Somos feos, pero tenemos la música

Literatura & Cómics
Jul, 2019
Artículo por Camila Corral Escudero
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  • «Well, never mind, we are ugly but we have the music» canta la cavernosa e inmortal voz de Leonard Cohen en su canción «Chelsea Hotel No 2»; esta frase devenida en el mantra que repiten con malestar los personajes del relato «Bailar desnudo en público», incluido en el libro Habitaciones con música de fondo de Alexis Zaldumbide Manosalvas, también puede recoger el sentimiento que resulta de la lectura de los ocho cuentos que lo componen y que le valieron el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, que entrega anualmente la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE).

    Estas ocho historias profundamente humanas, a través un ritmo y una prosa con desencantada poesía, desvelan el universo emocional del autor y el retrato que realiza de las búsquedas y patologías de la generación a la que pertenece mediante la voz de sus personajes.

    «Mi generación era egoísta, carecía de ideales, hijos bastardos de una ética mundial, de la melancolía decepcionada del grunge, de la publicidad de fin de siglo, cínicos y mediocres», sentencia el narrador protagonista del relato «Apocalipsis». Y es que los paisajes emocionales de los protagonistas que comparten “ese dejo, mezcla de cinismo, desilusión y odio” «Las Novias de Ritchie Valens» son las verdaderas habitaciones, las geografías habitadas principalmente por la soledad, los amores irresueltos y «la idea radical del exterminio».

    Son estos estados de alma los que atraviesan el libro y marcan el tono que lo unifica: decadentes, y a la vez autoconscientes y condescendientes, apologistas de lo tóxico:

    Me gusta la palabra “toxico”, suena amenazadora en mi boca. Tóxicos todos los placeres que alguna vez he cultivado, tóxica la esperanza de cumplir mis deseos, tóxica la tristeza y la alegría y la falta de energía para llegar a ser plenamente feliz o infinitamente desdichado. Apocalipsis.

    Y esa falta de energía que deriva en la imposibilidad de un compromiso real con la vida y el presente explica otra de las preocupaciones inherentes a la generación y al autor del libro: el temor por el paso del tiempo, por «el dolor de lo fútil, de lo inútil, la gracia de las promesas que nunca pueden llegar a cumplirse y la fragilidad de los cuerpos biológicos» («Las imperfecciones»).

    Bien asidos del letargo y lo inmediato, aceptar la vejez significaría constatar que el tiempo se acabó, que se terminaron las excusas y que el fracaso es, de verdad, trágico e inminente, que la determinación vital nunca llegó: «La motivación para vivir debe ser muy grande para seguir adelante a pesar del acometimiento de la vejez, de los estragos del tiempo, pensé. Fue inevitable desear una vida breve, dejar un cadáver joven» se lee en «Never Walk alone», el primer relato del libro, afirmación similar a la que hace el periodista musical del cuento «Las novias de Ritchie Valens»: «A pesar de mi fanatismo, agradecí que Las Novias hayan decidido morir jóvenes, dejar un cadáver hermoso para la posteridad».

    Ahora bien, seremos feos, tóxicos y apáticos—y digo seremos porque yo también pertenezco a esta generación—, pero tenemos la música. La hemos tenido como educación sentimental, nos hemos hecho con ella, nos hemos alimentado de ella, hemos resignificado nuestras relaciones a causa de ella. Pero también la tenemos a nuestro pesar. Lo que alguna vez fue música se convierte también la desazón provocada cuando la canción ya se ha terminado, como un rumor que persigue y atormenta.

    La canción ya se acabó, aunque la melodía todavía persista, me digo. Así que escucho lo que suena detrás o en medio del rugir de las aguas y de las nubes. Escucho, logro oírlo, es una canción de amor. ¿Para quién sonará? («Concrete Angel»)

    En «Pieza tras pieza en la quema de un castillo (Un ensayo echado a perder)» la angustia por el rumor que ha dejado la ausencia es el motivo de la pulsión narrativa y amatoria: «La música interviene en mis pensamientos y se mezcla de manera ominosa con las estelas de lo que fueron bellos recuerdos»; (…) «ahora no puedo distinguir cuáles son mis pensamientos y cuáles son los rabiosos versos de aquella canción».

    En las habitaciones de Alexis Zaldumbide, los huéspedes son siempre la música y la soledad. Ese nombre que el amante obsesivo masculla incansable e inconscientemente a cada minuto es la imposibilidad del amor, es la música elegida a la fuerza:

    En la noche, en la oscuridad, cuando voy al baño, aún entre sueños, aún noqueado por la duermevela, suelo musitar su nombre, R., digo claramente, me asusta y me desconsuela darme cuenta de las penosas implicaciones de tales actos inconscientes.

    Pero ahora decir ella es tan solo cantar a su ausencia, si no fuera por la música de Cave podría jurar que en verdad el silencio no es profundo, sino brutal, como decía John Cage, ¿recuerdan?

    Tras la puerta de cada una de las habitaciones está el testimonio de un abatido por las pulsiones amorosas, contado por una voz con un tono confesional. El efecto imán de las letras de Zaldumbide radica precisamente allí, en la necesidad del lector de solidarizarse con el personaje y acompañarlo porque lo que nos cuenta nos resulta terriblemente humano y familiar, porque quien cuenta podría haber sido cualquiera de nosotros, los que somos feos, pero tenemos habitaciones con música de fondo.

    Podría citar varios fragmentos para demostrar el magnetismo que describí, pero, igual que Alexis para terminar el libro, elijo lo siguiente:

     

    Sí, dejemos lo del hijo y la literatura para otro día, para mañana, para pasado mañana. Lo que tenemos que hacer ahora es dormir, dejar de pensar en el pasado, esperar que llegue el final de nuestra canción, los últimos compases de la música que nos refiere, para escabullirnos un rato de esta trama de amores insatisfechos y disfrutar de lo que un día seremos.


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