CRÓNICAS DE AGUA 1 La Forma de Sumergirse en los Silencios

Teatro
Ene, 2017
Artículo por Carlos Vásconez
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Imagenes: Slevin Aaron - slevinaaron.tumblr.com

La historia siempre nos dice cómo se muere y son los historiadores los que nos advierten cómo se vive. Cada pueblo tiene un alimento especial que es su creador cotidiano. Hay, no obstante, comuniones de este alimento que se repiten a lo largo de las épocas, contrayendo a ese devorador pertinaz llamado tiempo. Los pueblos entonces convergen, como líquido vital, en un mismo manantial gigante y rebosante, donde la vida es múltiple mientras es una.

 

Hay tres fluidos vitales y naturales. El agua, la sangre y la leche. Estos fluyen, como el amor (perdón el eufemismo). Estos tres fluidos tienen un estuario y un brote a la vez, la mujer. Mujer, ergo, sangre, leche y agua, esos tres elementos donde (¡quién que lo dude!) se siente uno plácidamente, en casa.

 

Hablo de la historia y hablo de las confluencias de esta en vista de Crónicas del agua, espectáculo que, sin más y apurando criterios, podría catalogarse como exportable y cuyas virtudes superan con creces a varias deficiencias de otros esfuerzos de puestas en escena e incluso a aquellas grietas que una obra teatral demanda, o requiere.

 

Cuando se piensa en William Shakespeare se aplaude su enorme forma de transparentar las cosas, y eso en varios sentidos quiere decir su forma de tropezarse que resulta magnífica, humana. Muchas de las piezas más estelares del bardo parecen forjadas merced a equívocos, o lo que vendría a ser lo mismo, gracias a despistes: como que quiso decir una cosa y dijo otras, mejores, al buscar el verbo ideal para la primera de sus intenciones. El teatro, por esa cualidad tan suya de reiteración y absorción de un instante, es de antemano un arte falible, en apariencia efímero, pero en realidad permanente. Los residuos teatrales quedan estampados en la parte trasera de nuestros ojos, enseñándoselos perpetuamente, a veces terriblemente, a nuestras memoria e imaginación, un arte que va a tener errores, y esos equívocos a los que aludo son precisamente los que magnifican a una obra teatral o a un actor que, con los pies bien plantados sobre las tablas, parecería levitar. Cosa semejante sucede con Crónicas del agua 1, cuya historia no es compleja y sí grandilocuente, ya que en ella se pueden hallar fragmentos bíblicos, nociones de teatro griego, el dolor de la feminidad que es eterno, nínfulas casi nabokovianas mas muy nórdicas en sus requiebros, la torpeza y ebriedad del varón por tener el control de lo que lo rodea y muchos brotes de la historia de una ciudad que siempre ha creído en aquellos dogmas mágicos que se resumen en la feminidad de la sangre, el agua y la leche, y que en el sexo masculino devienen vino, sudor y semen.

 

No se puede evitar el fijar la mirada y luego el recuerdo en la espléndida puesta en escena. Un río con su afluente, una precisa y atenta sonorización, el mismo lugar, ya que es una capilla donde a la que el eco le es connatural, coreutas expeditos, la oscuridad que prima y que disloca los sentidos del espectador (y suponemos que también de sus intérpretes). Nos deja una sensación de gravitación que pocas veces ha entregado una pieza dramatúrgica en nuestra Cuenca de los Andes. Caminar entre muertos, también nos resulta familiar, ¿y no será que el objetivo último del arte probo sea enseñarnos a caminar entre los muertos, a afantasmarnos, a buscar la manera de resucitar? Eso nos lega y se corporiza aún más al enfrentarnos a los actores.

 

Las luces, tímidas de entrada, se van apagando. La gente evita murmurar para concentrarse. Los actores visten sombras. Hay una capa a unos tres metros de altura que nos cubre. Esa capa se llama historia, historia de una ciudad que aprende a olvidar, porque eso le dicta la contemporaneidad, y la historia del arte que indaga hasta el tuétano lo que es esa misma ciudad. Cuatro musas cantan y un coro repica, como el anuncio de la campana del fallecimiento del ser amado, que ellas gobiernan las aguas, que son el agua. Su madre las protege. Su madre, la abandonada de su varón. Su madre que no sucumbe a otras tentaciones porque su misión es precautelar por el agua y la vida ajena. Para ello cuida celosamente de sus niñas. Ruedan rocas y cae grava, anunciantes de terremotos y laudes, de corazones en reconstrucción. La voz común de un pueblo es como la corona con la que se ungen, sigue nadando en el viento, en el aliento contenido de la audiencia (aquí más se aguzan los otros sentidos que el teatro históricamente ha mantenido en vilo, aunque con excepciones espléndidas), esa corona hecha de verbo y suspiros. De pronto el historiador es otro, es el que ha asistido a la función, el que al cruzar de nuevo un puente oirá el rumor de las aguas y sonreirá o se enfadará. Entran hombres en escena, ángeles mediocres. Sus anhelos son limitados y por eso no se les cumplen. Sin saberlo, ante la negativa de los favores de esas nínfulas, sirenas, hadas de los manantiales que conocieron alguna vez el rostro de Narciso, araies, nereidas, hijas de Tritón, esta pareja que sueña en “desfacer entuertos” pero que se queda en puro sueño, preparará las venganzas mientras el espíritu madre, lastimero, como toda madre, prevé la desdicha. Al revés que con Macbeth, la magia de saber el futuro es adversa; preferiría ignorar y por eso, aunque se delate entre líneas, finge que no sabe, lo que la hace más femenina aún.

 

Hay frases destacables de Crónicas del agua 1. Nos conduce al Eclesiastés y al Éxodo el que “ni todas las aguas del mundo, ni todos sus afluentes, lavarán estas manos manchadas con la crueldad”. Y es una idea circular que ha recorrido los mundos que en este mundo habitan con autoridad. De esa clase de maravillas está desbordada esta obra que, reitero, es tan humana como el hecho de reproducirla para ver si más luego mejora, o mejoro yo, en un proceso algo alquímico que los bardos o los juglares medievales conocían muy bien: repetir amor, decía Omar Khayyam y repitió con gran entonación Walt Whitman, hasta que la palabra se convierte en vino.

 

Cabe reconocer que las actuaciones, por esa característica de velación impresa en esta puesta en escena, se tornan etéreas. Ya un actor es etéreo de por sí al pisar las tablas. Es muchos y es nadie. Pilar Tordera sacude las paredes de nuestra cavidad craneal con acento ibérico; un director de orquesta aletea en las alturas, al final de la escalera que conduce a los querubines coreutas; Pancho Aguirre y Pedro Andrade son el hombre al cuadrado que se sumerge en el Mundo Mujer donde un hombre devoto de otro hombre no se asexua sino superlativiza su sexualidad: hombre doblemente sexuado que al ver la magia confunde deseo con ebriedad. Las cuatro divas cantan y recuentan sus fantasías entre ellas, vanagloriándose de sus gracias hídricas, y al ver al hombre se espantan ante la posibilidad de formar con uno la “bestia de dos espaldas”. La obra entonces alcanza portentos seculares, se vuelve contra el tiempo, nos trae de siglos, entre los siglos, el color de los amaneceres de antaño, y en la oscuridad que impera en la escena esos colores se vuelven más vivos. ¿Será acaso que la gracia del arte es darnos un amanecer lleno de laberintos nuevos, un hilo y el aliento que da el agua incluso a sus peces?

 

Las buenas performances perviven por encima de sí mismas. Son inquebrantables, como lo es la urgencia de quien ha matado un pajarito por enterrarlo con dignidad. Crónicas del agua 1 pasará a la historia por devorar el tiempo. No olvidemos que el tiempo es la materia de la cual estamos forjados. Crónicas del agua 1 será historia por devorarnos como devora el amor de las bañistas danzarinas que lavan nuestras frentes.

 

 

Cuenca, domingo 30 de octubre de 2016.


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