Políticas culturales para el aquí y el ahora

Social & Opinión
Abr, 2019
Artículo por Joaquín Carrasco
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Plantear la necesidad de conversar sobre políticas públicas y cultura, en el preciso momento de hoy, resulta curioso. Lunes 11 de marzo, 19 horas, Saladentro… Enfrente de mí, un panel de candidatos a la alcaldía de Cuenca afrontando la necesidad de demostrar al público asistente su (des)conocimiento del tema, sus propuestas… Podríamos empezar el panel hablando de la enorme capacidad y el tremendo poder que poseen los Gobiernos Autónomos Descentralizados para incidir sobre ese campo; del punto de vista de los gestores y creadores culturales, o de la gran responsabilidad que asumen los candidatos al llegar a un cargo. Podríamos abordar esta encrucijada desde la visión que tienen los aspirantes acerca de la cultura, su forma de entenderla, de relacionarse con ella.

El hecho es que se trata de uno de esos asuntos que al abarcar muchas cosas a la vez, tener tantos puntos de vista posibles y al ser tan flexible ―poco comprendido, dirían algunos― puede dar pie a cualquier tipo de justificación o propuesta: realizar la agenda de eventos de las fiestas locales, el megaconcierto del cantante internacional de turno, la gestión de ese museo por el que pasamos tantas veces de camino al trabajo ―y en el que tan pocas veces nos detenemos―, la promoción de la deliciosa fanesca de Semana Santa, la edición de ese poema que acumula polvo y la de ese otro que hemos leído demasiadas veces ya.

‘Cultura’ son demasiadas cosas diferentes y, a la vez, algo que todos sentimos y llevamos dentro. En esa amplitud de concepto radica su enorme potencial, así como su gran losa es no contar con los recursos públicos suficientes ni los enfoques apropiados para su gestión, la gestión de un bien público, porque es de todos.

Las políticas culturales de un ente de gobierno, en la praxis, suponen un franco abanico de opciones: la capacidad de regular, proteger, estimular y fomentar; la de apoyar a sectores, actividades y a gestores y creadores; en fin, la de potenciar una enorme esfera intangible de la sociedad y por ende, del ser humano, porque hablamos de arte, pero también de memoria; porque hablamos de estética, pero también de ideas; porque nos referimos a la forma en la que nos relacionamos, a los valores que imperan en nuestro alrededor, a la manera en la que nos alimentamos, vestimos y amamos; porque hablamos de símbolos y también de mitos; de la forma en que se configura nuestra forma de percibir el mundo y de las costumbres que moldean nuestra manera de convivir ―simbólicamente― y otorgar valor a lo que es bueno, a lo que no lo es tanto.

Cuando uno se para a pensar un rato, desde este medio tan difuso que es la gestión cultural, siente ese vértigo que da la altura cuando uno contempla el enorme horizonte delante suyo: actitudes, creencias, opiniones, perspectivas: la forma en la que vemos el mundo. Por eso, cuando uno le pregunta a un candidato cuáles son sus propuestas para la cultura, en el fondo le está preguntando por su capacidad de entender el propio mundo en el que vive, la importancia que le da a lo que le rodea.

Que necesitamos equipamientos culturales de calidad es un hecho: servicios públicos que ayuden a democratizar el acceso a diversas capacidades de interpretar el mundo; pero eso tan solo es la punta de la lanza. El valor de una buena biblioteca pública, el estímulo que supone un buen museo, la satisfacción de experimentar una gran película, el placer que supone participar de un potente espectáculo al aire libre, leer un libro, cocinar un mote pata, aprender a moldear el barro, diseñar un nuevo objeto a partir de nuevas ideas pensadas en futuros usuarios, construir una vivienda adaptada al clima del lugar en que vivimos, pasear por las calles de nuestra ciudad en Corpus Cristi y experimentar la emoción de tu hijo mientras observa atónito la pirotecnia de los castillos.

Consumimos cultura, la creamos y la intercambiamos, nos transformamos y nos resistimos con ella. Convivimos en la realidad de un mundo global que se contrapone a la necesidad de recuperar «nuestras raíces culturales». Acudimos al Inti Raymi, celebramos Halloween o Navidad y nos dejamos llevar por la profusión de diluirnos por los crecientes centros comerciales que se reproducen en nuestra ciudad mientras añoramos aquel momento junto al fuego en que nuestros abuelos partían toctes con piedras y contaban historias acerca del páramo y de los caballos.

Entonces, ahí está el desafío y la oportunidad: cómo pensar en potenciar esa enorme faceta de la sociedad —que a fin de cuentas la configura— sin caer en enfoques ingenuos ni grises parámetros tecnócratas. Cómo lograr que la real política se dé cuenta de todo lo que hay de juego y a fin de cuentas ponga su atención en, al menos, alguno de los campos que conjugan la noción de cultura en nuestro tiempo, en nuestro amplio territorio. En el fondo hay cosas tan sencillas y a la vez tan potentes como darse cuenta de que para lograr una sociedad con valores de convivencia, respeto y progreso, necesariamente vamos a tener que trabajar en una dimensión de cultura.

Y eso conlleva la necesidad de afrontar el reto: asumir la gestión de un enorme campo de herramientas y posibilidades, de forma seria y responsable. Dejar atrás el descuido y la omnipresente presión de lo tangible. Plantear políticas públicas e impulsar la gestión de ese enorme y sutil bien público que es la cultura requiere de una gran atención y respeto; gestión de indicadores y de datos, sí, pero también de conceptos y métodos; gestión de recursos y de capacidades; gestión de altura y profundidad, de corto, mediano y, sobre todo, de largo plazo.

Hablar de cultura no es hablar de arte. Es hablar de arte y de ciencia, de fiestas populares y de celebraciones religiosas, de alta cultura, de curadores y exposiciones, y de videojuegos y carreras de viejos carros de madera.

Cuando Benjamín Carrión planteó la creación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, tras la sangrante derrota militar y la pérdida de territorio sufrida por el país (a causa de depositar demasiadas esperanzas en la limitada capacidad de las armas. Y la más limitada aún capacidad de los políticos), lo que planteó realmente fue repensar el objeto de nuestra atención. La oportunidad de asentarnos sobre un estatuto esencial: cultura y libertad. Tal y como él mismo escribió: «desentrañar las esencias de nuestro destino, por medio de la indagación en nuestra geografía e historia y del potencial que ofrece el suelo y los hombres y mujeres que lo habitan». Enfocarse en lo pragmático y la realización, en la vitalidad de crear y crearnos que poseemos como seres culturales que somos y que seremos.

Sentimos orgullo al decir que la nuestra es una ciudad reconocida como Patrimonio Cultural por la Humanidad. Muy bien, hagamos ahora algo para que ese orgullo alimente un presente vivo que suponga tanto un aporte a esa misma humanidad, como a todos los que vivimos y convivimos con este territorio singular y diverso. Un territorio marcado a fuego y agua, sin duda, por esa multitud de factores que abarca ese concepto tan hermoso, difuso y diverso que denominamos cultura.

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