El fun house de los Stooges

Música
Abr, 2017
Artículo por R. Solórzano
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Fuente: www.popmatters.com / The Stooges' 'Fun House'

Guárdate no más la Divina Comedia, que solo me voy media hora. Cojo un poco de color, saludo a las amistades, me chaspo no más que un rato y ya estoy de regreso. Es ida por vuelta. ¿Qué? ¿Cómo que para qué tengo que volver a bajar? Yo no tengo que nada: si bajo es porque es rico. Yo no tengo ninguna otra obligación aparte de seguir vivo. Claro que quisiera quedarme más tiempo, pero para eso tendría que morirme de nuevo, y eso, te habrás dado cuenta, me está resultando cada vez más jodido. ¿Alguna otra explicación? Bueno. Ya vengo entonces. Entre nos, tampoco es que la chaspada sea todo diversión. Hay que acostumbrarse a que la carne se desparrame, líquida, entre las costillas, y antes de cualquier recibimiento los sabuesos ya te han desgarrado las canillas. Vórtices de fuego, sábanas de magma, hedor espeluznante. Saludas, te saludan, pero a nadie le importa nadie. Me incluyo.

 

Yo ya he hecho hábito de desintegrarme, y no ha sido cosa fácil. Es cliché lo que decía Neil Young (que venía a menudo, sobre todo en los setentas): o corres despavorido hacia el torbellino inmolador, descuajeringado ejemplar, y que la llama te succione en unos pocos instantes, o si no te dejas estar, te consumes lentamente, desdoblas el manto del bolso y te permites disfrutar. Es más doloroso, pero menos dramático, y te licencia para atender a los detalles: vislumbras todo tipo de azotes, crucifixiones, desangres y poco a poco te vas dando cuenta que este averno admite mascotas de todo tipo: comerciantes perspicaces, deportistas decididos, enfermeras exhaustas.

 

Un traspié y se despierta la nostalgia de la combustión original, que es más poderosa que cualquier amor o redención o intención de paz. Lo de las mascotas es literal: he visto poodles, canarios, zarigüeyas; mariposas, amebas, enredaderas. El anhelo de inmolación está en todos nosotros. Si los curas y los bardos alguna vez me oyeran: esta no es una cuestión moral, no hay justicia poética. Yo no soy ni el uno ni el otro: media hora una vez al mes. Circulan leyendas –aunque abajo se habla poco– de satánicos empedernidos que pueden consumirse durante tres, cuatro días seguidos, y para eso se rodean de cráneos de caballos, cabellos de vírgenes y jaulas con patos obesos a punto de reventar. Yo les tengo un poco de envidia, pero en cambio esa perseverancia me recuerda a los monjes que renuncian a todo deseo con tal de alcanzar el vacío.

 

Es como: este infierno no está para eso. La verdad es que ni unos ni otros podrían importarme menos. Yo vengo a disfrutar del cosquilleo. Un par de veces traté de conquistar a alguna pecadora, pero los nervios y las venas estallaban antes de cualquier consumación. Además, ya lo he dicho, este lugar huele muy mal. Media hora me basta. Con exactitud, 36 minutos cuarenta, que es la duración de mi portal. Es un artefacto muy práctico: no tengo que estafar a ningún padre de familia para conseguir mi entrada y ensayar para el infierno verdadero, donde la única inmolación que se ofrece es la que dura para siempre.

 

Para estas visitas, es cuestión de ponerse los audífonos, entregarse ante la dicha en movimiento, y volver a arder en cualquier momento. El artefacto en cuestión fue ensamblado en 1970 por, cómo no, otro zombi salvaje. Vele en la tele cualquier día de estos y podrás vislumbrar, tras la fachada de rehabilitado jocoso, el relato que nos cuenta su mirada: él también se extravió en las profundidades del Tartarus, ardió en los torbellinos sulfúricos, se arrastró a través del tormento y, porque no hubo penado lo debido, lo mandaron de vuelta a casa, a que desespere en esta tierra tan mezquina y pruebe todos los métodos de autodestrucción. “Bien, acepto”, dijo Iggy Pop, que no estaba para súplicas. “Pero yo voy a grabarlo todo”. Es natural que semejante niño malcriado fuese un incomprendido: se embarraba el torso con carne mientras le insultaba a su audiencia y luego vomitaba sobre el amplificador.

 

Él necesitaba regresar, seguir ardiendo, y poco le importaba nuestras quemaduras al oírlo. Yo, que también entiendo de suplicios, no puedo juzgarlo por haberse detenido. La muerte, que entre sus encantos traía el decreto del castigo eterno, lo acariciaba cada vez más seguido, le susurraba la ruta a su único hogar. Él decidió darle la espalda, sobrevivir, alargar. Yo no juzgo: los desenlaces me importan un comino. El artefacto, en cambio, es indispensable. Iggy Pop se dio cuenta que si los seres estábamos vivos era por la perpetua combustión, y él decidió exaltarla mediante látigos de electricidad y alaridos desaforados. Esa intensidad no se ha replicado en la historia del rock and roll. John Cale falló al pretender limpiar su sonido; tres años después, David Bowie la embarró al creer que el milagro se suscitaba solo por los gritos.

 

El Fun House, en cambio, es el caos exacto: captura a una banda que parecería que fuese a desmoronarse en cualquier momento y resbalarse en el abismo que se esmeraba por perforar. Nunca se caen. Los méritos van para todos: para Ron Ashtone en la guitarra, que enreda cada riff en cientos de ráfagas cortopunzantes y las tiñe de texturas incendiarias; para David Alexander y Scott Ashtone, bajo y batería, encargados del groove acechante; Scott Mackay en el saxo, como para tener un embajador de aún otro tipo de delirio y para el productor Don Galucci, que entiende que su único rol era trasladar la experiencia de la tarima a la cinta y entrometerse lo menos posible.

 

Al frente está Iggy Pop, al que le da lo mismo perder la cordura a media canción y que chilla, aúlla, gime, brama, muge y vocifera como si el pandemónium se estuviese gestando en su propia garganta y tuviese que desatarlo para escapar de la implosión. ¿A qué suena la vorágine? Hay quien dice que es el primer álbum de punk, pero ni siquiera eso es suficiente. Abre con un blues pesado, cierra con avant-garde sin estructura. En medio está Dirt, un espacioso himno al tormento, y los cuatro temas que quedan mezclan rock garaje, psicodelia y jazz libre. Pero yo no pienso en nada de esto cuando acudo al Fun House: unas pocas notas y se convierte en estridencia y gloriosa kinestesia. Poco después me lleva consigo.

 

Es la antítesis a la meditación de los ascetas, pero el resultado es el mismo: te desintegras por medio del bullicio, te despojas de toda identidad, eres energía pura, un animal despavorido. Recuerdas la combustión original y te desesperas por seguir ardiendo. Las llamaradas están aquí mismo. Yo ya vengo. En media hora estoy de regreso. Es ida por vuelta.

 

Fuente: www.popmatters.com / The Stooges’ ‘Fun House’

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