El proyecto de la inmanencia. Claves cotidianas para una mirada ausente

Social & Opinión
Jul, 2018
Artículo por Ramiro Urgilés Córdova
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Hace más de noventa años, Martin Heidegger (1), después de cavar hondo sobre la pregunta fundamental formulada por Leibniz (2), le dio un golpe con guante blanco —teñido con sangre tras su adhesión al nacionalsocialismo— a las filosofías materialistas-positivistas (3). Se vio afectado especialmente el marxismo en su iluso intento por negar la duda por el ser (4). Nos corresponde a nosotros, herederos del interregno, situar la obra de Heidegger, y la de muchos otros, en la silla vacía de las categorías de validez dispersas en los vientos del capitalismo del siglo XXI. Ante tan difícil tarea, considero prudente —una vez más— partir de la otredad como elemento fundante de las categorías morales y sociales, solo así nos será posible llegar al punto de no retorno kafkiano y a la tragedia trascendental dostoievskiana (6) tan necesarias en el reseco sinsentido racionalista que recorre las venas abiertas de lo occidental.

Lo cotidiano ha invadido todos los espacios, incluso los que creíamos reservados para el imperativo de la disidencia, los nexos humanos de relación social han sido determinados —como acertadamente afirmaba Marx— por las estructuras de producción económica, pero no nos encontramos en la era de los ofendidos, aún menos en la de la lucha de clases; en este periodo, difícil de determinar por cierto, todos nos hallamos «por debajo del sol» en el común oprobio. La cotidianidad es la mayor expresión de un poder desvinculado de todo proyecto humano, basta con leer algún libro de Bukowski, heredero del hastío existencial europeo, para darnos cuenta de las terribles consecuencias que el tecnicismo, y su asunción como dios mortal, trajo al hombre contemporáneo.

Volviendo a la idea de la otredad, Emmanuel Lévinas, en su libro De la existencia al existente escrito durante su cautiverio (7) y publicado veinte años después de Ser y Tiempo sostiene que la ontología heideggeriana está asociada a la voluntad de poder, al ateísmo y al egoísmo.

De igual forma el filósofo lituano afirmaría que aquello que otorga un sentido a los entes en el mundo produce una impersonalidad árida, neutra y sutil que únicamente podría ser superada en el ser para el otro, momento ético de respeto espontáneo a la alteridad.

En síntesis, la otredad es el reconocimiento a la existencia del otro, un reconocimiento espontáneo que no genera una comunidad política (8), más bien es productor de una ética fundante que debería penetrar en todas las instituciones sociales (9), no como un valor creador que deba perfeccionarse con el hábito, sino como el reconocimiento natural —no lógico— de la existencia de alguien más distinto al Yo y del que poco se puede decir. De esta forma se podrían levantar espacios de libertad dialógica, erigir renovadas instituciones —si son necesarias— en las que el proyecto humano se encuentre plasmado en su totalidad.

Se dice que los hombres tienen prohibido soñar con el paraíso y la otredad. Un sueño que parece tener bastante de utopía; creo, sin embargo, que la otredad es la cara opuesta a la utopía ya que no propone renunciar a los valores relativos ni al proyecto humano basado en la sociedad de consumo liberal. La figura del otro golpea nuestras mesas —desiguales en su mayoría— y pone de manifiesto la banalidad de las claves de la inmanencia. Estas claves se han perfeccionado durante más de un siglo. Pueden agruparse realizando un sencillo esquema de tres partes: la existencia de valores que responden al esquema liberal, el componente hegemónico mediático y los estímulos de la impermanencia. A manera de hipótesis, planteo que el primer nivel, el de los valores liberales, determina en gran medida el juego del elemento mediático y el de los estímulos. Sin embargo, también reconozco que existe un canal a través del cual los dos niveles se alimentan e intercambian información.

De esta manera, como afirma Boaventura de Sousa Santos «Tan difícil es imaginar el fin del capitalismo, como difícil es imaginar que el capitalismo no tendrá fin». El sustrato relativo parece imposible de superar. El capitalismo en todas sus versiones, sabores y colores desde el Keynesianismo al neoliberalismo se ha convertido en una especie de vómito dulce, el arma que endulza nuestros labios con nuestra propia sangre.

Pero no todo está perdido, todavía nos quedan espacios para la rebeldía, pero no la egoísta rebeldía camusiana (10), sino un grito rebelde que tenga como propósito despertar al otro que yace en el olvido. Solo a través de nuestra voz de protesta, de nuestro grito, después de haber dormido más de un siglo en la dulce cama del capital, será posible pensar en relaciones sociales auténticamente humanas y en constructos sociales que no sean ajenos a nuestra naturaleza. Si bien la eternidad —en sentido amplio— es la dulce quimera de poetas y novelistas, no somos impermanentes, somos dueños de eternidades pequeñas y de sueños sencillos. Los usufructuarios de la incertidumbre debemos tener el firme propósito de plasmar nuestras huellas —pequeñas y grandes— en la arena de este bello mundo que nos ve transitar; miremos el magnífico cielo que nos cobija y brindémosle este nuevo canto a nuestro prójimo:

Sin estas noches bendita sea la vida, nuevamente va.

 

  1. Revisar con especial cuidado Ser y Tiempo publicada en 1927.
  2. Principios de la naturaleza y de la gracia, Leibniz (1927).
  3. Entre ellas el marxismo y todas las derivaciones del positivismo (incluyendo al liberalismo) iniciado con Kant y Hegel en su afán por asimilar la filosofía a la ciencia. Para mayor entendimiento revisar «El marxismo y el liberalismo. Dos caminos hacia la resignación positiva».
  4. Revisar ¿Qué es la filosofía? de Howard Selsam.
  5. «La producción artística: un acto de irreverencia. Mirar al otro a través de la rebeldía» Ramiro Urgilés Córdova. República Sur (2018).
  6. Figuras literarias utilizadas para ejemplificar escenarios humanos en los que las categorías morales fueron redescubiertas.
  7. Es de vital importancia para comprender la relación entre la técnica y el holocausto leer Dialéctica de la Ilustración de Theodor Adorno y Max Horkheimer (1944).
  8. A partir de la escuela contractual, el modernismo sostuvo que a partir de la voluntad se generaba una comunidad política.
  9. La otredad no determina un específico tipo de instituciones o modelo socioeconómico, se centra en las relaciones socioafectivas.
  10. “El mito de Sisifo” de Albert Camus (1942).

 

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