La carretilla: arte para todos, en todas partes

Arte
Abr, 2016
Artículo por Rosalía Vazquez Moreno
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Fuente: La Carretilla – Arte Ambulante. Archivo.
Fuente: La Carretilla – Arte Ambulante. Archivo.

Uno de mis lugares favoritos siempre ha sido el Museo Municipal de Arte Moderno (MMAM). La primera vez que me perdí en sus pasillos largos y pulcros te-nía menos de ocho años. Mi tío abuelo era pintor, así que el museo se volvió una parada habitual durante mi infancia. Lo conocía tan bien como a mi propia casa. Sin embargo, pronto descubrí, con la torpeza y fascinación que caracterizan a las epifanías infantiles, que el museo se parecía mucho a otro lugar que cono-cía bien: la iglesia (antes que se indigne en demasía, querido lector, le ruego no destruya este periódico, ni piense en lo ignorante u osada que puedo llegar a ser con esta afirmación, le ruego siga leyendo).

 

Muchas de mis visitas al MMAM ocurrían durante la noche de apertura de alguna exposición de mi tío. Esa noche siempre era una gala: el museo se llenaba de adultos elegantes con aires intelectuales, todos nos juntábamos en una sala para escuchar a algún experto reflexionar sobre la obra que estábamos por ver, y, al igual que una misa, los asistentes guardaban silencio ante las palabras del experto, el ritual terminaba con aplausos y después podíamos pasar a la sala. El museo tenía muchas reglas, además de lo primordial del silencio y la reflexión frente a las obras, no se podía: correr, gritar, pero, sobre todo, tocar, todos los objetos que habitaban el museo eran sagrados, y al igual que los que habitan una iglesia, invitaban a la reflexión silenciosa y ritualizada (mano derecha en el mentón y contracción facial).

 

Como todo niño, pronto aprendí los manerismos específicos del museo: dedicar un tiempo a cada pieza; concentrar mi atención en sus mensajes y no en su forma; comentar (en voz baja) mis impresiones; comer bocaditos con mesura (aunque mi impulso infantil fuera robar la bandeja entera); incluso, con la edad aprendí a leer símbolos, primero como un inocente ejercicio de copia: «es obvio que el autor habla de la complejidad de (inserte idea categoría antropológica o filosófica aquí)»; y después como un genuina práctica de reflexión. El museo, al igual que la iglesia, se teje desde el protocolo, se trata de mesura, es una jaula de objetos sagrados.

 

Cuando crecí, la ciudad creció también. El MMAM seguía siendo uno de mis lugares favoritos, pero también se convirtió en un puente hacia la otra urbe en la que habita el arte joven. Todo empezó con unos afiches en la cartelera del museo: conciertos, performance o recitales me llamaban con tipografías excéntricas a las que no estaba acostumbrada. Aun así, lo más interesante de todo aquello era el lugar, el movimiento artístico joven no estaba encerrado en el museo. En mi primer concierto de punk descubrí que el arte también te invita a gritar y saltar. Entonces tuve otra epifanía, igual de torpe y fascinante: el arte también está afuera del museo y posiblemente ese es su lugar.

 

A diferencia de la ciudad, un museo muchas veces está habitado de silencios. Una de las grandes crisis del arte es la falta de audiencias. No es un secreto que la barrera que aleja a los espectadores de los museos es la ceremonia y protocolo que caracteriza al ritual del intelectual. A pesar de que Cuenca está plagada de espacios culturales gratuitos, el arte no se ha democratizado del todo porque el museo es sigue siendo un espacio sagrado, que al igual que una iglesia, repele a los no devotos, que no terminan de comprender las poses de los intelectuales frente al arte.

 

Es en este contexto en el que el colectivo transdisciplinario, Casa de locos, ha generado una iniciativa que desea liberar al arte de los museos, los protocolos y las ceremonias, para darle una vida verdadera en la algarabía del espacio público. La carretilla, arte ambulante es un proyecto que sirve, no solo de plataforma para los artistas emergentes y el arte independiente, sino que se encarga de movilizar obras a espacios periféricos que no suelen ser considerados dentro de los circuitos artísticos de museos y galerías institucionales. La carretilla es una iniciativa de naturaleza nómada, cuyo objetivo es llegar a más y nuevos espectadores, pero sobre todo, propiciar un diálogo espontáneo y honesto entre la obra y la gente.

 

Desde enero del 2016, La carretilla se ha movilizado a través de la urbe con cuatro obras: una muestra del artista urbano N?, Anomía de Christian Gonzáles y los registros fotográficos del 30 Day Storyboard Challenge y Mudanzas (un esfuerzo colectivo de Suamy Vallejo, Julia Vidal y Gabriela Parra).

 

La carretilla permite la participación de artistas y creadores que se identifiquen con el espíritu democratizador e irreverente del proyecto. Según Francisco Álvarez, miembro del colectivo Casa de Locos, La carretilla es un espacio diverso que acoge a todas las expresiones artísticas, «intentamos que [las muestras] sean lo más libres y diversas posibles, no queremos que nadie se quede afuera. Esperamos que el proyecto se expanda, La carretilla no quiere ser solo un espacio físico, sino también una plataforma». Si deseas compartir tu trabajo con nuevas audiencias puedes acceder a la convocatoria que está disponible en: carretillaarteambu.wix. com/ hasta el 22 de abril.


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