Niño, extiende la alfombra roja (y tapa bien) que llegan los Óscares

Mar, 2019
Artículo por Rocío Perez
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  • Como cada año, Hollywood se viste de gala para su mayor despliegue de glamour, industria y, a veces, cine. Una semana antes de la entrega de los Óscares, Los Ángeles, la ciudad que alberga tan esperado evento, se vuelve un poquito más loca, más inhóspita, más fría y mucho más inhabitable que de costumbre.

    Explico, a continuación, tan osada afirmación.

    Por circunstancias de la vida y de una irónica conjunción planetaria, ahora vivo aquí, como en una película. Un film de serie B de un género que podríamos calificar entre terror y comedia cotidiana con toques de acción esperpéntica. Y claro, vivo en Hollywood, para ratificar los tópicos. Todos los tópicos, menos uno: yo no quiero ser actriz, como las miles de chicas que trabajan en cualquier cosa que pueden hasta «ser descubiertas». A mí me gustaría mucho más estudiarlo pero no consigo mecenas para ello.

    Desgraciadamente, no exagero con el tópico, lo visteis antes en un buen número de películas, de las que quizás, la que más nos viene a la memoria sea La ra La ra La ra La La Land. Si hay algo que le gusta a Hollywood es venderse bien a sí mismo. Es experto en crear su ilusión meritocrática y «concidencial», cuando más bien la oportunidad reside en tener padrino, varita mágica y un buen perfil izquierdo que coincida con la idea de quién te hace el casting, entre otras cincuenta cosas. Pero no vayáis a creer que es una cosa de chicas, los chicos hacen exactamente lo mismo… bueno, cobran más por el mismo trabajo basura, como en casi todas partes… pero también esperan, mientras tanto, «tener una sola oportunidad de demostrar lo que valen».

    Y así van pasando los años… un día se levantan con treinta y tantos…  el sueño se ha convertido en pesadilla. No en la de Elm Street, precisamente. Esa, al menos, tuvo secuelas.

    Pero volviendo a la premisa principal, todo se vuelve más agónico en esta semana previa.

    Los sueños y esperanzas de cruzar una mirada con una estrella de la alfombra roja, servirle una copa y que recuerde tu cara o guardar los abrigos y deslizar un pendrive con las fotos y actuaciones de tu vida se mezclan ansiosos con calles cerradas, miles de turistas depredadores, atascos infernales, policías malhumorados y homeless, algo presente tanto o más en las calles de los ángeles que los propios aspirantes a estrellas.

    Esto fue lo que más llamó mi atención a mi llegada a esta ciudad, el gran número de personas que viven en las calles, en cualquier rincón, en cualquier parte. Rectifico, «casi» en cualquier parte, de zonas como Brentwood, Pacific Palisades o Beverly Hills son expulsados —ya que tienen la mala costumbre de reducir el glamour cotidiano—.

    Ya se sabe, ojos que no ven, pobre que no existe.

    Y en esta semana previa, todos estos homeless de Hollywood tienen que ceder su callejero hogar a los divinos pies vestidos de autor que utilizarán esta calle durante un par de minutos antes de desaparecer en la vorágine de su propio homenaje.

    Porque la fama no es para todos, ni el espacio, ni el tiempo.

    La desigualdad, en cambio sí lo es. Unos están arriba y otros, abajo. Pero están.

    Sin embargo, durante esta semana previa pareciera que no estuvieran. Me gustas miseria porque estás como ausente, al menos, por Hollywood. Porque incluso para la magia del cine es complicado hacer desaparecer a los miles de Homeless que habitan su calles.

    Creo que hasta que no vienes a esta ciudad, no eres consciente de esto. Estamos mucho más familiarizados con las palmeras y los vigilantes de la playa que con la impactante realidad de la «Land of Smoke and Mirrors», como la describe Vincent Brook en una interesante «urbangrafía» que reposa en mi vieja estantería de segunda mano.

    Porque, al igual que en el cine, lo que queda fuera del encuadre, no existe. Y el cine nos muestra palmeras, vigilantes de la playa despampanantes (aún los estoy buscando), fiestas, mansiones, glamour y estrellas que eclipsan incluso nuestra capacidad de preguntarnos «¿cómo demonios se sustenta esto?». Quizás Mike Davis diría al respecto: «con una pelea de gallos ricos del centro y el oeste». Pero seguro las malas lenguas lo llamarían comunista. Ya sabemos que es mejor ser consumista. Dónde va a parar.

    Preferimos ser obnubilados por una mentira que enfrentarnos a la realidad. Como dijo Sir Laurence Olivier: «¿qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿Y qué es actuar bien, sino mentir convenciendo?».

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    Fuente: Premios Óscar


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