, te responderé: para vivir en voz alta», y concluí que si el valor de la vida podía ser puesto en tela de duda, el del arte jamás. Sin embargo, ahora me preguntaba ¿qué era el arte? El silencio me vencía y la noche se volvía inmensa.

Salí de mi cuarto hacia la sala, me acerqué a mi ventana y observé a un hombre de lento caminar fundirse con la luz amarillenta del alumbrado público, regresé a mi cuarto mientras aquella sombra se perdía en el horizonte de un olvido prematuro. En ese momento el arte lo era todo, pero principalmente era rebeldía. En el acto escribí lo siguiente:

Resuenan sus pisadas, nacientes en el frío

¡Escucha bella noche!, de mis labios el grito,

y dile al creador, de silencios cautivos,

mártires cantores, ¡Piedad Señor para aquél!

El arte lo era todo, y era rebeldía, pero no mi rebeldía; era la lucha del mendigo que buscaba cartón en las tinieblas. El arte se develaba en la realidad y solo a través de la realidad me fue posible mirar el rostro doliente del que sufre, el hombre solitario que vaga en las estepas de una sociedad que le es ajena.

Descubierto el bellísimo rostro de la expresión, tomé un descanso y retomé mi lectura,pero al poco rato me vi interrumpido por la llegada de una nueva interrogante: ¿el arte únicamente es la posibilidad de mirar el dolor del otro? No, tal vivencia no fue simplemente una mirada rápida, un ligero vistazo que permita seguir en la inercia, aún menos el llamado al frío accionar político, observé al otro en su máxima plenitud.

Solamente después de haber observado el rostro del otro, me ha sido posible concebir al arte en su dimensión primera: la rebeldía. En un segundo momento, aquel grito rebelde se convirtió en libertad, pero no la libertad egoísta de la que hablaba Heidegger (la apropiación de uno mismo), sino la visión ética fundadora del hombre, a la que se refería Lévinas.

Es necesario que aborde brevemente en este punto y en especial en varios conceptos del filósofo lituano. Los pensadores antiguos, en especial los griegos, no se centraron en el estudio de la libertad, precisamente, por considerarla perteneciente al reino de la experiencia y no al de la teoría ideal. Aun así, existen grandes relatos acerca de la libertad de la cual hablo, contenidos en varios pasajes bíblicos y talmúdicos.

Siguiendo a Lévinas únicamente existe libertad cuando hay acción, en esta travesía hacia la libertad se da la entrega de las tablas de la ley que son recibidas por los hebreos con la frase «haremos y escucharemos»que es tomada por el filósofo judío como punto de partida para conducir a la libertad en la función que le compete cuando se considera prioritario el sufrimiento humano y la injusticia.

Los textos judíos, receptados posteriormente por el cristianismo, no tenían el objetivo de crear una religión institucionalizada, sino una ética que es anterior a toda posible acción humana, porque se trata de un saber que no proviene del conocimiento, sino de una sabiduría que emana del reconocimiento del otro–que no solo es el prójimo, sino el extraño– por lo cual es piadoso, no el feligrés que ora, sino el justo por su acción. De esta manera, el arte se nos muestra como acción ética a través de la cual podemos alcanzar la libertad más allá del mítico yo.

Distante de mi morada,

paciente ella espera.

Una sensible mirada,

al otro por el que hablo.

Cautivo por la palabra,

libre por lo que hago.

La temperatura bajaba y a medida que las horas transcurrían descubrí la tercera faceta del arte. La rebeldía, la mirada ética y la apropiación de la realidad. Experimentaba una profunda alegría. Con anterioridad en este texto, me había referido por separado a estos dos términos, pero, a qué me refiero cuando hablo de la apropiación de la realidad.

Para ello, debo retomar el concepto de libertad propuesto por Heidegger; con justa razón critico la apropiación de uno mismo como definición de libertad, empero este estado es sustancial para poder comprender a la creación artística en las dos dimensiones mencionadas previamente.

Sin duda, respirar grandes bocanadas de aire será un imperativo de este siglo, un aire cargado de realidad, pero no la «realidad» mediática y sobre saturada a la que estamos acostumbrados, sino un espacio en el que nos sea factible retornar al encuentro comunitario, cargado de diferencias, pero por sobretodo de similitudes; y por medio de la otredad, redes cubrirnos como seres humanos participes plenos de la sublime creación a la que llamamos vida.

Evidentemente, en este punto, el lector tendrá dos posibilidades: dejar de leer el texto o, en su defecto, finalizar una rápida lectura para continuar con sus que haceres como si nada hubiese ocurrido; en caso contrario deberá acercarse a la primera ventana que encuentre en su casa, abrirla, tomar un poco de aire, para que después sea capaz de evidenciar la presencia del otro. Así le será posible redescubrir la realidad que nos arrebatan al crecer. Si usted decide hacer eso, podrá sonreír a pesar de que la realidad le parezca dura, tenga rebeldía, actué pensando en los demás, aprópiese de usted pero también de todo lo que lo une a los demás,no habrá obra artística más bella que esta y de esta manera el arte podrá justificarse por sí mismo y de seguro usted acompañará con su nueva voz a este verso.

Dulces mis días,

cansadas nuestras manos,

hemos hablado.

 

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Fuente: Jef Aerosol en Buenos Aires


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