El acto y la memoria

Teatro
Ago, 2018
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Fuente: Mapio.net

El teatro tiene el poder de la comunión en el instante en que se lo realiza, como el cine y la fotografía tienen el poder y la magia de perennizar la memoria. Jorge Enrique Adoum, en el libro de fotografía de César Álvarez, «Ecuador: imágenes de un pretérito presente», escribía que la fotografía desde el momento en que se la realiza «ya es pasado», inversamente, el teatro solo existe el momento en que se lo realiza.

La fotografía cumplirá en menos de una década doscientos años, el teatro existe desde tiempos inmemoriales aunque el registro más antiguo de una representación, no para encarnar fuerzas desconocidas o para nombrar el entorno y recordarlo, sino para ser visto, se sitúa en la antigua Grecia en el siglo VI a.C.

El ser humano conocía el fuego hace cuatrocientos cincuenta mil años y hace diez mil años vivía en cuevas, una civilización planetaria que duró más o menos treinta mil años entre dos períodos glaciales; todo esto nos sugiere historias contadas con sombras al final del día, pero de nada de esto hay registro.

Un tono, un matiz, una palabra o un sonido que pueda sensibilizar o abrir la mente sucederá en el instante y hará o no su efecto pero será olvidado; nos preparamos, cuidamos nuestro cuerpo, padecemos insomnio, nos podemos volver intratables al estudiar un papel para poner un trozo de vida en el escenario que luego será olvidado. Al mismo tiempo el teatro es una especie de droga que le devora la nostalgia y la frustración a quien lo deja, o sea, los teatreros estamos condenados a morir en nuestro oficio.

Una película puede ser vista por multitudes en distintos lugares a la vez y se la puede seguir viendo años después, cuando todos sus realizadores estén muertos; también los errores de actuación pueden ser corregidos realizando varias tomas o con la edición. Aunque los errores cuesten dinero pueden ser corregidos. En el teatro, por muy famosos que seamos, solo pueden conocer nuestro trabajo aquellos con quienes nuestros cuerpos se hayan encontrado en vida, por eso es inevitable que el mundo del teatro sea un mundo de cofradías.

En una función de teatro no hay posibilidad de corregir errores y el público es testigo presencial de nuestra condición física. Por eso, cuando nos acusan de divos y estrafalarios les digo que nos aguanten un poco porque la vida es corta y seremos olvidados.

Pero para no morirnos en un suspiro, diré que seremos olvidados pero podemos encarnar. No recuerdo si era la transcripción de una conferencia, una entrevista o un texto en la que Jerzy Grotowski relata que al copiar minuciosamente el gesto y la postura corporal de una fotografía de su abuela, en determinado momento, revivió su ritmo, su entonación, sus pensamientos, su lógica y sus gustos; un aporte del arte teatral a la psicología y a la antropología que estas disciplinas deberían considerar.

Podemos encarnarnos en el devenir como nos encarnamos en nuestros hijos al transmitirles nuestra información genética, una información que no dará como resultado una reproducción idéntica, sino que al igual que un hijo, será la combinación de los genes de quienes lo engendraron con un ordenamiento único que hace que, aunque tengamos todo en común, cada hermano tenga características particulares que les diferencian a unos de otros.

Creo entre las grandes trabas del teatro ecuatoriano está dorar a una historia que no existe o negar lo poco o lo mucho que se ha hecho; parece que siempre estuviéramos partiendo de cero. Literalmente hay un borrón, como si las cosas, los hechos y la gente no hubieran existido. Así se hizo con Paco Tobar, luego con Fabio Paccioni, y quién sabe con cuántos, otros nombres que suenan como en una atmósfera onírica de leyenda.

Ricardo Descalzi escribió seis tomos de teatro ecuatoriano, algunas de esas obras, quizás solo fueron escritas y nunca representadas; algunas de ellas tal vez se las montó para ocasiones especiales y habrá alguna que recorrió ciudades, hay pocos registros. Noticias de prensa y diarios de trabajo, borradores de investigación, fotos, trabajos teóricos, transcripciones, adaptaciones, textos montados y nunca publicados se los ha comido la polilla o yacen en alguna bodega esperando su desaparición. Es, entonces, urgente recuperar tanto textos y documentos como testimonios.

Descalzi, en sus seis tomos, registra teatro desde tiempos prehispánicos. Si nos damos una vuelta por escuelas, casas comunales, conventos, sindicatos, colegios e instituciones antiguas encontraremos que casi todas tienen un teatro con telón, fosa y camerino. Hubo teatro religioso durante la colonia, los jesuitas montaron Coriolano de Shakespeare en mil seiscientos y pedazo; en el siglo diecinueve se escribió y se representó mucho teatro y hacia  sus finales, Francisco Aguirre Guarderas escribió Receta para viajar que fue representada a comienzos del siglo XX, por la compañía Dalmau. A esta se le considera una obra fundacional pues no solo tiene un valor literario sino contempla reglas propiamente teatrales del desenvolvimiento escénico.

En los años treinta y cuarenta hay actividad teatral en Quito y es Jorge Icaza quien destaca en la dramaturgia junto con Marina Moncayo en la interpretación. Por esa época, también Ernesto Albán  junto con Isabel Gómez serán parte de ese momento del teatro ecuatoriano.

En los cincuenta y sesenta, Paco Tobar escribió y dirigió sus propias obras, pero es a partir de Fabio Paccioni cuando aparece un entrenamiento metódico para la actuación y la construcción misma de la escena: técnicas vocales, estilos, resoluciones coreográficas o plásticas. El arte teatral se nutre de todas las disciplinas de manejo corporal, rítmico, vocal, de técnicas psicofísicas, de memoria, visualización, concentración, de la narración oral y escrita de todas las culturas y su campo de investigación y desarrollo es infinito.

Del teatro en Cuenca, puedo dar testimonio desde finales de los ochenta. En ese momento era el grupo de títeres «La pájara pinta» el que tenía una actividad permanente; Edmundo Rivera hacía el monólogo Las manos de Eurídice y me llegaban los nombres de Atala Jaramillo, Paco Estrella, de ATEC…

En la actualidad, en Cuenca hay más de cincuenta trabajos montados y sigo oyendo comentarios como: «¿Qué pasa con el teatro en Cuenca?», «¿Por qué no hay teatro en Cuenca?». Hay que volver a decir que hay grupos en constante actividad, que hay dos escuelas universitarias de teatro, que hay varios espacios independientes donde se presentan todo el tiempo obras de teatro y están desde hace años trabajando a contracorriente. Empecemos a mirar un poco lo que ocurre al lado nuestro.

Si la naturaleza y destino del teatro es que suceda en el instante y que luego desaparezca del tiempo y la memoria, es una obligación de los teatreros hacer que siempre haya un terreno propicio y alguien dispuesto a transmitir los modos en que pueden volver a nacer y a reencarnarse las voces, los dramas y las vidas que nos antecedieron transformados con las experiencias e incorporaciones de nuevos encuentros y realidades en el eterno presente.

Seremos olvidados, pero podemos encarnarnos, cada quien ponga sobre la mesa lo que recuerda y enséñale a otro o a muchos, a quienes sepan apreciarlo, algo de lo que aprendió.

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