“El valle tenebroso de la Postfotografia”

Fotografía
Oct, 2015
Artículo por Pau Mon
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Fuente: Roger Fenton
Fuente: Dennis Purcell

Año 1839, París. El señor Daguerre, famoso escenógrafo y creador de efectos visuales, presenta en la Academia de Ciencias de París un nuevo invento. El ingenio se presenta con la promesa de dibujar fielmente la realidad, de ser fuente de certezas irrefutables, herramienta clave para el desarrollo científico y conocimiento de la naturaleza. El misterioso embrujo de la cámara oscura, ya conocido desde los tiempos de los antiguos griegos, se consigue fijar en un soporte y pronto se convertirá en símbolo de la modernidad. Acaba de nacer la Fotografía, y desde el primer día, juega con una dualidad sobre la que descansa su po-der: ¿arte o ciencia?, ¿realidad o discurso? Paradoja marcada desde su misma comunicación al mundo, un artista como Daguerre explicando su invento en una asociación de científicos.

 

Durante el siglo XIX se vivieron años de agitada fe ciega en la técnica, como base para para el progreso de nuestras sociedades. El desarrollo de la ilustración, y su capacidad para construir sistemas de razonamiento que expliquen el mundo que nos rodea, sentó las bases del ideal moderno que se expandió durante aquellos años de la mano de la industrialización y el incipiente pero prometedor campo de las comunicaciones.

 

Apenas cien años después, el mundo parece que no ha logrado mejorar demasiado, el prometido progreso no llega, y tampoco se le espera. Los problemas sociales siguen a la orden del día, la tecnología no ha aliviado las penas de la sociedad, y los valores verdad empíricos del positivismo ilustrado cada vez se tambalean más. La multiplicidad de puntos de vista y la perdida de los valores universales que creímos sólidos dan forma a la posmodernidad como difusa forma de explicar la realidad, aunque esta funcione más como crítica a la modernidad que como planteamiento en sí mismo.

 

El postmodernismo y el paulatino abandono de la idea de progreso conviven paradójicamente en una sociedad ultratecnológica. Ya no hay premisas objetivas que permitan discrepar entre un discurso y otro. Todos los supuestos son aceptados y vienen dados por un sistema de construcción identitaria, cultural; son reproducibles, por lo tanto, válidos. La posmodernidad cuestiona la objetividad, cuestiona las verdades objetivas, ahora la llaman “verdad líquida”, las cosas son la apariencia de las cosas, inmediatez, culto a la tecnología y pérdida de fe en el poder, son los valores con con los que vivimos y nos relacionamos en el nuevo siglo.

 

Según el inquietante y a veces exagerado pensador esloveno Zizek, la realidad percibida es fruto de una construcción, lo real y la realidad no son idénticos. La realidad es fabricada con representaciones y significados que nos permiten dar sentido al mundo, y lo real no puede ser representado porque queda fuera de nuestro orden simbólico. La fotografía, por lo tanto, supondría una potente herramienta en esta operación.

 

Pero les vengo aquí a contar algo que seguro se imaginan, esto no es algo nuevo. El poder, entendido en un sentido amplio, siempre ha tenido interés en crear opinión, discurso, ideología, llámenlo como quieran, en función de su grado de indignación. Una vez pasado el primer momento de emoción, la capacidad de documentar la realidad, los vestigios del pasado y los estados comenzaron a realizar encargos con objetivos de comunicación muy concretos.

 

Les traigo hoy la historia de una de mis fotografías favoritas: “El valle tenebroso de la muerte” de Roger Fenton. Durante la Primera guerra mundial, forma parte de un reportaje por encargo que destaca tanto por lo que ocultó como por lo que mostró. No se ven muertos, masacre o desolación, ni todo lo que acompaña a la guerra. Predominan los retratos de soldados, pues los gobiernos no querían mostrar el horror de la guerra, el asunto era algo parecido a una noble aventura en el campo. Pero Fenton fue mas allá, se deja llevar con una imagen estéticamente perfecta y una gran metáfora del conflicto, presenta una imagen que fue tomada como representación de una famosa y sangrienta batalla. Una carretera en fuga por colinas, plagada de proyectiles, evoca mucho sobre lo que allí ocurrió, flota en el aire la tristeza que deja una guerra, la desfachatez con la que se juega con el sufrimiento humano. Esta imagen me resulta impecable estéticamente, y me pareció contener algún secreto que no al-canzaba a comprender en un primer momento. Poco tiempo después me enteré que en realidad no fue tomada en el campo de batalla, me pareció revelador, la carretera sembrada de balas de cañón se sitúa a varios kilómetros de donde tuvo lugar la batalla, y fue tomada mucho tiempo después del famoso primer ataque donde murieron los 600 soldados británicos, Fenton no permitió que la verdad se interpusiera en su relato. Fenton compone una imagen y nuestra imaginación hace el resto.

 

Desde entonces ha llovido mucho, y los Estados y los medios de comunicación han desarrollado la forma de sacar partido a ese poder, lo han utilizado en su beneficio mientras que los consumidores de las imágenes moldeaban su visión del mundo a través de encuadres a los que no tenían acceso como productores. ¿Dónde quedaba la supuesta veracidad del medio? La historia de la fotografía puede presentarse como un diálogo entre las dificultades de acercarnos a lo real y las dificultades para llegar a conseguirlo.

 

En el contexto actual, este antiguo sistema de control ya no es valido, de alguna forma se ha democratizado, pues un mayor número de personas es capaz de producir imágenes y de modificarlas. La saturación absoluta de imágenes nos hace perder pie. La postfotografía se entiende desde este absoluto caos donde uno no tiene a qué atenerse. Por un lado, si estamos a merced de una sola fuente de imágenes que explique la realidad, somos fácilmente víctimas de un discurso que no podemos comprobar; por otro lado, la multiplicidad de puntos de vista nos hace imposible elegir cuál es más fiel a la realidad. Parece que no hay escapatoria.

 

No obstante, tenemos una certeza: ya no es posible vivir sin imágenes; parafraseando a Zizek, sabemos que las imágenes no representan la realidad, pero si las quitamos, no queda nada, solo abstracción.


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