Chorreras

Arte
Jul, 2016
Artículo por Miler Lagos
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Fuente: Bienal de Cuenca en la plataforma www.imgrum.org / Miler Lagos, parte posterior construccion de la obra "Chorreras"

En mi primera visita a Cuenca, en noviembre de 2015, tuve el gran impacto de cruzar El Cajas por carretera desde Guayaquil. Aunque no salí del colectivo, esta primera experiencia fue inolvidable, no solo por la agilidad del conductor que parecía conocer en detalle cada curva de esta pista contrarreloj, sino por la variedad de climas a lo largo del camino. A pesar de que se trató de un rápido vistazo al paisaje que cambiaba a medida que ascendíamos por la sinuosa carretera, me cautivó la vista del páramo, en especial cuando llegamos a la cúspide de la ruta, en el punto de Las Tres Cruces. Desde allí, las altas montañas parecían aterciopeladas, cargadas de una energía especial, llenas pureza y bañadas de agua cristalina por doquier. Sabía que desde el interior del pequeño bus solo podría ver una porción de este maravilloso lugar, observaba como pequeños hilos de agua conectaban una laguna con otra, en un entramado sistema acuífero del cual más abajo vería formarse el río Tomebamba y cuyo curso seguiríamos hasta llegar a Cuenca.

 

Una vez en la ciudad, la belleza de este río aparentemente calmado y puro capturó aun más mi atención. Su transparencia me hizo sentir desafortunado de mi ciudad natal, Bogotá, donde nunca hemos protegido los ríos, sentí envidia de la buena, sentí de inmediato que Cuenca no solo era valiosa por su arquitectura, sino también por estar bañada por el agua que nace en El Cajas y que es irrigada por el Tomebamba (antiguamente llamado Julián Matadero), además de otros afluentes importantes entre los que se encuentran el Tarqui, el Yanuncay y el Machángara, igualmente por arroyos y quebradas. Pensé que en esta ciudad los habitantes han tenido conciencia de su fortuna y han tratado de proteger su patrimonio al tiempo que veneran sus ríos. Pero si no fue así, seguramente la naturaleza les ha enseñado a convivir con ellos.

 

Cuando fui seleccionado para la XIII Bienal de Cuenca, pensé de inmediato en el río Tomebamba, recordé un par de caminatas por su ronda en el Paseo 3 de Noviembre, donde, mirando sus cristalinas aguas y la fuerza con que golpeaba las rocas, imaginé que tal vez este fluido podría servir como energía motriz para alguna escultura efímera; recordé como esos pequeños hilos de agua o chorreras cargadas de energía descendían desde lo alto de las montañas y se sumaban para crear este gran caudal; toda esta energía de seguro movería una rueda de madera. Es así como propuse el proyecto Chorreras, que consiste en un molino de elevación de agua, el cual incluye una rueda de seis metros de diámetro que aprovechará el caudal para elevar y descargar el agua que luego descenderá por una serie de plataformas a modo de cascadas. En sí mismo, este proyecto es una escultura dinámica que presenta este valioso fluido como materia plástica.

 

Guiado por la intuición y desconociendo en detalle la Historia local, llegué a la idea de un molino que aprovechara los atributos del río con la intención de resaltar su fuerza y energía. Sin embargo, la idea no fue novedosa porque, aunque no muy visibles en la actualidad, encontré que los molinos se hicieron presentes en la región desde tiempos de la Colonia, en un principio para moler cereales y siglos después para la generación de electricidad. Traídos por los españoles, los primeros molinos se construyeron apoyándose en las estructuras hidráulicas desarrolladas con anterioridad por los incas para el riego de cultivos, haciendo nuevas derivaciones o aprovechando los arroyos que también desembocaban en el Tomebamba. Molinos como el construido por Rodrigo Núñez de Bonilla en el sector de Todos Santos hacia el año 1540; el molino de Pedro Martín Marchán que colindaba con el anterior; el molino de La Virgen del Río en la zona del actual puente Centenario o los del Batán en las inmediaciones de la “Isla de los Poetas”, los cuales también datan de mediados de siglo XVI. Al parecer el aumento en la construcción de estos mecanismos para el procesamiento industrial de cereales llegó a ser masivo, derivando en posteriores disputas legales por el uso del agua (remito a El río Tomebamba en la historia de Cuenca, de Margarita Vega de Córdova). Intuitivamente, la idea de usar la fuerza de este río como energía motriz para una obra artística me llevó a descubrir una ciudad desarrollada gracias a sus ríos, la ciudad de los molinos, Cuenca, la Ciudad del Agua.

 

Inicialmente, propuse esta intervención in situ en las adyacencias del Puente Centenario, justo en el centro de la ciudad, en un lugar que pensé podría ser protagónico; por un momento le di más importancia a la espectacularidad que podría tener un gran molino movido por el río que elevara el agua de su propio cauce, pero prestaba menos atención a lo más importante: el río mismo. Al hacer conocer la propuesta al equipo de la Bienal, no se hicieron esperar las advertencias sobre la imposibilidad de pronosticar una crecida y por ende de mitigar la inseguridad que representaba no solo para el molino sino para el personal de montaje y para curiosos intrépidos que quisieran acercarse a la obra. Me contaron historias de puentes destruidos por la fuerza del río, de muertos y desaparecidos ahogados en sus entrañas. Más aún: de porqué se llamaba Matadero o Julián Matadero; de porqué los incas tuvieron que construir una muralla en piedra de varios metros de altura para evitar que las aguas arrastraran consigo las terrazas de cultivo en la zona de Pumapungo, o de porqué existe un mirador llamado Puente Roto, en fin, de porqué alguien te puede decir: No te quedes mirando el río que te puede llevar. De repente, esa corriente pasiva y transparente se transformó ante mi incredulidad en un mortal monstruo capaz de sacudirse y despojarse de todo aquello que no le pertenece o que simplemente no quiere aceptar.

 

Por todo lo anterior se hizo imprescindible hacer un nuevo viaje de reconocimiento, en el cual, con la asesoría de ingenieros y autoridades locales, pudiera ver el río con otros ojos, con una mirada atenta, tratando de reconocer en él su naturaleza, sus dinámicas y transformaciones, procurando establecer un dialogo entre él y mi propuesta de encontrar un lugar dentro de su recorrido en el que me sea permitido intervenir con el arte sin provocar su furia: un espacio escultórico donde el presente se conecte con el pasado y donde la Historia sea un reconocimiento a su vital importancia, pero también un señalamiento a su nacimiento allá arriba, en el lugar sagrado donde la madre naturaleza se manifiesta, en ese lugar conocido como El Cajas.

 

Miler Lagos (Bogotá, 1973). Graduado en Artes Plásticas por la Universidad Nacional de Colombia, realizó estudios de Ingeniería Mecánica en la Universidad de América en Bogotá. Ha realizado programas de residencia artística en Londres, Berlín, Toronto, New York y Medellín. Durante su carrera ha participado en numerosos encuentros internacionales, entre los que se destacan la Bienal de Site Santa Fe (Nuevo México), Philagrafika (Filadelfia), Bienal de las Américas (Denver), II Trienal Poligráfica en Puerto Rico, Valparaiso-Intervenciones en Chile, Bienal de Bogotá, el Encuentro de Medellín.

Su obra forma parte de reconocidas colecciones institucionales como el MUAC (Ciudad de México), CIFO y Rubell

Familly (Miami), Instituto Puertorriqueño de Cultura, Harvard University, JPMorgan Chase Art Collection, Banco de la República de Colombia, Museo de Antioquia, Fundación Gilberto Alzate Avendaño, Museo de Arte Universidad Nacional de Colombia.


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