Black metal noruego

Música
Nov, 2018
Artículo por Freddy Ayala Plazarte
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Fuente: Transilvanian Scream. Darkthrone Transilvanian Hunger and Edvard Munch The Scream mashup, de John Paul Blanchette.

La oscura sinfonía del Norte en Oslo y Bergen

Quizás un músico buscaba la morada del Norte en oscuras sinfonías, su intención era desgarrar riffs hasta descascararselas uñas. En un paisaje cubierto de nieve, las mejores (des)composiciones provenían del caótico viento: invisible idioma venido de las frondosas montañas que no dejaba quietos a los pinos, los robles o los abetos.

En aquellos bosques poblados de mitológicos sonidos, una primitiva música nacía de las guitarras eléctricas, baterías elocuentes e hirientes voces. Lejos de toda ceremonia religiosa, la consigna, en efecto, era invocar un pasado ausente, pero el viento y los riffs hacían más borroso al oído y un rostro que desafiaba parecerse a un cadáver tan solo añoraba un romántico instante con sus dioses.

El ruido de la ciudad nunca lograría captar la alquimista partitura nacida en el fondo de la oscuridad: esto es black metal en Noruega.

Pintores del melancólico paisaje, como Theodor Kittelseny Peter Nicolai Arbo, o escritores de las criaturas de los bosques como Peter Christen Asbjørnsen y Peter Christenen el siglo XVIII, ya sembraron la imaginación futura del black metal. Algunas de sus obras dan cuenta de narraciones y representaciones épicas, grotescas y mitológicas que forman parte del folklor nórdico.

Pero ni siquiera ellos se habrían percatado de las incomprensibles composiciones sonoras de la música extrema surgida en la segunda mitad del siglo XX. La geografía noruega, ciertamente, era el motivo de sus obras: fiordos, quebradas abruptas desplegadas a lo largo del mar bajo un cielo que recibía las odas de un cuerno mientras las drakkar[1] se preparaban para el Ragnarok[2].

Pero, ¿qué tiene que ver un atávico bosque con la violencia sonora del black metal? ¿El cuerpo metalero que aparecía en medio de los bosques hacía pactos con un universo pagano? Se necesitaba algo más que historia y memoria para reordenar la cosmogonía del frío cuando algunos llamaban a este arte ocultista ‘black metal’, otros lo llamabannecrosonido, música ruidosa o, si se quiere, satanismo y paganismo moderno, en oposición a las imágenes idolatradas delmundo judeo-cristiano.

El black metal noruego es algo más que un estilo musical ruidoso dedicado a Satanás, Mefistófeles o Baphomet (uno de los personajes más profanos en la cultura occidental, el que llevó la razón a límites desconocidos), es un eslabón perdido, pues, nació en regiones descentralizadas de Europa para repensar el poder primitivo de los sonidos y mantener una alianza esotérica con la naturaleza.

Su iconoclasia corporal e icónica supone una bofetada a las tendencias canónicas de la moda y el consumo provenientes del industrialismo y urbanismo. La modernidad, entonces, habría parido un monstruo musical incomprendido dentro del marco histórico y la creencia religiosa, pero entendido y glorificado por unos cuantos adoradores del nihilismo que saben  que el viento en el black metal es un amuleto invertido al cual hay que rendirle tributo, un dios que empuja el rito con cuernos.

Para muchos adeptos, la vanguardia figurativa del black metal estaba ilustrada, casi un siglo antes en el cuadro de EdvardMunchEl grito (1893), gesto psicodélico e irrisible que fue concebido por la soledad y la incertidumbre no solo como un símbolo del expresionismo, sino también como una respuesta al ahogo del individuo moderno.

El black metal heredaría esta deformante angustiay se encargaría de resucitar al grito Munch para trasladarlo a un escenario musical. Este grito ambivalente: musical y visual, solo podía ser el resultado de una caverna desgarrada, garganta deformada en una pintura de guerra y también, por qué no decirlo, del fuego: llama sagrada que conducía al culto de la muertefrente a la utopía de la eternidad. El grito ocultista, en este sentido, constituye el malestar encarnado de una actitud rebelde, resistencia geográfica de retornar a la naturaleza como una forma de combatir al adverso materialismo.

Es posible decir que esta religiosidad (espiritista) viajaba en el códice de las barcazas vikingas hasta prender el fuego en la madera deHolmenkollen o Fantoft[3], que ardieron por un retorno a las raíces. Volver a una guerra arcaica con un sonido electrónico como el del black metal suponía un cambio de mentalidad en el cielo del Norte, que por tantos milenios guardaba la ferocidad de sus dioses.

Por ello, la elegía musical de sus nuevos hijos encarnaría himnos y batallas épicas. En ese anacrónico panorama, uno podía detenerse durante horas a reinventar los paisajes nórdicos, también otros mundos, otras vidas y otros rostros, los de uno mismo, los que olvidamos en la ruta del futuro, esos que no piden historia y solo apuestan por un respiro.

Una oscura sinfonía en el Norte no podía explicarse sin la romántica añoranza por lo antiguo, como en el cuadroÅsgårdsreien (1872) de Peter Nicolás Arbo:cacería salvaje, oskorei, donde los relinchos de los corceles persistían en el paisaje calcinado y Odín y Thor iban directo al Valhalla[4].

La escena de la cacería es el síntoma de que los dioses nórdicos volvieron a reencarnarse en una juventud de espíritu irreverente con las creencias impostadas: el individuo, era la cabra, que se alejaba del rebaño. Para el black metal era mejor invertir el frío y el signo de las cuatro señales:extasiar los sentidos en eluróborosde la vida.

El frío, en este sentido, era un sacerdote inmensamente cómplice y fiel a los riffs y baterías bélicas que ladraban con las desaforadas voces expandidas en invierno, herida sonora que proclamaba el fin a la rutina.

Estas referencias solo pretenden afinar la relación existente entre aquella oscura sinfonía llamada black metal y el paisaje nativo. ¿Cuánto viento queda después de la historia? ¿Cuánto frío se ha plegado en el cuerpo si los sonidos se deprenden del tiempo? Algunos músicos ensayan o graban sus discos en los bosques y sus estudios musicales están ubicados fuera de las urbes, están convencidos de la poderosa influencia que tiene la naturaleza en sus composiciones.

El demonio parece haber existido gracias al shock cultural que produjo el escarnio mediático en la escena musical noruega de los noventa: Satanás siempre ha sido el aliado de las minorías. El black metal es un arte ocultista que en nada se parece al futuro.

Aun así, no podemos saber la inagotable astucia del viento en los paisajes, ni cómo estos llegan a penetrar en nuestros sentidos, eso sí, lo podemos sentir. Sea como fuere, quedan las lecciones sonoras y geográficas, ir al Norte implicaba adentrarse a formar parte otras atmósferas, puesto que al alejarnos de nuestro propio origen estamos aproximándonos a otro origen. El origen más medular, quizás, está distante de nuestra misma genealogía (¿geográfica?). El origen puede convertirse en una intensa búsqueda metafísica del cuerpo y el lenguaje a través de otros lugares.

 

[1]Un drakkar es una embarcación de casco trinado muy usada por los vikingos en las regiones escandinavas.Algunos datan de los años 700 y 1000. [N. del A.]

[2] Refiere al destino en la mitología noruega.

[3] En alusión a las iglesias incendiadas por músicos de black metal, en Oslo y Bergen, hacia el año 1992. [N. del A.]

[4]Valhalla es el «Salón de los Muertos»en la mitología escandinava. [N. del A.]

 

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