La contracultura como apuesta para la construcción de una vida feliz

Social & Opinión
Oct, 2019
Artículo por Ignacio Dueñas
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  • Decía Facundo Cabral, el cantor de la esperanza y de la alegría de vivir, que «estás hecho para la felicidad: fuera de la felicidad, todo son excusas». Pareciera que nuestra sociedad, tan aséptica y tecnolátrica, tan conectada y burocratizada, tan ruidosa y gregaria, tan desigual e insolidaria, no necesitase excusas para hacer de la infelicidad su proyecto de vida: trabajar, producir, consumir, descansar, comprar, estresarse y, eso sí, pulsar teclas, mirar pantallas, conducir carros y cumplimentar trámites, olvidando que, según John Lennon, «la vida es esa maravilla que transcurre mientras perdemos miserablemente el tiempo».

    Y, sin embargo, no es que la vida no sea bella, es que no sabemos vivirla. Tal vez por cobardía, puede que por mediocridad, quizá por comodidad o acaso por ignorancia, el caso es que malgastamos nuestra existencia como si esta no valiese la pena. Como canta el músico español Luis Eduardo Aute, «pretenden convertir a aquel milagro que una vez fue el ser humano / en simple productor, consumidor, contribuyente, ciudadano».

    Y todo esto se debe a que, desde las primeras ciudades (Jericó, Uruk, Çatal-Huyuk…) y las primeras civilizaciones (sumerios, acadios, egipcios, hindúes, chinos, persas, griegos, romanos…), toda cultura se ha desarrollado en detrimento de la naturaleza del ser humano, y no en armonía con ella, lo cual ha generado una humanidad estructuralmente infeliz o, en mejor de los casos, resignada a su suerte. Decía Henry David Thoreau que «la inmensa mayoría de las personas arrastran una vida de callada desesperación».

    Sin embargo, no han faltado a lo largo de la historia las minorías sensibles, lúcidas y espirituales que, a despecho de la mentalidad mayoritaria de su tiempo, han construido alternativas felices, humanas y sencillas, a modo de pequeños nichos de gente plena y alegre, al integrar de manera armónica naturaleza y cultura. No en vano sostuvo Chesterton que «a cada siglo le salva la inmensa mayoría que se opone a los criterios de la inmensa mayoría». Nos referimos a los taoístas chinos, a los cínicos griegos, a los primeros monjes cristianos, a los sufíes del siglo XIII, a los románticos del siglo XIX o a los anarquistas y los hippies del siglo XX.

    ¿Y en nuestros días? Probablemente no tengamos perspectiva para advertirlo, por aquello de que el árbol no percibe el bosque, pero si analizamos un poco, podremos advertir que está surgiendo una nueva contracultura, por más que los valores dominantes de nuestro tiempo traten de sofocarla o de ocultarla. Así, y sin que apenas nos demos cuenta, se están popularizando determinadas apuestas, que vamos a exponer a continuación:

    -El feminismo radical: más allá de la necesaria reivindicación de determinados derechos con respecto al hombre, este consiste en una feminización de la sociedad, en detrimento de los valores masculinos (el belicismo, la propiedad, la desigualdad, la fuerza, el poder…), emergidos del patriarcado, que elevado a sistema económico evoluciona al capitalismo.

    -El ecologismo biocéntrico e integral, que a diferencia del ecologismo antropocéntrico considera que el centro de la vida es la vida y no el ser humano, elemento marginal a lo largo de «la trama de la vida» (Fritjof Capra), a nivel cósmico y planetario, por lo que debe adaptarse e integrarse a dicha trama y no al revés.

    -Las ecoaldeas o pequeñas comunidades rurales autogestionadas desde lo asambleario, lo igualitario y lo ecológico, en donde todo se produce, gestiona y consume eliminando la huella ecológica, y organizando la vida según el principio de Schumacher de que lo pequeño es hermoso, generando una apuesta por una vida feliz, humana, espiritual, artística y en armonía con nuestra verdadera esencia natural y emocional.

    -El anticonsumismo, a partir de las tres R (reducir, reciclar y reutilizar), permite descubrir la gran calidad de vida de una cotidianidad sin auto, sin televisión, sin celular, sin casa en propiedad o sin cuenta en el banco, según la posibilidad y el nivel de conciencia. Así, disminuir los objetos a acumular permite no solo tener menos preocupaciones, sino en teoría menos horas de trabajo, para disfrutar de un ocio humano y espiritual, que como tal apenas cuesta dinero (un buen paseo, una buena carcajada, un buen libro, un buen partido de fútbol, un buen concierto de música…).

    -La banca ética: entidades financieras en lo funcional, son organizaciones alternativas en lo ético, pues otorgan créditos sin intereses con criterios no de rentabilidad, sino de valor social y, además, no invierten en narcotráfico, armas o prostitución. Y no solo son funcionalmente pertinentes (concesión de créditos, domiciliación de nóminas…) sino que, contra lo que cupiera pensar, son rentables y, por lo tanto, viables.

    -El neorruralismo: en los países industrializados e hiperurbanizados, como reacción a los altos niveles de estrés y a la crisis económico-social no superada, se ha descubierto que en los pequeños pueblos, una vez dotados de todos los servicios mínimos necesarios (carreteras, conectividad, energía…), la vida es más bella, feliz, económica, humana y espiritual.

    -La agricultura ecológica, consistente en una conjunto de granjas cuya producción agropecuaria está dotada de, a lo largo del proceso elaborativo, unas determinadas garantías de calidad ecológica (ausencia de humo, renuncia al uso de transgénicos, utilización de fertilizantes naturales…). Dichas garantías no solo preservan nuestra casa común, sino que son una ayuda insustituible de cara a una vida más sana, y por tanto más feliz.

    -Las tiendas de comercio justo, que a diferencia del comercio convencional, presenta determinadas características éticas al vender productos sanos, útiles y ecológicos a la vez que, eliminando a la figura del intermediario, a menudo abusiva, y sustituyéndolo por las redes alternativas de consumidores, posibilitan que las comunidades productivas aumenten sus ganancias, que a su vez se generan mediante unas prácticas sociales, igualitarias y ecológicas.

    -El boicot a las multinacionales. Como es sabido, las principales multinacionales (Palmolive, Nestlé, ITT, Texaco, United Fruit Company, Bayer…), agrupadas mediante la denominada Comisión Trilateral (verdadero gobierno mundial a la sombra), han llevado a cabo todo tipo de prácticas genocidas contra comunidades, mujeres, ciudadanos, países y planeta. Por ello, se propone no consumir, en la medida de lo posible, productos de estas empresas, fomentando a cambio el comercio local y de pequeños productores.

    -El cooperativismo o pequeñas empresas cuya propiedad está en manos de sus trabajadores, quienes aplican criterios de reparto equitativo de ganancias y, si es posible, de dotarlo de una adicional identidad social, ecológica y feminista.

    -Las cooperativas integrales, en las cuales se atiende a la autogestión entre sus miembros, no solo en el proceso productivo y de consumo, sino en el de otros servicios básicos como la educación, la salud, la cultura y las finanzas, siempre en clave social e igualitaria.

    -Las economías en transición o pequeñas iniciativas locales de diversa índole (social, autogestionaria, ecológica, espiritual, feminista…), cuya vocación consiste en integrarse en otras iniciativas para constituir una red cada vez más tupida y trascender esta sociedad capitalista, industrialista y deshumanizada.

    -Los okupas y los centros sociales autogestionados: el primero es desobediente civil que incumple la ley notoriamente injusta (como el caso de España, país donde puede haberse expropiado las casas de hasta un millón de ciudadanos, y donde como con razón denuncia Rafael Correa, la ley permite «gente que necesita casas sin casa, y bancos que no necesita casas con casa»). En este contexto, el okupa habita una casa abandonada para dotarla, al margen de la ley, de la función social que le corresponde. Cuando a dicha casa un conjunto de okupas la dota de determinados servicios culturales abiertos al público (conciertos, talleres, debates, cine, charlas…), se transforma en un centro social autogestionario, de carácter no lucrativo y de toma de decisiones asamblearia.

    -El animalismo o reflexión teórico-práctica que sostiene que los animales deben ser sujetos de mayores derechos, entre ellos el de no matarlos para nuestra alimentación, no usarlos como cobayas, y de, en general, considerarlos con el mayor respeto posible. De ahí el vegetarianismo o, en su versión radical, el veganismo.

    -El Sumak Kawsay o conjunto de saberes ancestrales andinos. Se basa fundamentalmente en la búsqueda de la plenitud y de la felicidad en función de una triple armonía concéntrica: con uno mismo, con la comunidad y con el cosmos. El mundo andino tiene que ofrecer a la ciudadanía mestiza el anteponer la vida al productivismo, el comunitarismo anti-individualista y determinados valores ecológicos, en referencia a la actitud de reverencia ante la pachamama. El teólogo Josep Estermann afirma el elevado nivel de la filosofía andina, que nada tiene que envidiar a la occidental, y que en algunos conceptos recuerda al taoísmo chino, tal vez el mayor sistema filosófico de la humanidad.

    -Las espiritualidades suprarreligiosas. Si la espiritualidad es un fenómeno natural (que no presupone necesariamente la creencia en Dios), la religión (sistematización práctico-funcional de aquella) es un fenómeno cultural que, por diversas razones, se ha convertido en una cáscara vacía. En nuestros días, se asiste a un renacer espiritual, ya detectado por numerosos autores («el siglo XXI será religioso o no será», apuntó André Malraux), consistente en nuevas fórmulas no teístas ni de mentalidad occidental (meditación, reiki, suprateísmo, naturalismo, vida sencilla…), que si bien suponen una apuesta digna de consideración, no dejan de verse banalizadas por corrientes tipo Era Acuario o New Age.

    Todas estas propuestas son, más que revolucionarias, contraculturales. La revolución es la lucha por un orden social justo, que elimine la pobreza, el hambre y la desigualdad, lo cual es necesario pero insuficiente. La contracultura va más allá, pues integrando a aquella, pretende una revolución cultural o cambio de mentalidad, y acabar con una civilización que, como todas, ha creado una humanidad infeliz por reprimir la naturaleza en nombre de la cultura. Por ello, las apuestas revolucionarias clásicas (socialismo, comunismo, sindicalismo, movimiento obrero…) fracasaron por no ir a la raíz de los valores occidentales (machismo, materialismo, racionalismo, industrialismo, productivismo, patriarcalismo, monoteísmo, militarismo, positivismo, cientificismo…).

    Estos valores que acabamos de enumerar son los propios de la modernidad occidental que, como es sabido, es un conjunto de referentes emancipatorios, emergido de la quiebra del Antiguo Régimen, o síntesis de lo político (monarquía absoluta), lo religioso (teocracia) y lo económico (feudalismo), surgiendo las revoluciones, tanto políticas (francesa, soviética, china…), como económicas (capitalismo antifeudal, comunismo anticapitalista…), o científico-técnica (desde la máquina de vapor de la 1ª revolución industrial hasta la conectividad de la actual 4ª revolución industrial).

    Dicha modernidad decimonónica es la ilustración dieciochesca puesta en práctica. Esta ilustración, como es sabido, es una reflexión de numerosos autores (Montesquieu, Voltaire, Condorcet, Diderot, D’Alembert…) consistente en la creencia en el progreso lineal de la humanidad, a partir del uso de la razón que le llevará a la felicidad. El paradigma de la ilustración fue necesario en su contexto para luchar contra grandes lacras de la humanidad, tales como el fanatismo, el milagrerismo, la desigualdad, la barbarie, la ignorancia, las guerras, etc.

    Sin embargo, las bases conceptuales de la ilustración fueron Descartes y Newton, padres del racionalismo filosófico y de la física clásica, respectivamente. Descartes sostenía que la facultad epistémica del ser humano era la pensante, en detrimento de la sentiente, y que fuera de la razón nada había digno de consideración. Newton, a su vez, afirmó que el universo es una perfecta maquinaria de objetos sólidos e independientes (planetas, personas, animales, objetos, átomos…) relacionados entre sí mediante leyes objetivas e inmutables y cuya base era un Dios a modo de motor inmóvil. Por tanto, fuera de lo objetivo, concreto y mensurable, nada había de real.

    Es por esto que el proyecto de la modernidad, solo apto para la minoría blanca, burguesa, europea y masculina, es una solución falsa frente al estancamiento de la humanidad, dadas las características anteriormente apuntadas (racionalismo, positivismo, materialismo, monoteísmo, industrialismo…). El socialismo, el comunismo, el marxismo, y las actuales corrientes emancipatorias (al menos las hegemónicas) han fracasado porque su aparato epistémico es fútil. De ahí el fracaso del paradigma de la modernidad, y de su huida en falso, la postmodernidad.

    Hoy día, hay todo un corpus de autores y principios que cuestionan la falsedad epistémica de la modernidad: la física cuántica y la teoría de la relatividad negando la existencia ontológica de la materia, base del universo newtoniano (Heisenberg, Rutherford, Einstein), el subconsciente como refutador de la razón como aparato epistémico (Freud, Fromm…), la constatación de la parapsicología y de la integración de toda la materia (Jung, Sheldrake), el carácter vivo de dicha materia (Bateson, Varela, Prigogine…), la constatación de los fenómenos místicos (de la Rubia, Johnston, Caplan…).

    Todos estos mimbres están generando la transmodernidad o superación de la modernidad (y de su huida en falso, la postmodernidad), consistente en volver a levantar unos nuevos grandes relatos emancipatorios, como pretendió la modernidad, pero sin los errores epistémicos de la física clásica que, aun refutados uno por uno, siguen formado parte de nuestra mentalidad y de nuestra cotidianidad. Sin embargo, poco a poco van emergiendo unos novedosos paradigmas epistémicos, dotados de las siguientes características:

    • Interrelacionalidad de la realidad
    • Valor de lo micro
    • Realidad fluida, no rígida
    • El aparato epistémico no es la razón sino la emoción
    • Inexistencia ontológica de la materia
    • Carácter vivo de toda la realidad
    • La energía como arjé de toda realidad
    • Base espiritual (no necesariamente religiosa) de la vida
    • El centro de la vida no es la humanidad, es la propia vida.

     

    Si se observa bien, estos elementos de la realidad son los opuestos a las bases de la modernidad. Por ello, el viejo paradigma emancipatorio fracasó. Ahora, con estos mimbres, se debe adaptar el novedoso paradigma epistémico al plano social, haciendo emerger un novedoso paradigma emancipatorio, que consistirá en los siguientes elementos:

    • Crear muchas pequeñas iniciativas liberadoras e interconectarlas
    • No se trata de tomar el poder (totalitarismo), sino de diluirlo desde abajo
    • La lucha debe ser festiva y lúdica, antes que marcial y rígida.
    • La base de la lucha no es tanto el intelecto como la emoción (espiritualidad).
    • La lucha no es solo económica social sino holística e integral (el ocio, la alimentación, la espiritualidad…).

     

    Ahora bien, si analizamos, veremos que estos elementos son el fundamento de las actuales contraculturas, pues son las apuestas liberadoras que rompen con el paradigma de la modernidad, la cual, junto con el paradigma judeo-ristiano, constituyen la base de la errónea epistemología de occidente.

     

    Creemos que una nueva contracultura está emergiendo y creciendo, pasando de ser alternativo a ser alternativa. No se nota porque estamos sumergidos en la prisa, el estrés y la tecnolatría. Pero cualquier persona lúcida o inquieta lo podrá advertir, a poco que reflexione. Tal vez en esta apuesta se defina el surgimiento de una nueva humanidad, más amorosa y feliz. O como dicen nuestros taitas y amautas, un nuevo pachakutic. Y quizá, a diferencia de la caída de los incas a la llegada de Pizarro, ahora amanezca a mitad de la noche.

     

    Nacho Dueñas

    Profesor de la UNAE


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