Esencia o sustancia

Arte
Jun, 2019
Artículo por Agustín Molina
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  • Fuente: República Sur. "La Lenguaje" por Juan Carlos Carcía

    Podría haberme roto la cabeza diez veces y vuelto a armarla cuarenta, y aún así hallar ese hilo de conexión entre Demócrito, el Popol Vuh y esta exposición de Juan Carlos García (Cuenca, 1994) en pleno 2019 se vuelve tarea de titanes. Otra ruta tentativa era la historia natural de los dinosaurios, Rousseau, la invención de la metralleta, la famosa foto de Alberto Díaz al Che Guevara y la cabeza rapada de Britney Spears. Por cuestiones de tiempo y espacio, hemos de aclarar que nuestra problemática a resolver es profundamente más transitoria e irrelevantemente más sublime de lo que se cree.

    ¿De que se ocupa el arte? ¿Del antiguo y clásico tema de la naturaleza? ¿De una representación transitoria de los más altos cuestionamientos existenciales del hombre? ¿Es que solo se trata de otra materia del currículum?, ¿o es que desde un inicio no sabíamos hacer otra cosa más que representar muñequitos en cuevas rupestres? Juan Carlos, en su exposición hace frente a la crisis de los esencialismos, así como la fuerza con la que el despertar de lo humano ha adquirido en nuestros tiempos por motivos más que alarmantes nos obliga, digámoslo así, a repensar la problemática antropológica desde otras categorías. Y una de ellas es, sin duda, la de la “condición humana”.

    Desde su trabajo, la semiótica de los cuadros se remite a manos expuestas en ademanes de Circe y a agregados pop como marcas de graffitis, globos de texto trasplantados de su pasión por los comics, personajes de animes, mujeres negras y vigorosas, murales de color en contraposición con un túnel de ramas negras, simbolismos secretos (por no decir personales) y diversos guiños a la anatomía del espacio y la arquitectura del cuerpo. Su romance con la tinta china se admite como perecedero por su ultrajante necesidad de la nueva textura, pero cabe mencionar que esta le ha representado varias gratificaciones en el trayecto. Desde el dibujo, García explota la compleja relación entre lo intrínseco (fruto del intento de las definiciones) y lo extrínseco (así como puede entenderse la fuerza de la circunstancia) alimentando al discurso de que el ser humano es un ente que requiere saber “algo” y que ese “algo” lo recibe como una interacción que integra su propia compresión. Acuérdense, entonces, que al momento de acercarse a ver los cuadros en detalle no estamos viendo otra cosa sino la forma de compresión del artista, un poco más cerca y casi notamos su sinapsis neuronal conectando los hilos de su único y remoto lenguaje: la pintura.

    También hay narrativas: de sus cuadros quedan hechos pendientes como si nos sorprendiera una idea previa a lo que vemos. Existen historias que forman precuelas en un universo muy firme y consolidado, existen escenas entre la crisis metafísica de la humanidad frente a cuestiones prácticas del ser humano. Es decir, acá podemos encontrar representada la crisis humanitaria más temible, podemos ahondar en algún cuestionamiento filosófico contemporáneo relevante, hasta identificarnos con la desesperación temeraria de que nos hayan desconectado el internet. Humanos de papel, trazados con lápiz, tinta o pastel, coexistiendo entre sus problemas que tienen más carne, más hueso y más humanidad que los asistentes a esta exposición. Aquí se plantea un diálogo generacional, aquí nada se dice tan en serio, pero si te ríes, también pierdes.

    “La lenguaje”, quizá una de las obras más viejas entre los cuadros que conforman la exposición –entre ellos registran un periodo de creación de cuatro a cinco años– es un ejemplo de la dinámica avasallante del artista. Su empleo del color en un palimpsesto resulta difícil de notar. Después, los trozos de figuras y líneas forman un cuadro que no termina en un concepto, sino que devuelve al espectador las preguntas para que las doble y las ignore en un bolsillo. No tratemos de entenderlo todo, tratemos de amarlo o de odiarlo. El arte es así de sencillo, a quien resulta difícil de entender es al humano.

    Los accidentes toman un papel primordial en una serie de cuadros que no gozan de una suerte preliminar de boceto, son bautizados en medio del estruendo de la creación. Sus obras se vuelven sustancia de una manifestación que sobrepasa la relación sujeto-objeto, se convierten en una clave filosófica que le daba dolores de cabeza al mismo Aristóteles. Lo sustancial es lo que da paso a lo esencial. Es la matriz donde se trabajará la razón del ser humano. Es la posible manifestación según algo que puede o no pertenecerle al hombre en el plano de lo posible, no de lo necesario. Esta obra pictórica logra desbocar este paradigma humano y se desconecta de la tradición bíblica judaica de un Dios creador no ajeno a su función de artesano.

    Quedan, de pronto, muchos cabos sueltos sobre la obra de García porque esto no se escribió tanto como una curaduría, sino más bien como un ensayo apenas interpretativo de su obra. Siempre siguiendo las demandas de mi instinto, hay cuadros de él que me vuelven particularmente obsesivo. Resulta que existe un juego en comprobar dentro de mi cabeza que las imágenes que veo expuestas son el pasado o el futuro sensacional que no me permito vivir. No es solo un deleite estético, es un juego de referencias que se logra con el observador y después de manosear al tiempo. Dentro de un cuadro hay señales que nos seducen a cada uno, y en mi particular caso, siempre me interesó su narrativa de libre expresión. Lo mismo me sucede con Da Vinci, Paul Rubens, Hopper y las fotos de Annie Leibovitz y Brian Duffy.

    Para muchos que no lo han sabido, el rostro de la Gioconda es la muestra fehaciente de que la señorita acababa de eructar. No me lo crean, digo esto no para ofender ni para socavar la fama de noble de Lisa Gherardini, pero su condición de rostro estático no es a propósito de ser pintura, sino a propósito de un placer humano cumplido.

    Placeres, urgencias y expresiones nos permiten pasar de la idea al verbo, de la condición humana reflexiva a la acción humana del movimiento. Mientras eso sucede, la espera a la muerte ocasiona la vida, el último hálito que dan los cuadros es una expresión que todo lo compone: ¡Oh!

    ¡Oh! El éxtasis

    ¡Oh! El asombro

    ¡Oh! El placer

    ¡Oh! El miedo

    ¡Oh! La resignación

    ¡Oh! La curiosidad

    ¡Oh! La creación

    ¡Oh! La evolución

    Fuente: República Sur. "Hip, Samba y Sal" por Juan Carlos García


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