Análisis del Hecho Cultural

Social & Opinión
Nov, 2015
Artículo por Joaquín Díaz Hoyos
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Fuente: Municipio de Cuenca FACEBOOK

Merece la pena que contemplemos el “hecho cultural” desde dos ámbitos, como modalidad expresiva que se impregna en el tejido social, es decir, como elemento de convivencia en y de su estructura; y como elemento religioso, es decir, obviado desde la perspectiva de su instrumentalidad y observado como elemento susceptible de dar sentido a la existencia del elemento y del grupo.

Desde esta doble vertiente, la relación que establecen lo “cultural expresado” y lo “cultural percibido” es una relación simbiótica, conviven sin perder su independencia. Seguramente por ello, la percepción y asimilación de las manifestaciones culturales presentes y pasadas deberían acompañarse de sus correspondientes expresiones, interpretaciones de la realidad materializadas con los instrumentos de la comunicación que imperan y de alguna forma determinan el momento histórico en el que se vive. Solo así la experiencia cultural será completa y podremos hablar de cultura integral o de identidad cultural de los pueblos. En este sentido unitario, la cultura realiza una triple función:

1.- Por un lado, circunscribe visualmente a los hombres, es decir, muestra los límites territoriales en los que se preserva la intimidad o en los que se debate la convivencia pública, permitiendo la continuidad física de sus grupos.

2.- Por otro, facilita el sentido de pertenencia individual y colectiva mediante la creación continua de mecanismos de identificación y diferenciación del sujeto, en relación a su grupo y a otros grupos de referencia, permitiendo la continuidad psíquica y estructural de sus sociedades.

3.- Finalmente, la cultura proporciona una percepción transcendente del entorno, lo que permite plantear parámetros y niveles de relación voluntarios con el mismo.

La cultura constituye en sí misma un proceso de adaptación de comportamientos de raíz instintiva (sexo, huida, agresión y alimentación) basados en su ritualización y cristalizados en usos y costumbres tradicionales. La continuidad cultural se sostiene en una adecuada transmisión de las culturas tradicionales.

Para que este proceso sea eficaz, y lo es cuando sus resultados y sus comprobaciones prácticas redundan en una mejora de las condiciones adaptativas (de la especie), es necesario que exista cierta armonía entre el Sistema de Representación Social y el propio Sistema Social.

En el Esquema Cultural, el Sistema de Representación Social, constituido por los medios de comunicación de masas (prensa, radio, televisión, cine, videojuegos, internet, etc.), los instrumentos de comunicación intersticiales (aquellos que sin ser masivos llegan a una colectividad, por ejemplo: folletos, carteles, videoclips, etc.), y los interpersonales derivados de la comunicación cara a cara serían los encargados de materializar, a través de representaciones concretas, y difundir las simbologías culturales y los mecanismos socializadores sobre los que se dibujan los diferentes de la conducta social. No obstante, observamos que los paradigmas culturales, para ser eficaces, precisan, amén de ser representados, de cauces que permitan la expresión natural del ser humano.

Históricamente, los sistemas de representación nos revelan, desde el medievo, una progresiva separación entre los dos aspectos que condicionan la transmisión de la significación cultural: el significado convencional de sus símbolos y la imagen que proporciona el reconocimiento de su estructura. Esta escisión se ve favorecida de forma espectacular por los medios de representación contemporáneos que operan en niveles muy altos de iconicidad, son capaces de amplificar sus contenidos masivamente y ofrecen cantidades y velocidades de información muy superior a las habituales. Cuando este proceso se acelera, la conexión que el sujeto establece entre los símbolos y los mecanismos socializadores se ve impedida, en esta circunstancia el sujeto tiene que recurrir a su propio bagaje cultural para determinar el significado de aquello que se le transmite. Este hecho, que constituye una de las características principales de la cultura de masas, no se sostiene, lógicamente, cuando el bagaje cultural procede (como ocurre con las nuevas generaciones) de los propios medios de comunicación (televisión, máquinas recreativas, publicidad, videojuegos, internet, etc.) en estos casos, lo que se produce es una “experiencia cultural vacía de contenido”, dado que es imposible por las tres razones que hemos dado (iconicidad, velocidad, y cantidad) formarse una opinión completa de la realidad derivada de los estímulos mediatizados.

La consecuencia es inmediata, dado que toda experiencia cultural desprovista de significación (o significación incapaz de ser asimilada en el momento de la recepción/transmisión) redunda en una desestructuración de las vías tradicionales de la sociabilidad, al tiempo que las encauza hacia factores de consumo. La ausencia de estas vías de sociabilidad provoca, a su vez, la pérdida de funcionalidad de los símbolos, que se convierten en meros elementos sustitutivos de otra idea de valor, y cuyo sentido pasa a residir en su propia continuidad, es decir, en más consumo.

El resultado final redunda, a su vez, en una pérdida de identidad cultural intrínseca. Cuando este proceso ocurre a nivel masivo, la pérdida de identidad puede derivar en un fenómeno de disgregación social, que solo culmina con la presencia de nuevos equilibrios simbióticos entre los símbolos y los mecanismos socializadores que canalizan sus contenidos.

Las propuestas que desde el Taller de Espectáculos Animados TEA surgen de una valoración entre la relación que establece el Sistema Social con el Sistema de Representación Social y de ambos, con el Esquema Cultural. Quizás uno de nuestros objetivos sea el de trabajar a favor de un equilibrio social más justo pues pensamos que si bien la justicia es un concepto difícilmente aprehensible, una mejor y más completa compresión del entorno redunda por fuerza en una mejora de nuestras relaciones con él, con nuestros grupos de referencia y, en última instancia, con el propio individuo.

La velocidad de la nueva “revolución tecnológica y cultural“ que está en marcha y que se caracteriza principalmente por una involución en las formas tradicionales de adquisición del conocimiento, nos apresuran en la necesidad de seguir investigando, corrigiendo desviaciones, creando espacios de interrelación social públicos y construyendo nuevos referentes, baluartes que eviten que la representatividad de la cultura se vea socavada, desgajada, y en definitiva, despojada de su valor más preciado, que es el de proporcionar cotas de libertad a nuestra condición humana.

En esta visión general del problema cultural al que nos enfrentamos, pensamos, pues la experiencia así nos lo demuestra, que lo importante es detectar las necesidades que se observan en nuestra sociedad y poner en marcha los mecanismos socializadores que permitan satisfacerlas. Satisfacción que debe de dirigirse no solo hacia la mirada distante y fría del “voyeur”, sino también hacia la curiosa, diletante e inquieta mirada del niño, del joven y del hombre que reside en cada uno de nosotros y que clama, con gritos callados, su derecho a participar y a crear el espacio en el que vive.

Fuente: Municipio de Cuenca FACEBOOK

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