El arte más desconfiable del mundo: fake, no es verdad, no es mentira

Arte
May, 2017
Artículo por Camila Corral Escudero
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La búsqueda de la verdad, de lo real, de lo cierto ha sido una de las mayores constantes en la trayectoria de la experiencia y el pensamiento humanos. Seguramente esto responda a cierta duda (metódica, dirían algunos) de que si no son nuestros propios sentidos y emociones los que nos mienten, tal vez estemos siendo manipulados por alguien (o por varios).

 

La filosofía, la academia y el arte han sabido hacer de este asunto uno de sus más prolíficos motores: desde Descartes, pasando por la famosa triada Marx-Nietzsche-Freud – nombrados por Ricoeur como «la escuela de la sospecha»–, hasta llegar a artistas y pensadores contemporáneos como Joan Fontcuberta o Luis Ospina, la reflexión sobre los límites entre la realidad y la ficción ha llenado páginas, galerías y tertulias con denuncias sobre lo ilusorios que pueden resultar nuestros mecanismos de percepción.

 

Nunca en la historia estos límites han sido tan difusos como en nuestra era: la de la posverdad1. Todos los días, apenas abrimos los ojos, nos invade una inconmensurable cantidad de información que consumimos inmediatamente, algunas ocasiones, con una dosis de escepticismo. Para muestra, un botón: el panorama político electoral de los últimos meses que, con ayuda de los medios, continúa sirviéndonos un amargo banquete de manipulaciones, simulacros, falseamientos o mentiras descaradas que apelan a nuestras pulsiones más primitivas.

 

El grado de sospecha con el que engullimos «las verdades» depende de quién sea nuestro interlocutor. Ciertamente, cuando nos enfrentamos a figuras de referencia, a un reportaje de investigación de nuestra cadena de confianza –esa que «nunca» parcializa la verdad–, al político favorito de turno, a instituciones oficiales, a museos… suspendemos nuestras alertas y nos lo comemos todo con patatas.

 

Pero son estos mismos voceros oficiales, a quienes hemos atribuido históricamente un profundo poder, los que han construido nuestras verdades y reducido nuestra capacidad de cuestionamiento (nos han mentido como nos gusta). Así las cosas, no parece casual que el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM) haya organizado la importante y pertinente exposición Fake. No es verdad no es mentira.

 

Más de cincuenta obras de 44 artistas y colectivos de distinta procedencia convivieron en la Galería 7 de la institución cultural durante tres meses (del 20 de octubre de 2016 al 29 de enero de 2017); todas ellas con un objetivo en común: reflexionar sobre los límites entre lo verdadero, lo falso y lo verosímil y cuestionar los procedimientos a través de los que creemos lo que nos dicen que es cierto.

 

Eso es justamente lo que define a los fakes (falsos o apócrifos): esas a prácticas artísticas profundamente críticas y subversivas que, mediante la impostura, el camuflaje o el truco, pretenden dar gato por liebre, hacer pasar por realidades a relatos ficticios y jugar con la percepción del espectador. Quiénes son los timadores, querrán saber ustedes y yo no dudaré en señalarlos con el dedo: Carlos Pazos; Eduardo Costa, Raúl Escari y Roberto Jacoby; Joan Fontcuberta, Pere Formiguera; Dan Goodes y Anne Marie Léger, Nuria Carrasco, Pilvi Takala, Octavi Comeron, Isidoro Valcárcel Medina, Max Aub, Lucas Ospina, Paul Jordan-Smith, Jenny Abel y Jeff Hockett, Joey Skaggs, Guillermo Trujillano, Manuel Delgado y Miguel Á. Martín, Ztohoven y Claudia Llosa, entre otros.

 

Clasificar los disímiles trabajos de los artistas más desconfiables del mundo no debió ser tarea fácil, pero el comisario de la exposición, Jorge Luis Marzo, supo hacerlo en cuatro secciones con una afortunada sabiduría y capacidad didáctica:

 

«Infiltraciones. Caballos de Troya»

México vs Brasil del mexicano Miguel Calderón es la primera obra a la que se enfrenta el público cuando entra a la sala. El marcador del partido que muestra sorprende: México 17-Brasil 0, pero imagínense cuánto asombró a los brasileños que, sin saber que estaban siendo víctimas de un cruel artista mimetizado en la situación, vieron en partido sentados en un bar en septiembre de 2004.

Fuente: http://apuntesderabona.com / Miguel Calderón

 

«Heterónimos. La ficción del arte»

Un ejemplo bastante conocido es del pintor cubista Jusep Torres Campalans, gran amigo de Picasso y Camilo José Cela, cuya obra trascendió hasta ser expuesta en grandes museos como la galería Excelsior de México, la Bodley Gallery de Nueva York y el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid. Ningún común mortal podría sospechar que Jusep era el exuberante invento que Max Aub sacó de su imaginación, al igual que el conjunto de su obra.

Fuente: http://otsuite.koalatext.com / Jusep Torres Campalans

 

«Docuficciones. Cuestionando la veracidad de los medios»

Desde el recordatorio de la transmisión que hizo Orson Welles en 1938 de la Guerra de los Mundos causando pavor en los estadounidenses, hasta Operación Palace de Jordi Évole, estos fakes se valen de las técnicas, códigos y convenciones del documental para mostrarnos que no es realidad todo lo que brilla en pantalla y cuán frágiles somos al creerlo.

Fuente: Articulo del New York Times sobre Orson Welles y la Guerra de los mundos

 

«Descréditos. El cortocircuito de la autoridad cultural»

Camuflajes y timos en importantes instituciones como Fauna del ya mencionado artista catalán, Joan Fontcuberta, que consistió en la exposición de los «descubrimientos» del profesor Peter Ameisenhaufen en el Museu de Zoologia de Barcelona en 1989. Esqueletos, radiografías, filmaciones, paneles informativos y más material «oficial» regido bajo los estrictos cánones de los museos legitimaban la existencia de animales fantásticos que eran presentados a los espectadores sin advertirles de su ficcionalidad. Claro y es que cómo van a ser falsas esas especies si están en un museo, ¿verdad?

 

Durante el tiempo que duró el recorrido, que no podía ser corto porque cada pieza merecía una profunda atención, el espectador era retado continuamente y expulsado de su zona de confort; pero la sonrisa en la boca que podían causar ciertas acciones creativas y lúdicas se borraba tras descubrir que varias de las más inverosímiles, algunas realmente horrorosas, fueron manipulaciones creadas por instituciones oficiales para maquillar hechos históricos sumamente dolorosos como Theresienstad (1944), la película nazi que embellecía el campo de concentración y sus terribles prácticas para engañar a la opinión pública y hacerla pensar que se trataba casi, casi de un circuito vacacional.

 

Sin duda, la potencia de Fake. No es verdad no es mentira radica en ello, en divertir, confrontar y sobrecoger a quien tuvo el acierto de asistir y salir de allí pensando: ¿era todo verdad o todo mentira? Incluso más merecedor resulta el hecho de que sea justamente un museo el que asuma el papel de cuestionador, renuncie a su estatus de referente y legitimador de verdades y se convierta en un espacio subversivo de aprendizaje. Como debería ser siempre y como rara vez es.


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