Los Mimados del 2017 y un par de Viejos Amantes

Literatura & Cómics
Ene, 2018
Artículo por Issa Aguilar Jara
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Fuente: Complejo de Santiago Vizcaíno

Un acto meramente humano es aquel de realizar balances a fin de año, sobre si los 365 días que terminan nos trataron igual o mejor que a un burro de carga.

Es normal recordar a las personas que estuvieron a nuestro lado y a veces hasta de nuestro lado, los éxitos profesionales, aquellos episodios que contribuyeron para pajearnos el ego y demás.

Pero el amor, presente en todas sus curiosas formas, se mide para los mal llamados «ratoncitos de biblioteca», en aquellas bestias de papel que nos revelaron un poco la vida.

En lo personal, mi velador dio cabida a muchos autores nacionales este año. Y aunque el chauvinismo no fue intencional, me quedo con tres títulos que estoy segura, convencen sin esfuerzo.

Volver a la novela: qué placer

Al estilo más fiel de viejita temática, los últimos meses me había quedado varada en la lectura de poesía y crónicas periodísticas.

Pero uno de mis poetas favoritos, el quiteño Santiago Vizcaíno, publicó su primera novela titulada Complejo que vio la luz con la editorial La Caída.

Fue entonces inevitable el regreso a la lectura de este género, así como inevitable la fascinación que uno desarrolla con los personajes fuertes e inofensivos al mismo tiempo, como Willy, el protagonista de Complejo.

Comienza uno a justificar actitudes que quizá el mismo autor reprocha de su personaje, porque el encanto de la perversión de Willy nos vuelve minusválidos y sinvergüenzas para reconocer una identificación con la honestidad que maneja Santiago no sólo con el protagonista sino también con las situaciones, los ambientes y demás acompañantes de Willy.

Un escritor tan lúcido que parece estar decidido a escabullirse en cualquier lado excepto en el papel, mostrando quizá en Complejo la versión literaria más bella de sí mismo, y preparando una segunda parte que llegará el año próximo.

Todas envidiamos a la desgraciada

La semana pasada concluí con la lectura de Una Natural Tendencia a la Desintegración del también quiteño, Andrés Villalba Becdach.

Es difícil leer a un amigo pero es más difícil leer a un amigo talentoso porque en un mundo de egos que se disparan detrás de todas la trincheras, es muy complicado creer en los halagos.

Es por ello que, esta vez prefiero acercarme en lo (im) posible a la objetividad y decir que es el libro que más emociones me generó en el 2017.

El Tush, apodo con el que Andrés ha permitido que lo llamen los amigos, escribe un solo poema de ciento y pico de páginas para una mujer que parece alterarle los sentidos y vislumbrarle lo que él jamás había sentido.

Una dicotomía apabullante entre la descripción de su noviazgoruptura y el acto de parir belleza con un lenguaje ensordecedor y escalofríos en cada verso (salvándolo del patetismo como a pocos), me lleva a enviarle un mensaje directo a la susodicha ilustradora del cuervito: «¡No lo dejes ir, pendeja! ¿Crees que alguien más te inmortalizará en un libro tan bello, algún maldito día?».

No me atrevo siquiera a escuchar su versión porque tengo miedo de que me destroce al igual que la del Tush y un lector prefiere siempre defender la posición de su poeta:

solo quisiera celebrar contigo

en esta vida hermosa por haberte conocido

ahora que claudico en un absoluto estado

de levitación e impermanencia

gracias por ese guachito salvajemente diáfano

que tienes y ante el cual solo puedo inclinarme

llorar y romper el suelo a cabezazos

(Fragmento de Una Natural Tendencia a la Desintegración)

Una ruta sugerida

El nombre de Gabriela Vargas Aguirre no podría no aparecer como una de las voces más fuertes de la literatura femenina contemporánea, o al menos yo no podría dejarla de lado.

Uno de los textos con los que abre La ruta de la ceniza, su primer poemario, es precisamente 1984:

«Los cristales fragmentados dicen:

Una madre encadenada a la orfandad debe seguir siendo huérfana. También se es huérfano de hijos, pero esos se convierten en fantasmas.

Un padre que pierde la memoria no debe construir más de una casa porque entonces la casa empieza a repetir infinitamente un solo nombre. El suyo. La casa dice: papá está solo.

Se escucha por primera vez Piano Bar en Argentina, la niña nace el mismo día que Charly García y en Colombia tumban tranquilandia, esa noche por primera vez se dilatan sus pupilas, queda atrapada en el mundo y estornuda».

Sospecho que la belleza que crea Gabriela Vargas sobre las simples cosas, sobre las cosas más duras, es algo que ni ella misma lo sabe. Lo sospeché cuando la leí antes de conocerla y decidí no endiosarla.

Cuatro años después

Creo, estoy segura, bueno, lo confieso: gozo sobremanera de la literatura y la poesía que provoca lo mismo que el primer vasito de aguardiente en la garganta.

Así conocí en el 2010 al español Escandar Algeet, leyéndolo en su blog que actualizaba tan repentina y desordenadamente que decidí encargar sus libros a dos amigos que viajaron a España.

Su segundo libro, Un invierno sin sol, fue publicado en el 2013 pero lo leí apenas este año. Según el propio autor, «no es un libro, es una herida abierta y mil cicatrices sin cierre», y yo le creo, lo recomiendo y lo vuelvo a necesitar cuando quiero leer a alguien que escribe tal y como se le pega la gana.

Por recomendación de un gran editor y amigo, conocí en este 2017 al argentino Alberto Szpunberg.

Se me habrá taladrado el cerebro, yo no sé, con su libro de poesía reunida titulado Como sólo la muerte es pasajera. La contratapa está escrita por Juan Gelman, ante lo cual, yo no podría decir más nada.

Pero aconsejo, sin que nadie me lo haya pedido, porque los consejos que no se piden son los que más se detestan; que se mantengan distantes de los escritores a quienes admiran demasiado, por su bien, por el de ellos, y porque así nunca dejarán de saborearlos perfectos en ese peligroso lado izquierdo del pecho.

Fuente: Gabriela Vargas Aguirre


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