El aullido

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Oct, 2015
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  • Este texto va a ser algo así como un epitafio de despedida. Quisiera seguir aullando, pero es tiempo de enfocarse en otras cosas. Así que es una buena ocasión para escribir de algo que realmente me preocupa. De algo que, a ratos, sí me quita el sueño.

    Siempre me ha parecido que en la relación que establecemos con el universo está la clave de todo; sea este lo que nos rodea, el microcosmos que nos habita, la ciudad ruidosa en la que vivimos, o nosotros mismos y nuestro peculiar mundo interno.

    Construimos nuestras rutinas y esquemas, nuestras pirámides y nuestros juegos, con base en esas relaciones. La realidad es algo que va más allá de nuestros sentidos, así que construimos formas de relacionarnos con ella que van cambiando a medida que nos adaptamos.

    Desde que el Ecuador se convirtió en el primer país del mundo en reconocer a la Naturaleza como sujeto de derechos, hay una cuestión que me ha dado vueltas. La conversé con mi amigo Juan por aquel entonces, me viene a la cabeza de forma imparable al ojear el torbellino mediático que acapara buena parte de la prensa estos días.

    En el año 2008, nosotros, los ecuatorianos, le reconocimos a la Naturaleza el derecho a que se respete su existencia y procesos vitales. También podríamos haber escrito que le reconocíamos al Sol el derecho a existir, pero claro, todavía no tenemos capacidad para afectar a nuestro astro sin provocarle risa. En cambio aquí, en el planeta en que vivimos, sí estamos dejando nuestra bendita huella.

    Un volcán de 5897 m.s.n.m. ha entrado en erupción junto a varias poblaciones del centro y la capital, después de más de 100 años inactivo; se está gestando un Niño que, al parecer, va a ser de los más fuertes que hemos conocido; un terremoto de 8,4 grados acaba de sacudir Chile, mientras cientos de hectáreas se están quemando por toda la sierra a una velocidad de vértigo: incendios, muchos de ellos, provocados.

    Y nosotros le reconocemos a la Naturaleza su derecho a la vida, como si fuéramos sus dueños. ¡Qué huevos! ¡Vaya unos tipos somos! Si hay algo claro para este siglo XXI, tanto en Ecuador como en el resto de este ancho mundo, es que el verdadero valor en juego es la Responsabilidad: la Responsabilidad de Vivir en un Planeta Vivo.

    Me vale un carajo toda nuestra heredada concepción católica, materialista, determinista, escéptica y cortoplacista. Vivo quiere decir vivo, con todo lo de científico y animista que eso implica. Con todo lo que nos supone. Un planeta vivo, del cual conocemos tanto como ignoramos.

    El Ecuador quería ser un país pionero en cuanto a la defensa de la naturaleza. Y eso es loable. Pero no se dio cuenta de que Natura es algo que está más allá de nuestros ruidos y nuestros trucos. Pudo haber sentado praxis, pero sufrió un ataque voraz de desarrollo consumista clase media. Más madera y más petróleo (diría Marx). Ok, pero creo que la edad de la inocencia ha pasado: es hora de tomar conciencia de nuestros deberes como “adultos”. De que se está acabando el tiempo de seguir jugando al maniqueísmo infantil y la vorágine adolescente que marcó la fiebre de los tiempos modernos. De que es hora de ponerse serios.

    No amigos, no se trata del Derecho que tiene Natura a existir, sino de la Responsabilidad que tenemos nosotros como seres vivos.


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