Tres conciertos de jazz

Mar, 2019
Artículo por Juan Francisco Vinueza
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  • Trajeron la música; aun apachurrados en el barco, golpeaban las tablas, y en eso, susurros a contrapunto y melancolías inesperadas.

    —Aquí tienes cincuenta violines, ¿crees que puedas sacar un blue blues para la otra semana?

    No se trata de eso, no es una competencia. Y no sé si estas grabaciones son las mejores, pero sí le puedo decir que estos discos los capturan, en plena creación, una epifanía in situ, sea porque el antro resultaba permisivo o porque los calderos estaban desbordándose.

    —Qué bueno que hayas estado grabando, porque esto no va a pasar nunca más.

    Ahora bien, si es que tenemos que abordar el tema de la chiripa yo le diría que el verdadero milagro es la calidad del sonido de los tres.

    —¡Dilo, dilo, dilo!

    —Es como estar allí.

    John ColtraneLive at the Village Vanguard: Master Takes (1961, NY)

    Esa humedad. Los teóricos han ido catalogando sus hallazgos en sábanas de sonido y cambios multitónicos, pero, para mí, el descubrimiento fundamental de John Coltrane es ese warmth, ese zumbido acechante que no nos lleva al Village Vanguard, sino a algún lago en Uganda, y que nos confronta con los mismos misterios que enfrentamos como australopithecus o como primeros sapiens. Sucede en tracks como «Africa», en «Out of This World» o prácticamente en todo el Love Supreme. Me parece que eso lo descubrió aquí.

    Lo descubrieron, quiero decir, porque lo que se suele identificar como la música de John Coltrane es la música del cuarteto de John Coltrane, la banda con más power de los sesentas, y que cuenta con Elvin Jones en la batería, maniático polirrítmico; McCoy Tyner en el piano, el sentido del momentum, y Jimmy Garrison en el bajo, que no solo trae los zumbidos a la selva, sino forma a la macumba (en un par de tracks está Reggie Workman, su predecesor). Arranca «Spiritual»: salimos de la caverna e ingresamos al santuario.

    —¿Oye lo que le digo?

    Coltrane y su compinche mala-influencia, Eric Dolphy, nos esculpen un relámpago tras otro, pero el groove es exuberante, no más que la sabana, si estamos hechos de lo mismo. Salimos cambiados y a la siguiente tempestad. En «Chasin’ the Trane», John nos muestra su lenguaje completo, cual soliloquio shakesperiano, ni un momento de respiro. Nos vamos a la India, groovy raga y cierran con Impressions, cúspide modal, quinteto en comunión.

    —¿Se imagina que los críticos hayan dicho que esto era el anti-jazz? No caiga en la misma trampa: cuestión de dejarse estar y los chirridos se vuelven trascendentales.

    —Cuestión de fe, dirás.

    Miles DavisThe Bootleg Series Vol 1. Live in Europe, 1967 (Antwerp, Copenhagen, París)

    —Tell me, motherfucka, now you feelin’ enlightened?

    Un tratado científico: termodinámicas y telepatías en un mismo documento. Llegan cinco negros flacuchos y sacan el magma caliente. Se ponen a jugar. ¿Con electricidad? No todavía.

    —¿Es esto jazz libre?

    —No me vengas con esa huevada. Este es el bop de siempre, y lo tocamos rectitos, de terno, a toda puta velocidad.

    —Sí éramos un poco más magos que músicos —dijo Herbie Hancock.

    —¿Qué se pegaría ese Williams, el de la batería?

    —¡Se van a desbaratar!

    —¿Si sabe que Wayne Shorter, saxo tenor, sigue sacando discos de vanguardia y que los críticos lo siguen alabando?

    —Escucha, no me importa que nadie te escuche —le había dicho Miles a Ron Carter, el alargado del contrabajo—, yo solo quiero trasladarme desde este sitio al que está más allá.

    Una nota a destiempo y mutación cataclísmica.

    —¿Puedes hacer eso de nuevo?

    El segundo quinteto. Vamos más rápido y verás que salen cosas. Miles es la súperestrella por obligación, pero en realidad su rol aquí es de chaperón excéntrico: mera quinta parte del frenesí. Todo vale. Quien quiera decir algo que diga lo que quiera.

    —Recuerdo una noche en la que toqué una nota tan mal como para arruinar la canción entera —dice Hancock—. Me llevé las manos a la cara, espeluznado. Miles me miró, se quedó un segundo en blanco y luego tocó su trompeta de forma que mi nota no discordara, que fuese la correcta. Y de repente, estábamos haciendo otro tema.

    Todos estamos de acuerdo: el avant-garde es una mierda, excepto cuando funciona. Ponle groove.

    —Listen up, don’t play the butter keys.

    Y cambia: quién sabe cómo, quién sabe hacia dónde, ritmo hiperfrenético, explosión inesperada; ahora nos calmamos y hacemos música de cámara.

    Thelonious Monk – Live at the It Club (LA, 1964)

    Cortázar narra la expectativa fuera del concierto en Ginebra; misma alineación, dos años después: «cruzaremos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo». Y luego: «ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk». ¿De qué está hecha la noche? (ya que estamos en eso). ¿De qué está hecho el silencio? Thelonious responde con un estándar de ese rato, los dedos planos, como si acabase de conocer lo que es un piano. Esto, esto es lo que buscabas: agradables pantomimas y nuevas calmas dislocadas.

    La noche de Thelonious otra vez extrae una melodía encantadora, perfectamente tarareable, como si hacer canciones fuese lo más fácil del mundo. Pero cuando debe tocar la nota que la completará, se salta. Que resuene el vacío y aquí no ha pasado nada. ¿Debíamos tocarla nosotros? ¿Qué?, ¿se está burlando? ¿Pero de quién? And then, he swings along, porque esto de hacer música es una cosa sencilla, infantil, mundana y maravillosa.

    Clava una disonancia de escándalo, como para que tengamos que reconstruirlo todo, pero con toxina; y cuando arremete de nuevo para enclarecer sus propósitos, llega al instante antes del desenlace, alza las manos del piano, se retira y que Rouse, Gales y Riley saquen adelante la velada hasta que él decida que es momento de la siguiente fechoría. ¿El misterio se construye con ausencias? ¿Los delirios más valiosos también traen sus simpatías? ¿Está cucú, Monk? Claro, pero sus siniestras estridencias no necesitan que bajemos el volumen o tapemos los parlantes: son inevitables, son la misma cosa, son lo que completa. Un greatest hits de invenciones imperfectas, la noche dada cuerpo, no más que trazar otro círculo desde dentro del tiempo.

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    Fuente: Thelonious Monk


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