El sentimiento del ruidito cincuentero

Música
Jun, 2016
Artículo por Isabel Aguilar Jara
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Fuente: www.salymileto.com

Es solo rock and roll, pero ya es mucho para vos.

 

Charly García.

Yo no conté con esa suerte que tienen los melómanos puros, ni los lamparosos. Mi adolescencia no despertó entre vinilos de Pink Floyd, mientras papá me sentaba en sus piernas para que los escuchemos juntos. Dentro de cada sala de los variados domicilios que habitamos, vagamente recuerdo las desgarradoras melodías de Julio Jaramillo, al dúo Benítez y Valencia, y a los hermanos Miño Naranjo por afición materna; y todo lo que el tango puede ofrecer, en la divertida y desafinada voz de mi padre. Me la pasaba maravillada.

 

Al rock and roll tuve que conocerlo allí donde el menú es variado y uno escoge lo que ingesta. En la calle. Con los panas. Como andaba hecha la revolucionaria, chauvinista y adefeciosa, le regalé una preferencia enfermiza al producto nacional. Dando apertura, sí, a todo lo que me fue ofrecido, pero me enamoré bucólicamente de dos bandas, por las que me atrevo a permitir que este texto llegue a sus retinas.

 

Juanito, Fulanito y Menganito me presentaron a Sal y Mileto. Miento. En realidad fue Juanito, solamente. Esa intro de tres minutos y pico de “Avisos Klasificados”, me deschavetó la cabeza. El cosquilleo en la espalda y el hueco en la panza iniciaron con la voz eterna de Paúl Segovia. La lírica de este, mi primer tema, que casi siempre se convierte en el mimado, me recreó el escenario de un edificio viejo del que salían volando periódicos mutilados, con olores afrodisíacos (vaya usted a saber por qué). Jamás sentí tanto la figura poética de las flores, ni de los pájaros, ni de las ancianas y las bicicletas. Pero vivían en perfecta armonía por vez primera. De a poco, la balada pop transgredía de mí en una cruel especie de apartheid.

 

Los textos de Peky Andino son insultados cuando se comparan. Ni siquiera buscan serlo. Dinamitan por sí solos. Los Mileto presentaron, tal como ellos la llamaron, una obra de rock libre ecuatoriano, que trascendió incluso luego de la muerte de su líder, Paúl Segovia. Canciones inéditas de Pául fueron reencontradas y la banda se mantuvo viva algunos años más. No se puede desmerecer ninguno de sus inmortales discos, en absoluto. Temas como “Resplandor”, “Panelita”, “Polución Nokturna”, “Cessio”, “Aguanta”, y por obra y gracia, “Débora”, que nos recuerda a ese “hombre muerto a puntapiés”, al que le dio vida el más cuerdo de los lojanos. “Porque después de matar, las mujeres siempre miran a las estrellas.” es la sentencia que queda latiendo en el yunque, con un agudo y exquisito final psicópata.

 

Sal y Mileto Elektroakústico, recoge la narrativa miletera tan mítica, así como la despedida de la banda. Un homenaje a Segovia con nueve temas de corte preciso. “Soledad“, versionada por Gabriela Terán, pero el coro mantenido sobre un hilo, en la voz de Igor Icaza, porque no puede ser de otra manera. Porque solo un hombre puede pedir con tamaño fervor una cosa como aquella, “Una mujer, no una marioneta/Un ser, no una silueta/Una compañera, no una muñeca/¡Créala Señor, no me dejes solo!/Odio los espejos y sus reflejos.”

 

Y en el 2012, luego de 18 años, estos genios experimentales le dijeron adiós a su público.

 

Pero un año después nos reencontramos con Igor Icaza Albán, ex baterista de Sal y Mileto, y su primer álbum como solista, Detrás de los Huesos. La aproximación inevitablemente inicia en un alboroto de pupilas con la portada púrpura de Igor siendo parido por un árbol. Tenía el disco en mis manos e imaginaba lo que podía ser ese segundo encuentro de sonidos y me sentía erizada. Pero la imaginación una vez más quedó pequeñita en relación a la realidad, como es casi normal que suceda con músicos como él.

 

De tres cucharadas me desayuné los versos de Vicente Huidobro, David Ledesma y el cronopio eterno, Julio Cortázar. Poesía pura acompañada de adagios, que de cualquier manera recargan al alma de melancolía y adrenalina, una mezcla infinita.

 

Luego del colapso maravilloso y escasamente gregario que provoca “Huraña”, la calma regresaba con “Kamila desde el Sol” con 2:25 minutos de necesaria desconexión. Pero Parral y Ambato se fusionaron en los dos temas siguientes, con el afán de electrizarme de nuevo los sentidos; esta vez Neruda y nuestro Jorge Enrique Adoum, divagaron por separado en los acordes del latacungueño, con un plus bellísimo de su voz y la de Grecia Albán.

 

“Viento” y “Abrigué la Idea” explotaron por completo esa esencia electroacústica tan anhelada, y ya con la idea inexistente de pausar, literalmente remató Paúl Segovia con la décima y última melodía, “Por Amarte”, en la voz a la que es imposible acompañar de adjetivo alguno, la de Rita María. Y la amistad eterna, la añoranza miletera, el vuelco a todo, estaba ahí, latiendo y desbaratando.

 

Después de “Ente Muerte”, descubrimos a un Igor solitario, impecable, pero rodeado siempre de un entorno musical imperecedero, en este material que merecidamente lo llamaré “un disco de culto”. Entonces uno se va a dormir, ignorando si Detrás de los Huesos le dejó las cavidades cardiacas vacías o llenas.

 

Bajo esas mismas épocas revolucionariamente divertidas, volví a tropezarme con las estrofas de la “Gringa Loca”. Días después de tener la melodía de la canción incesantemente en la cabeza, y esta vez sin la colaboración de Fulano ni Mengano, sino por una casualidad bendita como pocas, les di la bienvenida a mi corazón, a un trío de locos.

 

Promesas Temporales nació en los años ochenta. Duró poquísimo pero lo ocasionó todo. Hugo Idrovo, Hector Napolitano y Álex Alvear, sin hacer de menos a Dany Cobo, Winfried “Chelo” Schael y David Gilbert, son por demás los pioneros, padres y referentes del rock ecuatoriano.

 

Ellos calificaban su trabajo como canción experimental ecuatoriana, pues sus líricas tenían tanto de rock como de ritmos afrocaribeños. Idrovo y Napolitano aseguran que no tuvieron idea en ese entonces de la existencia del género fusión, que era precisamente lo que estaban haciendo.

“¿Has visto al sol?

Tiene su boca reseca

con tanta bomba

contaminaron su río.

¡Ay de mí, ay de ti

que nos separa a punta e’ fusil

no quiero guerras, yo quiero vivir

vivir junto a ti, viviendo los dos!”

Es así como reza un fragmento de la canción “Amigo Trigo”, la que puede ser quizá el alma máter poética del disco. Pero tres años vivió esta promesa, que tristemente fue temporal por el adiós prematuro de Álex Alvear.

 

Y es que la belleza estética de esta banda no estaba únicamente en su música, sino hasta su separación marcó un acto poético. Alvear se vio forzado a abandonar el país y por ende a sus amigos, porque al parecer formaba parte del grupo armado AVC, Alfaro Vive Carajo. En ese entonces, tanto él como Héctor Napolitano y Hugo Idrovo, estaban dentro de la “lista negra” del gobierno represivo de León Febres Cordero, por ser considerados “subversivos”. Cuando de lo que se trataba, era de una banda contestataria, que lo único que quería era hacer música.

Suelo acomodarme para discutir, cuando la gente habla del Viejo Napo como el máximo exponente de estas Promesas. Napolitano es un capo, pero si hay que nombrar a un genio creativo, que sea Hugo Idrovo, su compadre.

 

Idrovo es, el poeta musical popular más grande que tiene este país. (Más que mis dedos y mi boca, lo asegura el pueblo). Creció escuchando desde Elvis Presley, Ray Charles, Bobby Capó, hasta los pasillos y boleros ecuatorianos. Ha llegado a todos los estratos sociales, desde los inicios de su carrera hasta hoy.

 

Ya sin la presencia de Álex, él y el Viejo Napo sacaron a la luz el elepé Arcabuz, dedicado al pueblo afroecuatoriano, el primer destello poético de este inigualable par. En 1990, crearon el sencillo “Recuerda a Lennon”, donde el rock vibra en esos 4:13 minutos de historias humanas con fuerte contenido social, en la voz placenteramente guayaca del Huguito, y Napo como el complemento perfecto, nombrando al Beatle consentido y aludiendo todas las figuras literarias que su apellido provoca.

 

Lo que vino después, se resume en un Idrovo y un Napolitano más grandes, en cualquier arista de la palabra. Su última genialidad junta, fue mostrada en Antología del Encebollado, ya fuera de todo contexto de Promesas Temporales. Cada uno agarró su ruta como solista, sin dejar la camaradería en los conciertos, cada vez que su público los reclama.

Septiembre del 2014, se convirtió en un mes inolvidable para Cuenca, “la ciudad del rock”. La visitó Nito Mestre. Y la vida se pasó de bacán con algunos medios de comunicación, regalándonos el chance de entrevistarlo.

 

Una pequeñísima similitud podría haber entre Promesas Temporales y Sui Generis. Y es que Charly García, siempre fue considerado el dios dentro del dúo. Su lírica brutalmente hermosa, y por qué no decirlo, su puesta en escena, le dieron la imagen perecedera de rockstar. Desconozco aún si fue un atrevimiento de mi parte, escogerlo a él justamente para el epígrafe inicial de este texto, pero ya qué. Me quedo con Nito.

Me quedé con Nito aún más, desde la primera y última vez que lo vi, porque es leal a lo que ama y continúa deleitándonos. Recordé con nostalgia a Charly en cada frase de cada canción de Sui Generis, pero las mariposas estomacales no pararon de danzar ni de acurrucarse con la voz de Nito.

 

Él cree que dentro del rock argentino, luego de Soda Stereo, ya no existirá banda alguna. Y que gran parte de la poesía se fue con Gustavo Cerati y Luis Alberto Spinetta. “Recuerdo cuando fui amigo de Spinetta y cantaba con él. No había un tipo que cante los temas de Spinetta como Spinetta. El único que se le acercó fue Pedro Aznar.”, “Por otro lado, los temas de Cerati están tan bien hechos, que me parece que utilizar su nombre, es para atraer gente. Fue una enorme pérdida y nos acordamos siempre de él, pero no soy amigo de los homenajes. Nunca lo fui.”, aseguró.

 

La respuesta fue instantánea, al declarar a Los Beatles como la mayor influencia literaria de Sui Generis y de Nito Mestre como solista. “Ellos me cambiaron la vida, y yo me cambié de un grupo folklórico a mi primer banda de rock. No hay un disco suyo que no me guste. Sólo por nombrar, Revolver, El Álbum Blanco y Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, me dieron vueltas la cabeza. Con The Beatles, podías comprar un disco a ciegas y sabías que te gustaría.”

 

Para Nito Mestre, de las muchas bandas que existen en su país, las mejores carecen del apoyo de las radios populares y las discográficas. Hace memoria de las voces poéticas que le quedan a Argentina, y dice recordar remotamente al extinto grupo Austria entre los grandes. Pero enseguida rectifica y comenta que lo que hace falta son cantantes, y que ya no encuentra poesía dentro de su entrañable rock nacional.

 

“Todavía hay sobre qué escribir. Se debe tratar de escribir lo mejor y ayudar al nivel cultural, y sobre todo a que la gente tenga vida. Lograr un límite de calidad bueno en lo que se diga y en los discos. Hay que hacer cosas buenas. Y bueno no es que se venda mucho, sino que dure. Yo no hago los discos para que duren un verano.”

 

En noviembre de este año, Nito estrena su último álbum titulado Trip de Agosto, en el que habla sobre las mujeres golpeadas, la nueva tendencia de comunicación humana que dejó de ver a los ojos para ver los teléfonos celulares, y lo que es para él, el tema que no pasa de moda, el amor.

 

Se me ocurre de repente, considerar que el rock funciona como la conversación con un niño. No alcanzamos a percibir su riqueza literaria, si no nos detenemos a escuchar el “ruidito”.

 

Fuente: www.salymileto.com

Fuente: www.salymileto.com

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