Spirit of Eden y Laughing Stock, de Talk Talk

Música
Ago, 2016
Artículo por Juan Francisco Vinueza
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Fotografía original collection talktalk

¿Cómo catalogar a este par de discos? Lo contienen todo: gestación y muerte, caos y calma, gloria y desolación. No hay otro que suene igual. Quiero decir: están cargados con todo tipo de explosiones, pero el instrumento principal es el silencio. Es como si contuviesen pisos climáticos completos, pero no nos hacen acuerdo a ninguno en particular. La batería —medio jazz libre, sin tanto estrépito— dibuja una especie de sendero hacia el otro lado de esta estepa exuberante, pero muchas veces la callan por completo. El vocalista susurra más de lo canta, y casi nunca se le entiende nada —”spirit, spirit”, “desire, desire”—, suele repetir. No podemos saber si lo grabaron ayer o hace cincuenta años, excepto por las distorsiones y reverberaciones y, a ratos, a un mismo tiempo, capas y capas de todo tipo de guaraguas que se suspenden a nuestro alrededor. Cuando el viaje se acaba, es como si no hubiese pasado nada y también es como si, sin nuestra constancia, nos hubiesen enlistado en un muy exótico retiro espiritual. Fue de lo más inquietante, pero ahora mismo hay como paz.

 

Lo bueno del artificio moderno es que normalmente nos permite volver a ingresar. De vuelta al santuario y es otro sitio: nunca me hubiese imaginado que tantas cosas hayan estado sucediendo adentro. Digo, hay estos solos de guitarra y estos otros de trompeta, de entrada inolvidables, pero también hay órganos y violas y flautas y timbales, y se manifiestan como en un germinar constante, como el mismo mundo natural: las nuevas melodías brotan desde quien sabe dónde y el rato menos pensando. Cuando parecería que todo el encanto será consumido por la autoindulgencia y la grandilocuencia acechantes, de vuelta se nos enfrenta con la calma: el piano, el murmullo, nada más. Es bien tenso, bien melancólico, bien jubiloso. Se ha dicho que es post-rock, pero no hay crescendos grandilocuentes; que es progresivo, pero es demasiado tímido para virtuosismos; que es ambient, pero pasan demasiadas cosas; que es jazz, pero los arreglos son demasiado meticulosos. No hay con qué comparar.

 

Mark Hollis, el líder de la banda, prefería no hablar sobre este tipo de cosas “porque lo que sea que diga en esta entrevista solo va a sustraer de lo que ya está grabado en el álbum”. 25 años después, se mantiene en el mismo misterio que caracteriza a sus composiciones. Un caso curioso el de Mark: estuvo ni sé cuántos años en una banda de punk que nunca tomó vuelo, se hizo adicto a la heroína, se curó, formó Talk Talk, fue un héroe pop con temas a la Tears for Fears —onda “It’s My Life”, que luego versionó No Doubt— y con las arcas llenas de regalías se dedicó a lo que tantas megaestrellas se proponen pero a lo que rara vez se atreven: hacer la música que le diera la gana. Ya se podía intuir un cambio con The Colour of Spring, de 1986, donde dejaba de lado los sintes pegadizos en pos de un tono más reflexivo, pero nadie de ninguna forma podía anticipar al coloso abstracto que lanzó dos años después. Los marketeros se resintieron y muchos críticos lo condenaron —“es presuntuoso, no tiene dirección”— pero él había conseguido un sonido nuevo. The Spirit of Eden son seis canciones entre épicas y etéreas, con muy pocas letras, al parecer escritas durante meses porque, dijo Hollis, cuesta mucho tiempo resumir. Se demoró un año y medio en grabarlo. Para Laughing Stock, que salió en 1991 —que a mi parecer es su obra cumbre pero es como la misma cosa—, siguió un proceso similar: un año de encierro para cuarenta minutos de material.

 

El proceso fue parecido al de otras maravillas excéntricas, como el Bitches Brew de Miles Davis o el Tago Mago de Can. Es decir: sesiones de improvisación interminables y luego ponerse a cortar. “Por cada minuto del disco debe haber una hora de grabación”. Para Spirit of Eden, la banda se había tomado el Wessex Studio, en Londres, y había repletado uno de los espacios con parafernalia psicodélica. Para Laughing Stock, Hollis optó por una postura más radical: revisitió uno de los salones de negro, cerró todas las ventanas y prendió velas e inciensos durante un año.

 

Todo surgió de la oscuridad. Los músicos —que suman 18— tocaban solamente con segmentos de canciones como guía, sin la menor idea de cuál sería la forma de la canción finalizada. Mark tampoco sabía a dónde iría: dice la leyenda que contrató durante tres días a media docena de violinistas, y que solo conservó una nota que a uno le salió mal.

 

Fue agotador y de lo más costoso, y Talk Talk (también conformado por Paul Webb en los bajos, Lee Harris en la batería y Tim Friese-Greene en la producción) se disolvió muy poco después. Pero ambos resultados son formidables: discos en los que cada interpretación es novedosa, pero que empastan perfectamente de un instante al siguiente. Así, la obstinación por la trascendencia se escurre dentro de los parajes sonoros, que de todas formas es como si estuvieran vivos y como si se movieran solos. Y yo no sé si la consiga, porque al fin y al cabo esta es solamente música, pero, en cambio, el otro día escuchaba “Wealth”, al final del Eden, y después de un “Take my freedom” especialmente pasional, irrumpieron las notas del órgano, tantas veces después, y me puse a pensar en todos esos órganos de todos esos templos medievales europeos que no conozco y cómo desde siempre hemos partido de ese mismo impulso terco de sacudir al espíritu a través de los sentidos y palpar el alma a través de las frecuencias. Quizás, más que los arreglos sublimes y las dinámicas violentas, estos dos discos se traten de eso: un grupo de gente que, en su urgencia de transmitir estos impulsos poderosos, decidió ejercer la paciencia y recurrir a la quietud. Decidí catalogarlos como música religiosa y dejar el asunto de una buena vez.


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