Chimbote en el plano cartesiano. Apuntes de política

Social & Opinión
Jul, 2018
Artículo por David Añazco
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Chimbote es un personaje curioso, desagradable y burdo de la literatura ecuatoriana; entre las grietas del realismo social permanece masturbándose viendo una vieja muerta. Una escena probablemente vergonzosa: un muchacho que se excita con el traste de la tragedia —apenas un pedazo del culo de una vieja muerta—.

Hoy lo pongo en relieve para plantear su similitud con las élites de éste país: la tragedia les excita.

Este país ha vivido una década de transformaciones, no sé bien en qué sentido, pero diez años en los que se pusieron sobre el imaginario social conocimientos, tensiones, aspiraciones y sueños colectivos que antes del pacto constitucional, no eran sino estrictamente marginales: Buen Vivir, economía popular y solidaria, soberanía alimentaria. ¿Cuál es la tragedia actual? Que esos conceptos potentes vuelven poco a poco a una marginalidad vergonzosa.

El Señor Presidente, por ejemplo, se ocupa en cada alocución de sostener que es importante vitalizar «nuevamente» el sector privado. Eso supone dos injusticias históricas, en primer lugar desconocer que en estos últimos diez años los sectores privados generaron ganancias como nunca. No hubo revolución, hubo distribución y eso es un poco justo, pero a la final no es justicia económica. En segundo lugar, es empujar fuera de lo importante a la economía popular y solidaria desconociendo la orientación económica que plantea nuestra Constitución en el artículo 283[1].

Así pues, parecería que en la actualidad hablar de soberanía alimentaria, por ejemplo, es casi como hablar de los colores de una manilla, una manilla bonita, pero a la final es folclorizar la discusión. El concepto de soberanía alimentaria es de radical importancia, pero el Chimbote de la oligarquía nacional «se pajea» con la constitución. Puede usted notar cierto tonito barriobajero, malcriado, altanero de mi parte. A veces, hace falta hablar/escribir cepillando a contrapelo.

El proyecto movilizador ecuatoriano que se denominó Revolución Ciudadana (¡no confundir con Alianza País!, no sea miope) hoy paga la irresponsabilidad de un gobierno liderado por un presidente brillante que, sin embargo, miró con desdén la organización social/popular —craso error, compañerito—.

La política, para que logre dar cabezazos para romper las bases que fundan la injusticia, no puede legarse a los buró/tecnócratas. Como decía Roque Dalton, a un burócrata hace falta plantearle un problema ideológico para que mire en el espejo su cara de vampiro.

Eran pues, o mejor dicho son, los movimientos sociales los que debían sacar a patadas al Buen Vivir, al sentido constitucional de los escritorios y de los modelos de un país perfecto que resulta efímero y directamente proporcional al bajón del petróleo, para ponerlo en una discusión nutrida de colores y posiciones, ¡para que haga sentido en el pueblo!

Podemos jugar al periodista deportivo y recurrir a la lucidez postfacto para decir que lo que ocurre en el país era previsible. El retroceso de Correa con la Ley de herencias ya presagiaba una tragedia. La rebelión de las élites cobijadas en banderas negras, movilizándose en sus carros lujosos, quejándose por la Nutella y convenciendo a las clases media-bajas que era un gobierno de mierda, cuando lo que en realidad estaba en cuestión era la impecable comodidad y el chocolate de unos pocos. Ganaron la calle y controlaron el sentido común. Ahora quienes abrigan el poder político, son los mismos que enarbolaron las banderas negras en el 2015.

Era difícil imaginarlo porque nos hacía falta profundidad; quién se hubiera imaginado que al Ministerio de Economía y Finanzas —que a mi modesto juicio es el más importante— hubiera llegado directo y como por atajo, nada más y nada menos que el propio presidente de la Federación de Cámaras.

Algo impensable, pero insisto, a nuestra imaginación le hacía falta profundidad. Habíamos desconocido, o mejor dicho, no habíamos podido ver que en realidad Lasso no era la candidatura de la oposición, sino era la candidatura de la burguesía financiera de este país y que Lenín, subrepticiamente, era el candidato de la burguesía comercial. No lo alcanzamos a ver.

Ahora bien, imaginemos que la política en el Ecuador es un plano cartesiano. Lenín es cero, pero es el centro en plenitud, el que concentra apoyos. A su derecha y arriba se encuentra la burguesía comercial (+x +y), la burguesía financiara (+y). A su izquierda se encuentra un sector importante de la izquierda que fue oposición a Correa y que ahora tiene espacios pequeños pero importantes en la configuración política (–x – y).

A la izquierda del gobierno (–x) se ubica un sector de la izquierda que apoyaba a Correa pero que ahora se empieza a cuestionar el apoyo a Lenín. Todo lo de arriba representa el apoyo que concentra Lenín. Abajo, no hay nada o muy poco. La resistencia al gobierno de Lenín es muy reducida, individualizada casi, sin capacidad de afrontar la situación con seriedad. El llamado correísmo no es otra cosa que fanaticada, no se puede asumir como un contradictor coherente y organizado como para replantear el tablero.

Moreno tiene el apoyo de la chicha pero también de la limonada. En política no se pude ser así. No por moral, sino porque estamos en un país en que las injusticias y las brechas siguen siendo amplias y en donde pocas familias siguen concentrando muchísima riqueza, donde la resultante lógica es que poder económico se traduzca en poder político.

Eso era lo que puso en cuestión el gobierno de Correa, alejó el poder político principalmente el de la burguesía financiera, pero estuvo muy cerca de la burguesía comercial. El poder político repartido en migajas en medio de hambres voraces de poder no es buena idea. Es decir, el plano cartesiano tiene relieves que favorecen a las clases dominantes.

Estas van a ir a asaltar el poder político y eso hará que se muevan las posiciones en el plano cartesiano propuesto. Varios sectores van a pasar a la oposición, es decir, al espacio de abajo del plano. Se convertirán en oposiciones de izquierda y de derecha. Porque, insisto, es insostenible. En política se es chicha o limonada, pero lo que vivimos es en la incertidumbre de «ni lo uno ni lo otro». Que el presidente recuerde a San Martín: «serás lo que debas ser, o no serás nada».

A medida que se aproximen las elecciones seccionales, habrá mayor tensión y será el tiempo donde se produzcan las rupturas. Esta situación, tal y como se ha gestionado el gobierno, va a provocar tensiones que al no ser equivalentes harán que la derecha entre definitivamente al gobierno. Confieso asustarme con la posibilidad de que, en su voracidad terrible, vayan por la Constitución. Al final, estarán masturbándose frente a la terrible escena de una constitución destrozada.

El poder económico está envalentonado, solo es posible resistir con Poder Popular. Diría Cortázar que la esperanza es la vida misma defendiéndose. Defender la Constitución, frente a esas hienas, es defender la vida.

[1] Art. 283.- El sistema económico es social y solidario; reconoce al ser humano como sujeto y fin; propende a una relación dinámica y equilibrada entre sociedad, Estado y mercado, en armonía con la naturaleza; y tiene por objetivo garantizar la producción y reproducción de las condiciones materiales e inmateriales que posibiliten el buen vivir.

 

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