La primera vez

Mar, 2019
Artículo por Las perras de yeso
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  • A Río, su historia.

    ¿Cómo fue? Es que no te voy a ser del todo sincero porque ese día… mejor dicho, esa noche estaba yo muy borracho, pero no te vayas a creer que por borracho lo hice. Antes ya había pasado algo. Roces, miradas, decenas de veces con decenas de hombres, solo que nunca iba para más. Estaba yo apoyado de espaldas a una pared, salí de la discoteca para vomitar, adentro no podías mover un pie de la gente que había bailando y me quedaba más cerca la salida que los baños.

    Así que vomité y él apareció a lo poco de haber prendido mi cigarrillo. En calle del Ángel no se ve nada por las noches, es por eso que apenas si me fijé en cómo era. A esas horas lo único que ilumina cualquier cosa son los letreros de neón y una que otra ventana. Él se acercó preguntándome por una dirección que yo no supe decir, pues en ese entonces yo no vivía ahí, sino en Granada. Para cuando acabé mi cigarrillo lo vi volver, perdido, tal vez haciéndose el perdido, ya me observaba con un detenimiento que me hizo pensar que estaba enojado, buscando pelea, bien para divertirse o vengarse.

    La mirada de ciertos hombres, otra vez, se me hace difícil de descifrar. No sé lo que quieren. Antes, Natalia, ¿te acuerdas?, se acercaban y yo confundía unos ojos y dientes amables con el más descarado de los coqueteos, cuando no era así. Hasta veía guiños y todo cuando no era así, según los hijos de puta. Estuve muchas veces a esto de que me partieran la nariz, ¿te acuerdas? Aquel tipo perdido en calle del Ángel parecía ser el mismo caso, hasta que en menos de dos segundos estuvo a centímetros de mi cuerpo y a centímetros del estremecimiento que me hace padecer cualquiera al que le aguante su respiración con la cara.

    «Tranquilo» tuve ganas de decirle para que se me quitase de encima, pero en lugar de eso le toqué la mano y no puede ser que no me haya dado cuenta, Natalia, no puede ser. Así de bruto es mi tacto con vino y cerveza. No te rías, Natalia. Sí, le toqué la mano, la acaricié, me acuerdo, la acaricié como si tuviera plumas, pelaje, escamas o todo junto. Antes de cualquier pregunta volvimos a entrar a la discoteca, teniendo cuidado de no mancharnos los zapatos.

    Y encontré a mi prima que puso cara de mierda cuando me vio entrando con él, pero era de pura envidia, pensaba yo. Ella iba tan arreglada y no pillaba a ninguno, yo salgo a vomitar y se acerca un tipo como si aquello que cayó de mi boca hubiese sido miel y diamantes. A ese no te lo vas a llevar a casa de mamá, le leí en los labios a la muy guarra. Y le respondí que estábamos por irnos; la música, los baños repletos de yonquis, nunca será, con quién sea, un lugar para consumar a gusto. En una calle, incluso en un parque frío se está mejor. ¿Qué? Me gusta la palabra consumar, Natalia, solo contigo follo, quiero decir hago el amor, el amor, con el resto es consumar.

    Ya que te estoy molestando. ¿Sigo? ¿Me vas a escuchar? Mírame. Tú preguntaste, yo solo te respondo. ¿Quieres saber lo que me dijo?… Aunque para serte sincero no es que hayamos conversado mucho, ni siquiera le recuerdo la voz en palabras si no por gritos, gemidos. Supongo que poco pasó después de salir de la discoteca. Supongamos eso, supongamos, enseguida la invitación a su casa, el aburrimiento nos amenazaba y ninguno de los dos era un apasionado de las conversaciones sobre el clima, la luna, tampoco el turismo.

    Recuerdo que avanzábamos despacio, si bien nuestros besos eran desenfrenados, locos, de adolescentes que se tropiezan cuando se gustan. Yo fui quien primero le mordió en el cuello. Con ningún otro había llegado tan lejos. Mi correa casi se queda adentro del ascensor… y luego sentí como agarró mis nalgas con su mano izquierda, la que no había acariciado. Me detuve un instante y lo tumbé en el sillón, froté mis ojos, no supe lo que pasaba, lo que sentía.

    Mis ojos, sin que yo lo notara, parecían haber estado dentro de una caverna durante todo ese tiempo y las bombillas de su estudio hacían que perdiera la silueta de las cosas. La ciudad y las plantas en la ventana se revolvían y abrazaban como pulpos en una batalla, los muchos retratos colgados pestañeaban comunicándose entre sí. Solo su brazo, la prótesis, tenía forma, tamaño y color en medio del apartamento que se diluía. Ya recuerdo, me dijo algo, no fue una conversación, seguro, pero me dijo: ¿Me ayudas a quitármela?

    Era de madera. ¿Cómo voy a saber de qué tipo? No se lo pregunté. Cedro, qué sé yo, Natalia. ¿Tú le hubieses preguntado? Disculpa, antes de que te la quite, pudieras decirme: ¿Qué tipo de madera es? ¿Por qué no tienes todos los dedos?… No sé por qué no se la quité, no sé por qué no sentí vergüenza, no fui curiosillo, ni entrometido. Lo desnudé y lamí sus muslos velludos, lamí su verga y le dio cosquillas y cerró los ojos. Pude observar su mano, acariciarla un instante.

    Pedí que ese instante no durara lo que un relámpago y si lo hacía que sea de esos que estalla sobre el pecho de los que no tienen suerte y deja una cicatriz en forma de pencos, para no olvidar. Pero me separó bruscamente de sí y me llevó a su cuarto. Ahí tenía más retratos sobre la pared, desde niños a veteranos de guerra, todos llevaban prótesis. Y ya no pude contener mi curiosidad, estaba excitado. Me dio la vuelta, escuché que caía una laptop al suelo y me penetró. Ambos jadeábamos. Su dedo de madera estaba en mi ano. Antes jamás había… jamás había consumado, con un hombre y así fue mi primera vez, Natalia.

    Pasé la noche ahí. Abrazándonos. Aunque tampoco fui tan ridículo como para desayunar con él, ojo. Le robé cigarrillos, claro, unas fotografías, me hice una tostada con aceitunas y jamón y salí de ahí. Sé que siempre hago lo mismo, Natalia… ¿A ti qué te robé la primera vez? Bien, si no lo he hecho hasta hoy, apenas te duermas y amanezca, desaparecerá ese muñequito con agujas que tienes en tu closet, ese que tanto te gusta y que me hace volver.

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    Fuente: La Guarida


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