Cuenca también tiene de mandinga

Social & Opinión
Ene, 2016
Artículo por Yaima Lorenzo
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Fuente: El Mercurio

Algo que no se dice, que se silencia y se margina, es la presencia afrodescendiente en Cuenca. Pocos saben dónde está, qué piensa, qué siente, qué hace la comunidad negra radicada en la ciudad. Suele olvidarse, además, que desde época temprana se señalan vestigios de esclavos africanos en estas tierras, incluso relacionados con los emprendimientos económicos del fundador Gil Ramírez Dávalos. Hoy es una comunidad grande, numerosa y pujante integrada por más de 10:000 personas diseminadas en zonas urbanas y rurales.

En sentido general fueron traídos para el sistema minero en la jurisdicción de Cuenca. Algunos arribaban para ser vendidos a comerciantes procedentes de otras zonas, quienes de inmediato los llevaban a sus posesiones. También representaban un símbolo de estatus de las familias pudientes al ser empleados en labores del hogar. No faltaron los que se desempeñaron en actividades agropecuarias.

Estas dos últimas ocupaciones se debieron, sobre todo, a la reducción considerable de la explotación minera en el siglo XVII, lo que derivó en la continua y dramática disminución de este grupo.

Yaima Lorenzo Cuenca también tiene de mandinga Al concluir la vigésima centuria casi no había población afrodescendiente en la ciudad, pero aquello ha cambiado en los últimos años dada la atracción que supone una ciudad como Cuenca en constante crecimiento económico y en donde se vive bien.

Llegados desde territorios donde su presencia ha sido tradicional o mayor, los afrodescendientes intentan adaptarse a un nuevo lugar, clima e idiosincrasia manteniendo sus tradiciones culinarias, danzarias, religiosas y –en el más amplio sentido del término– culturales. Esta migración no solo es nacional, ya que también proviene de Brasil, Nigeria, Camerún, Colombia, Haití, Venezuela, Perú y Cuba.

Es duro para ellos, sin embargo, integrarse a una sociedad cuencana muchas veces prejuiciosa y que gestó una conciencia racista y discriminatoria en la época de la colonia.

En pleno siglo XXI todavía se ve muestras de rechazo en las calles, comercios y centros educacionales. La esmeraldeña Nila de Aguiar aclara que, aunque los afrodescendientes en Cuenca viven en mejores condiciones que en otras zonas del país, siguen habitando en las periferias, sin gozar en totalidad de sus derechos y con menos oportunidades que el resto de la población. Ella afirma saberse discriminada en muchas ocasiones.

“En este país, cuanto más blanca es la piel, más oportunidades tienes. Y mientras más oscura es la piel, si eres negro o indígena, las oportunidades se van reduciendo”, afirma ella.

Aquí la discriminación tiene matices más sutiles y, como tal, dificulta una acusación directa ante las autoridades con el respaldo del aparato legal ecuatoriano, que así lo permite.

“Hacer uso de esa ley sería complicado, porque el cuencano es muy educado y discrimina de manera tácita. Por eso, el chofer del taxi simplemente te dice: ‘no puedo llevarla porque estoy ocupado’, cuando ves que el interior del carro está vacío (…) O cuando llamas para pedir un arriendo te dicen: ‘Sí, venga’, y cuando llegas, muy educadamente te dicen ‘uy, disculpe, hace cinco minutos lo alquilé’. Entonces, decir que Cuenca es racista, de una forma concreta, sería complicado, pero sí hay estas cosas muy sutiles: un racismo muy educado”, sostiene Nila.

Ellos han comprendido que un solo individuo no puede combatir la discriminación racial, pero también saben que es más factible hacerlo mediante organizaciones que los agrupen y ayuden a salvaguardar el sentido de la identidad.

A tono con lo que ocurre en Ecuador desde hace varias décadas, los afrodescendientes en Cuenca comenzaron a desarrollar procesos de organización recién en 2008. Tres organizaciones lo han hecho: Movimiento Afro del Azuay “María del Tránsito Sozorra”, “Guasá y Bombo” Afrodescendientes del Azuay y Asociación Afro Alonso de Illescas.

En este sentido, uno de los presupuestos fundamentales sobre los que trabajan es la interculturalidad, comenta Mama Yama, vicepresidenta del Movimiento Afro del Azuay. “Una interculturalidad donde yo pueda vivir también lo del otro disminuiría la exclusión y desmitificaría el concepto que tienen de la población negra.” Caería bien revisar la historia, entender los más sensibles contextos y aceptar al afrodescendiente como un ente propio y enriquecedor. Como un conciudadano. Como un ser humano. Así sí se daría ejemplo al país honrando una deuda contraída por siglos.

Fuente: María del Transito de Movimiento Afro del Azuay FACEBOOK

Fuente: Franklin Minchala | EL TIEMPO

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