Hacer el mapa de la cultura

Mar, 2019
Artículo por Diego Peña
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  • Disponer de una expresión comunicacional de un lugar, una relación, una idea o un acontecimiento siempre contribuyó a comprenderlos mejor. Sin embargo, significó enfrentarse a la imposibilidad de abordar todos los enfoques posibles y a elegir algún punto de vista que inevitablemente simplificara la comprensión del objeto pretendido.

    Entre estas expresiones, los mapas en particular, ubican, referencian, marcan relaciones, permiten dimensionar las proporciones, destacan algunos factores y proponen formas de interpretación de lo que se ha elegido como objeto de estudio o por lo menos, de examen.

    Mencionar un mapa hace pensar inmediatamente en un gráfico; los hay conceptuales, de datos, de relaciones, de posiciones de actores y factores, y hasta los de tendencias, entre muchos otros. Sus aspectos son múltiples y enriquecedores de la comunicación. Tienen o no colores, usan timbres como énfasis, convenciones como referentes y escalas de presentación, imágenes congeladas de valor sincrónico o escenas vertiginosas de acción; recurren a pesos, a intensidades, a dimensiones —de dos para adelante—. Usan contrastes, apelan a la captación polisémica, algunas veces a los afectos, otras a la memoria, otras al conocimiento, otras a la emoción o simplemente a todos estos conductos de aprehensión.

    También hay mapas que combinan estas diversas formas de lectura de un solo tipo y presentan verdaderos paisajes más o menos complejos en relación con el tamaño de las baldosas o los guijarros de los mosaicos que presentan. La complejidad de los detalles de las partes que lo componen también es, en última instancia, un criterio arbitrario que se aplica en función de lo que se desea reflejar. Así, cada mapa es un estadio inacabado de examen, de reflexión y de expresión, que puede siempre completarse, que puede combinarse y que, en última instancia, puede contrastarse hasta que se invalide la expresión por oposición de criterios más informados, mejor ilustrados o de más potente comunicabilidad y capacidad de sensibilización.

    Así que, por breve que sea su factura —y seguramente por detallada y específica que sea su composición— un mapa será la parte de más amplia data de un camino para interpretar un fenómeno. También hay mapas de caminos, pero principalmente, son por sí mismos caminos.

    En fin, lo que un mapa siempre será por su propia naturaleza, es una representación para quienes lo elaboran y para quienes se acercan solo para interpretarlo.

    A esta altura, cabe anotar que la incesante dinámica de transformación de cualquier mapa es asimilable a la propia cultura, por ejemplo, a la de la Provincia del Azuay, de la que se menciona su población de casi un millón de habitantes; sus límites político-administrativos; sus intercambios con sus vecinos geográficos cercanos —y con los distantes—; los asentamientos humanos de diverso tamaño en sus quince cantones; su concentración o dispersión en áreas centrales, periféricas o rurales; sus dos cuencas hidrográficas principales y cientos de microcuencas que les son tributarias; su altitud —de 0 a 4 200 metros sobre el variable nivel del mar Pacífico— en la que caben tantos sistemas productivos; la feracidad, vocación y dedicación de su suelo.

    La tentadora oferta de su subsuelo; la delicada distribución del agua; su diversísima exposición eólica; su accesibilidad a la ceja de selva amazónica, al trópico, al mangle y a la plataforma marina; a la delicada armonía del contundente macizo occidental que supera todas las aproximaciones de los Andes al Pacífico y que ofrece las mayores distancias de recorrido de aguas que recibe el río Amazonas, y la tan recientemente vencida infranqueabilidad del nudo cordillerano norteño del mismo nombre, Azuay, que determinó las relaciones preferenciales con la Costa, la Amazonía sur, el austro serrano y el Perú y, por lo tanto, la distancia con el Estado de cuyo gobierno aún no capta la atención que nos debe y que nos hizo artesanos, manufactureros, emprendedores y otras dedicaciones productivas, académicas y artísticas, a despecho de la infertilidad de las dos terceras partes del suelo que hoy muestran seductoramente sus costillas minerales que nos hacen sentir amenazados por malos usos y pervertidoras inversiones extrañas.

    Todas estas son condiciones que forjaron nuestras prácticas; nuestra lengua; nuestro tan nuestro dialecto; nuestros gustos culinarios y gastronómicos; nuestro humor propio tanto como nuestro amor propio; nuestro cinismo; nuestra elocuencia y costumbre de mirar los ojos para sembrar nuestra palabra; nuestras miserias y corajudas pretensiones; nuestra forma de entendernos diferentes y reconocer —a lo sumo— horizontalmente otras culturas; nuestra forma de vestir, esconder o exhibir —según nuestro saber y entender—; nuestros símbolos hechos día a día, de sol a sol; nuestra forma de compartir y de mezquinar, de ofrecer y retirar bienes y afectos a quienes nos visitan o se quedan con nosotros; nuestras formas de colaborar y aportar para conseguir lo que no nos cumplen y nos centralizan los gobiernos, y nuestra forma de responder con altanería e innovación con propuestas ejemplares en infraestructuras y modos de hacer y autogobernarnos.

    Labrar nuestra historia, que lo hacemos desde cuando fuimos chobsis, narríos, guapondelik, cashapatas…, antes de ser la segunda capital del «todo el mundo es mío», antes de encontrarnos asimétricamente con Aragón y Castilla y luego enlazarnos con otros imperios a través de nuestra larga vena de emigrantes, para estar a nuestro modo de estar en el mundo líquido de la información, del arte y todos los posts de estos días, sin dejar de ser nosotros y más… mucho más, no será sino comenzar hacer el camino de reconocernos para hacer nuestro mapa de la cultura. Reconocernos y representar nuestra propia visión de cómo estamos y a dónde queremos ir.

    El escenario en el que actuamos —de difícil lectura, como el párrafo anterior— es eso, solo el escenario en el que actuamos en nuestra lucha desde la memoria contra el olvido, en la que siempre fuimos con la mirada hacia lo que queríamos ser; transformamos el olvido y el abandono en motivación y empeño de nuestra propia energía.

    Somos nuestro arte, nuestras culturas diferentes que saben mantenerse y que saben contaminarse. Hacer un mapa que nos represente, ubicados en la medianera entre la memoria y el futuro, sin negarnos, sin excluirnos y sin preferencias ni concesiones, que hablan más del pasado que de un futuro de incesantes hacedores y disfrutadores de la cultura dinámica que compartimos, es parte fundamental de la calidad de vida que buscamos.

    Cuando la ciudadanía se toma la casa que le pertenece por origen y destino —sin menoscabar el acervo y el camino que nos trae, sino orientándolo hacia lo que queremos tener—, se comienza hacer un mapa, que es un camino que solo se lo hace al caminar en diálogo; es decir, caminar y hablar, mientras se acuerda el punto del horizonte que oriente los esfuerzos compartidos.

    Ya no se arranca de cero. Se debe entender que se tienen propuestas que contienen urgencias, acuerdos que nos ponen los límites, prioridades, rutas y metas. Todo se puede revisar en diálogo responsable y comprometido. Se lo debe hacer y se lo hace. Hay que hacerlo permanentemente.

    Los gobiernos provinciales y cantonales, la academia, los artistas, los gestores, ya lo hacen. Los ciudadanos deben valorarlo, disfrutarlo y apoyarlo. La empresa comunitaria, privada y mixta debe apostar a favor. Las entidades nacionales deben reconocerlo y respetarlo.

    Nunca sobrará información sobre lo que ya se hace,nunca sobrará una nueva opinión, nunca sobrará el respeto mutuo, nunca sobrará el compromiso. Hacer un mapa de la cultura en nuestra provincia ha comenzado.

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    Fuente: Mapamundi


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